Centauros después del tsunami

Montaje de imágenes: Enrique Aguilar.

Vuelvo una y otra vez a ver el final de Hana-bi (1997), uno de los momentos más bellos del cine de los últimos años. Takeshi Kitano es un maestro en el arte de dar que hablar de una película después de verla. El final de Hana-bi suele ser siempre un buen tema de conversación muchos años después, la base incluso para poder desarrollar un libro sobre el horizonte, una imagen del silencio con todo por decir.

Junto al final de Sonatine (1993) y al de Hana-bi, el de Outrage Beyond (Autoreiji: Biyondo, 2012), su último film, es otro de los finales memorables del autor. Así una y otra vez vuelve a mostrar el arte del buen fabulador, que nos deja con una escena para el recuerdo. En sí es la de un pistolero solitario que se encuentra con la muerte, la suya o la de su antagonista, y que una y otra vez nos levanta de la butaca, sorpresivamente con una detonación. Si en Hana-bi la muerte puso rúbrica a una bellísima escena de amor frente al mar simbólico (mata por amor a su pareja enferma de cáncer, interpretada por Kayoko Kishimoto, la actriz fetiche del director, y después él se suicida), en esta entrega la muerte llega de otra forma, eso sí magistral y cinematográfica, y como siempre, sin avisar. Hasta Outrage (Autoreiji, 2010), y a excepción de sus primeras películas como Violent Cop (Sono otoko, kyôbô ni tsuki, 1989), donde el tratamiento de la violencia y las escenas de acción aún surgían desde un aparente estilo con aroma de serie B, todo su cine se ha ido construyendo a través de un tour de force, la depuración de un estilo, donde la lírica, la violencia y el humor han ido hilvanando una obra característica, el mundo Kitano, que le confiere, ya, un lugar en la historia del Cine. La saga Outrage y Outrage Beyond nos ha entregado un Kitano solemne y contundente, sin atisbos de comedia, y con la lírica medida, un Kitano más cercano a Kurosawa y Ford que nunca, aunque ya se hubiera acercado antes a ellos, como en el final de Brother (2000). Preparando ahora, quizás, nunca se sabe, una despedida luminosa a través de una saga, donde el personaje de Ôtomo será su alter ego de venganzas y afrentas en busca de su redención yakuza.

Kitano es un hombre del renacimiento japonés, producto de las cenizas de Hiroshima y formado en el teatro de calle y en los programas de televisión, pero con un gran conocimiento del Cine. Reconocemos en toda su obra a Kurosawa y a Ford, a Ozu o a Mizoguchi en la fuerza de sus imágenes líricas y en su formidable puesta en escena casi religiosa (también asoma en su cine Bresson, e incluso Dreyer o Chaplin), pasado todo por el tamiz de la modernidad y un personal sentido del humor. Irónicamente, en Glory to the Filmmaker! (Kantoku · Banzai!, 2007), Kitano como Beat Kitano se rasgaba las vestiduras para confesar ante la cámara que jamás volvería a hacer películas de yakuzas. Nadie le creyó, sabemos que es un gran mentiroso como Federico Fellini, como João César Monteiro, o como los Monty Python: cine-juego, autor-actor, cine-vida. Así, Outrage llega tras poner sus paródicas crisis de creatividad al descubierto: Takeshis’ (2005), la propia Glory to the Filmmaker! y Aquiles y la tortuga (Akiresu to kame, 2008). Una revisión en tres entregas de la particular zozobra existencial del autor –la sombra alargada de Ocho y medio (Otto e mezzo, 1963) de Federico Fellini está inevitablemente inmersa en estas propuestas–. Un juego imaginario del Yo creador en el cine, una broma y un juego – no es más ni menos que esto el Cine, además no tiene por qué ser otra cosa. De hecho, Takeshi siempre se ha movido como un funambulista preciso entre la parodia y el drama, el thriller y lo poético. Todo Kitano se ha ido construyendo a través de esta dualidad, con momentos sublimes como Dolls (2002), un universo totalmente plástico –otra de sus caras, la del pintor y la del poeta–, o fantásticas construcciones artísticas (incluso musicales) como Zatoichi (2003). Dualidad que en Outrage y Outrage Beyond también utiliza, pero sutilmente, no como estilismo, sino confiando en la idea del mito para erigirse como un maestro en la construcción del centauro en el desierto, el tipo solitario que hace la guerra por su cuenta hacia, presumimos, el final crepuscular de una leyenda.

Del sketch a la odisea

Kitano, el poeta naif que dibujaba campanillas en el cielo o que intentaba enseñar a Masao el arte de apostar en las carreras de caballos, se nos presenta ahora totalmente alejado de esa imagen chaplinesca, metamorfoseado como el ángel exterminador del mundo yakuza. Beat Takeshi se convierte en Ôtomo, un personaje tremendo. Espacio habitado por Takeshi como un señor de la muerte sin el movimiento de cadera de John Wayne pero con su particular tic en el ojo izquierdo. Ôtomo, recuerden este nombre, es el dibujo de un personaje mítico a lo John Ford o a lo Sergio Leone, pero con la mundanidad del héroe que viene de los bajos fondos, un esbirro que ha roto sus cadenas. Desaparecen totalmente los momentos de quietud y hieratismo que tanto ha dibujado Kitano sobre su figura y sus gestos, su particular slapstick, un más que preparado tratamiento del personaje bajo la pausa busterkeatiana. Olvidémonos por tanto de esta identidad (la dualidad eterna de la que hizo juego en Takeshis´), ya borrada en Outrage para dirigir nuestra mirada a las películas del thriller policial, el honor del yakuza, la otra cara de Harry, el sucio (Dirty Harry, Don Siegel, 1971), es decir el mismo tipo pero sin la placa de poli.

La línea de la película parece una novela, mejor dicho una mininovela con ilustraciones, a lo western, por entregas, pero también como un cómic anime, donde la puesta en escena, sobria, poco tiene que ver con las quimeras yakuzas del cine de Suzuki. Estas dos entregas, o esta gran historia, pues se presume como una gran odisea futura, se sigue moviendo a través de secuencias dibujadas dentro de sketches, y así construye una dinámica ya particular del cine de su autor, donde los acontecimientos se desarrollan a través de los pasos medidos de la conspiración, una decisión de muerte, una preparación de muerte y la final ejecución, una red de decisiones hacia la consecución de la esperada “familia”. Ôtomo evoluciona desde Outrage, pasa por ser un matón para erigirse valedor de su nombre, harto de las intrigas de sus superiores. En Outrage Beyond le sacan de la cárcel para formar parte del complejo plan del policía jefe, y la historia se condimenta con la eliminación de los oponentes, o la intención del debilitamiento de la estructura yakuza a través de Ôtomo.

Todo parece que es así pero… Esta dinámica se podría desarrollar en muchos futuros hasta la propia muerte de Ôtomo. Esa podría ser la odisea, el océano de este particular Ulises que navega de muerte en muerte, hacia su particular venganza. Las raíces de este personaje en el cine japonés las podríamos vislumbrar en Yojimbo de Akira Kurosawa (Yôjinbô, 1961). El guardaespaldas de un clan de samuráis lleva a cabo su particular guerra contra dos bandos antagonistas que quieren controlar un pueblo. Así se desarrollaba la película del legendario director, apuntando la mirada hacia un hombre que se desmarca de los poderes fácticos y que decide utilizar lo que ellos le enseñaron para derribarlos. Ôtomo es un yakuza, lo sigue siendo, pero quién sabe si se erigirá como un exterminador de tanta mugre, el mundo yakuza destruido a sí mismo (ni siquiera los códigos de honor se mantienen) y otro mundo, el de la sociedad, que rezuma basura. En esta huida hacia delante, desde el sketch de la siguiente muerte y de la conspiración, se puede llegar a tejer toda una Odisea.

La violencia imaginada

La presentación de los personajes y poco a poco de la urdimbre nos parece interesante, pero nos quedamos con el detonante del final del sketch, el tipo de muerte. Ahí es donde Kitano nos atrapa, pues esta organización de la trama podría llegar a ser monótona. Eso sí, hablamos de sorpresa, o más bien impacto, conseguido por la maestría en el tratamiento del tiempo y el control de la acción que Kitano domina totalmente, y, por qué no decirlo, del morbo de quién y cómo va a morir. No hablamos de profundidad de los personajes, ni de la historia, no trasciende nada pero no importa, todo se sujeta en el impacto de la muerte y el desarrollo de la acción hacia el final, el final del sketch, dentro de una trama lineal. Hasta aquí la historia, pues… ¿Es el poder lo que quiere Ôtomo? Ya lo veremos, o nos volverá a sorprender una vez más.

Esa violencia es totalmente formal, también en el tratamiento del plano y la puesta en escena; los movimientos de cámara en travelling, pausados, detenidos en el primer plano del personaje, nos dirigen hacia un control del cine cercano a la planificación de la imagen en el cómic, es decir un tiempo lento que va preparando la adrenalina final, el momento del clímax. Outrage y Outrage Beyond se alimentan de esos primeros planos, también en todo el cine yakuza de Takeshi. ¿Takeshi vuelve a sus inicios? Se desenfunda de esta epidérmica apreciación sobre la temática de los filmes, pero hay que volver al plano, a su tratamiento, para descubrir que el estilo de Kitano en la saga de Ôtomo tiene ciertas diferencias destacadas en lo formal con las primeras entregas del autor: Violent Cop, Boiling point (3-4 x jûgatsu, 1990), Sonnatine y Hana-Bi. Si en los primeros filmes entra en el mundo yakuza desde la dimensión del policía para limpiar el hampa, Sonnatine y Hana-Bi dibujan la figura del yakuza de bajo estrato, que aquí retoma, pero no con la visión de final, o fin de historia, siempre simbólica, con la línea del horizonte como firma poética, sino con la intención de perdurar en una saga. Existe una evolución en esta fase yakuza del autor respecto a sus filmes germinales, un estilo mucho más depurado y con una intención claramente más mítica en la construcción del personaje, y al mismo tiempo más implacable. En las primeras obras utiliza más el plano largo, y la continuada visión del personaje dentro de un espacio abierto, donde el primer plano perdía peso frente a una puesta en escena más teatral; ahí los momentos oníricos, o actings naifs, podían aparecer en la lógica narrativa de la venganza yakuza o la acción policial. En Outrage, y Outrage Beyond, esto ya no ocurre, toda la lógica va encaminada hacia una acción mítica, donde el primer plano gana peso y los tiempos de suspense se preparan cuidadosamente con una contundencia que podríamos definir de macabra en muchos casos, dentro de lo imaginable en la venganza del crimen. Si en las primeras películas la originalidad del tratamiento cinematográfico de la violencia y lo onírico o cómico fue el pilar de su estilo característico, en estas entregas Kitano se acerca más a las formas de otros grandes directores, como los ya citados Ford y Kurosawa, o Peckinpah, Leone, Scorsese o Coppola, en definitiva un primer plano más acentuado y un dominio del tratamiento de la violencia, desde la batuta de un maestro clásico.

En Outrage Beyond, el plano largo sirve para introducir la secuencia, movimientos medidos del clan en sus reuniones y despedidas mortuorias: mostrar el cuerpo, presentándolo como un punto en el plano. Es la eliminación de un oponente, alguien que fue, pero ahora sólo es un objeto yermo en el cuadro, es la aniquilación del oponente, obtener su trono. En el momento del disparo es un plano cerrado, a quemarropa, en una habitación, en un local, un coche, cara a cara. Las calles y los descampados sólo están para escenificar el cuerpo. El primer plano y el plano medio, en este instante, se convierten en el colofón de la expresión. Kitano muestra el impacto, el miedo o la náusea en el exterminio de los oponentes y la estética de ese momento es la que marca el clímax de esta serie y de este cine tardío del autor japonés. Un plano cerrado que nos embulle en su plástica de la violencia y que nunca nos deja ver la ciudad, si acaso el mar (símbolo de muerte que siempre aparece como una constante en toda su filmografía, también en estos filmes). Una y otra vez paredes niponas donde el primer plano de Ôtomo se cuela, se erige como el único héroe y villano de los bajos fondos de la sociedad, supongo que muchos, después de los restos del tsunami.

Publicado en Actualidad del número 46.