06. ‘Voces espirituales’, espiritualidad y tiempo en el cine de Sokurov

“Ninguna montaña es tan grandiosa como el alma. En la soledad de las montañas se revela el alma con mayor presencia”.

San Agustín

La guerra no es un estado excepcional, convivimos con ella constantemente –en estos instantes hay un conflicto abierto en alguna parte del mundo–, lleva con nosotros el mismo tiempo que el ser humano está sobre la Tierra; la guerra es el hombre, nace de una necesidad oscura del propio ser, teñida por intereses que la Historia humana no hace más que tejer.

¿Hay guerras justas por tanto? Esta pregunta daría mucho sobre lo que reflexionar. En la Segunda Guerra Mundial y en sus guerras aledañas como la guerra española, hubo un bando claramente promotor del conflicto y otro que tuvo que defenderse. En estos casos la respuesta es la guerra de defensa o resistencia frente al invasor, el color parece tornarse de un cariz más noble. El mundo que actualmente conocemos ha nacido de ese conflicto, la guerra mundial, y de la correlación de fuerzas germinada en él. La vida en el viejo continente ha sido guiada por esta contienda. Esta situación ha calado en la forma de ver el mundo, en el imaginario de éste y en los temores de la vida.

El padre de Alexander Sokurov, Andrei Sokurov, fue oficial del ejército soviético, combatiente galardonado en la Segunda Guerra Mundial. Durante la Guerra Fría fue trasladado constantemente y la familia se desplazó a diferentes ciudades. La infancia de Alexander se desarrolló en ese tránsito, sin un lugar fijo hasta que tuvo edad y se marchó a cursar estudios universitarios a la antigua ciudad de Gorki, hoy Nizhni Novgorod. Esa consciencia de defensa, labrada en la idea de lo militar debió gestar una peculiar forma de ver el mundo, de sentir la presencia de un sentido de peligro, que siempre puede acontecer, algo que normalmente no tenemos en cuenta, ser conscientes de la guerra en la paz, y al contrario, de la paz en la guerra. Este sentimiento de enorme relevancia nos lo ha dejado ver su cine, generando una nueva concepción de lo bélico, o mejor dicho de la vida en guerra, totalmente alejada, incluso, de films más conscientes sobre una visión veraz de lo bélico que no han llegado a tener. En todos los films del cineasta ruso sobre la guerra –de forma explícita o implícita, el cine de Sokurov tiene presente esa brecha de la sociedad rusa, sobre todo en la era post soviética– Confession (1987), The soldier’s dream (1993), Alexandra (2007), Reading Book of Blockade (2010), lo cotidiano del día a día, de la razón de la vida en medio de la sombra de la muerte o mejor de la existencia del enemigo en lo cotidiano, se erige como lo esencial. Ahora entendemos un poco más el espíritu con que se acerca a esas imágenes. La guerra para él ha dejado de ser excepcional, para convertirla en algo con lo que tenemos que convivir. En Alexandra, la abuela visita a su nieto (joven sargento) en un campamento militar ruso en Chechenia, sale día a día por la puerta del cuartel negando las ordenes de los soldados “tengo demasiada edad para que alguien me diga qué es lo que tengo que hacer”. La mujer mira cara a cara a los reclutas, “si sois unos niños” y se acerca a la ciudad chechena a comprar y hablar con las vecinas, ella sabe que hay una guerra, pero se afana por hacer una vida normal como cualquier persona, rompiendo la lógica del enemigo en ese conflicto sin sentido para la gente de “a pie”. Con ella llega lo cotidiano, lo humano, lo normal... va al mercado a comprar y allí se comunica con otras personas, y conoce al otro (a esos que denominan “enemigo”). Con su actitud rompe muchas lógicas impuestas en una situación bélica. Esa relación forzosa que dibuja la vida también es parte de la cotidianidad de la guerra; más aún, Sokurov en este film vuelve a expresarnos nuevos valores en la guerra, la permeabilidad de sentidos, el dibujo traslucido de quienes son los otros al despejar la incógnita de buenos y malos, de sentimientos entre las personas de “distinto bando”, de esta forma deja ver una tupida crítica a un conflicto mucho más confuso que el que muestra Voces espirituales [1]. En Alexandra con un sentido de lógica cotidiana construye posibles puentes, fuera de la lógica del vencido y vencedor del combate. El film es un paso más en el sentido vital que confiera a la guerra Alexander Sokurov al ahondar en la esencia humana, ofreciéndola multiplicada.

Hace tiempo en unas clases magistrales impartidas por el fotoperiodista español Gervasio Sánchez, sobre los trabajos realizados en el cerco a Sarajevo, fotografías que pasarían a ilustrar el libro de Juan Goytisolo Cuadernos de Sarajevo (1993) [2], el periodista nos confesaba que lo verdaderamente impactante de la guerra era la vida en medio del caos, la reconstrucción de lo cotidiano. Después de los disparos de los francotiradores y tras el asedio, las personas volvían a limpiar los restos de los cristales quebrados, se afanaban por organizar de nuevo las casas, limpiaban los cascotes de la calle, regaban las plantas, sacaban la colada, los pequeños pero enormes detalles de la vida cotidiana se reconstruían día a día. Reconstruir lo cotidiano de la vida, una resistencia humilde pero constante frente a la barbarie. Esta labor esencial, la realizaban con un afán incansable, sobre todo, las mujeres.

Lo extraordinario cotidiano

Lo cotidiano es con lo que va fraguando el transcurrir del tiempo Voces espirituales. La historia comienza con el remplazo de un grupo de soldados que se dirige a un puesto fronterizo entre Tayikistán y Afganistán. A un lado del cauce del río el ejercito ruso, en la otra orilla los talibanes. Es la prolongación de la guerra de Afganistán, los últimos rescoldos, existe un conflicto de fronteras, una guerra de posición. Es una guerra de poca intensidad, pero existe el peligro, los talibanes pueden hacer incursiones e invadir. Al principio, Sokurov nos muestra los rostros de los soldados, surgen como retratos, son muy jóvenes, muchos de ellos son casi adolescentes, y se descubre el miedo. Su voz nos facilita ciertas pautas, para luego confesarnos “Dios nos proteja a todos”, como es natural el cineasta también tiene miedo. El cine se ha convertido en otra cosa, lo principal es salvar la vida y luego hacer una película. Esta misma sensación es la que tuvieron John Ford y Samuel Fuller en la Segunda Guerra Mundial, a diferencia de que ellos no iban a hacer una película, iban a documentar material en el frente y eran soldados. Alexander Sokurov y su equipo de filmación [3] son un equipo que va a filmar material para hacer una película. Esa extraña sensación de cómo abordar la imagen se va desgranando desde el principio, existen dudas, cómo acercarnos a las situaciones, a los soldados y, sobre todo, cómo salvar nuestro pellejo. Pero esos primeros miedos naturales van dejando ver una convivencia con la situación y con los soldados que pasan a ser compañeros: “Me siento calmo y sin miedo caminando por estos senderos... siguiendo a esta gente. No me siento excluido por ellos... Pero tal vez me equivoco, me equivoco al pensar que me he convertido en uno de ellos...”. De una primera situación de extrañeza con el entorno y con la gente van pasando a constituir una relación “normal”, las situaciones se transforman de excepcionales a cotidianas por el paso del tiempo. Es en ese punto de la película donde Alexander Sokurov, comienza a desgranar toda la profundidad de las imágenes y se rencuentra con la vida, lo normal dentro de la anormalidad. No se busca tanto la acción para encontrar la situación, los entornos naturales, las rutinas... La cámara entonces muestra a las personas, no a los soldados y descubrimos como se ruborizan delante de la cámara, se ríen o ponen la radio en medio de la loma atrincherada, escuchando una melosa música pop. La cámara ha pasado a ser parte natural de la situación y por tanto la realidad, en un sentido roselliniano, se revela como la imagen latente de un negativo fotográfico, aparece. Son pequeños detalles que van dotando de mayor sentido la existencia, invitar a un cigarro, hacer la comida y compartir el pan, pero eso sí, siempre se denota un doble sentido, una atenta mirada a lo que pueda acontecer, es decir el sentido subrayado de la muerte, y por tanto la enorme relevancia de la vida cotidiana en este lugar; es una cotidianidad subrayada y extraordinaria. En este espacio estos jóvenes son adultos, no sabemos qué ocurrirá con ellos en la vida civil, pero aquí sus vidas tienen sentido [4]. Capitaine Conan (Bertrand Tavernier, 1996) exponía esta reflexión, Conan y sus hombres tenían un sentido de vida en la guerra, pero se autodestruían en la paz, no podían vivir en sociedad. En el campo de batalla Conan actuaba como un guerrero que tenía un objetivo claro en la vida, mantenerla a costa de la del enemigo. No había trampas, todo quedaba claro, esencial, él y sus hombres y el enemigo. Esta esencialidad de la vida, vista desde otro parámetro, es para muchos de estos hombres su polo norte, en la paz no saben funcionar con las pequeñas hipocresías cotidianas, demasiadas mentiras, pocas lealtades y es en el campo de batalla donde la lucha por la vida cobra todo el sentido sin hipocresías. Desde este punto de vista psicosociológico se destaca otro filosófico: lo esencial.

Voces espirituales es una película sobre lo esencial, donde lo que transcurre, cualquier detalle, tiene una relación más fuerte con la vida porque está multiplicado, la cercanía de la muerte hace que el valor de nuestro entorno y de lo que hacemos y tenemos se eleve. Todo lo que acontece se convierte en trascendente, contemplar un insecto sobre una planta, una langosta pasear por la tierra removida, incluso el juego de niños de los propios soldados. Todo ha cambiado, “parece que llueve... pero aquí no lloverá, esto es Asia y todo es diferente”, nos avisa la voz del propio Sokurov, de que todo es de otra manera, hace tiempo que el espacio poético se erige como llave de lo que estamos viendo. El escenario bajo este sentido se presenta como un paisaje transcendente, casi mágico. Su solemnidad, la naturaleza que emerge apabullante, el río, los riscos, las aves que sobrevuelan nuestras cabezas y el cielo azul. Bajo este paisaje la espera se convierte en meditación sobre el verdadero sentido de la vida. Es en esta cotidianidad donde estos elementos esenciales se erigen como personajes y poco a poco su simple presencia influye en el comportamiento de los hombres, la naturaleza va transformando la actitud de los aguerridos soldados, que poco a poco van relajando su postura. Es la espera lo que ha entrado en juego –elemento primordial en la narrativa cinematográfica–.

Sokurov nos ha preparado en varios frentes: lo cotidiano, la espera, el tránsito, la poesía y el sueño. Del campo base nos movemos por un sendero todas las mañanas hacia la posición a defender en la colina atrincherada, al caer la noche volvemos al campo base donde espera la cena de los soldados y el catre, mientras ahí afuera, siempre un remplazo (los soldados más jóvenes) guardan el sueño de los compañeros. El tiempo pasa en un juego de nubes que encadenan imágenes, nubes con hombres cerrando los ojos, luna con rostros durmientes, riscos con el campo base, la mirada de los soldados encadenada con las líneas del apabullante valle o con el cielo estrellado. Esas imágenes mezcladas están contaminando la figura humana con las siluetas de la Creación. Son imágenes que se dirigen poco a poco hacia el cielo, abriendo el plano como una visión divina de la acción sobre los hombres. De ahí Sokurov vuelve a la tierra donde los pequeños detalles de la naturaleza han ido calando en nuestra mirada, las plantas y animales, un entretenimiento más para estos soldados que de momento no han disparado contra ningún enemigo y que van cambiando a fuerza de contemplar el paisaje.

¿Qué somos?

La espera, que nos ha mostrado otras cosas más allá de una guerra y un conflicto, culmina con el combate. El movimiento de la cámara apremia por tomar todas las imágenes, y en esos movimientos se denota el temor, el vaivén de la tomas y el sonido, que hasta ahora nos había portado a un extraño espacio de comunión entre los hombres y la Naturaleza, las voces que eran lejanos murmullos de las montañas, nos inmersa ahora en el verdadero espacio bélico, de escaramuzas disparos y gritos, nada épico, ni ostentoso. Sí estamos en una guerra real. En ese instante contemplamos el miedo de los soldados, las órdenes y las armas, que hasta ahora iban y venían colgadas al hombro. Los planos se cierran sobre los rostros y las miradas. Varios retratos mudos [5], rostros muy jóvenes que a cada sonido extraño levantan la cabeza buscando el identificar el posible peligro. El combate transcurre sin el sentido que nos han evocado las imágenes anteriores, más poéticas. Pero el componente filosófico que los acontecimientos nos han ido portando culmina en la lucha otra de sus reflexiones, el sentido final de la vida humana en este rincón. Perder la vida o seguir vivo entre esas montañas, seguir, la única lucha de los hombres en la guerra, mientras que la lógica de la Naturaleza, espectadora de nuestras efímeras afrentas, volverá a buscar el equilibrio, estemos o no en la Tierra. Esas colinas nos han transportado a lo metafísico al preguntarnos sobre nuestra pequeña existencia, o quiénes somos para importunar a estas montañas. Sokurov ha reducido el conflicto, y en él a toda la humanidad entera, a la mínima expresión: no somos nada, no porque podamos desaparecer muertos de un disparo, sino porque todo lo que nosotros hacemos en la faz de la tierra tiene una dimensión diferente para el propio planeta. Nosotros hemos movido la tierra, cavado trincheras, la hemos abollado a fuerza de bombazos y cambiado el cauce de los ríos... pero las montañas seguirán ahí después de nosotros, y las aguas volverán por donde siempre corrieron.

Un joven soldado ha sido herido en las escaramuzas, los demás compañeros se asean y descansan bajo las ramas de los árboles, el herido descansa en el regazo de su sombra. Las montañas han seguido mudas todas nuestras desdichas, impertérritas, han observado la tragicomedia humana con su exuberante humildad, incluso los insectos se han afanado en guardarse y ver el tiroteo. Martin Heidegger en Introducción a la metafísica desarrollaba la siguiente reflexión básica: “la tierra es un minúsculo grano de arena, separado de otro de semejante tamaño por la distancia aproximada de un kilómetro de vacío. En la superficie de este minúsculo grano de arena, en un hormigueo incontrolado, vive una muchedumbre aturdida de animales supuestamente inteligentes que, por un instante, han inventado el conocimiento ¿y qué es la extensión temporal de una vida humana dentro del curso de millones de años?” [6]. Las montañas viven ajenas a nuestro tiempo, el suyo es otro, y en ese transcurso nos han ido amoldando, al fin y al cabo somos hormigas, minúsculas criaturas bajo los ojos de la Naturaleza. Terrence Malick despliega en gran parte de sus films ese sentido panteísta de la existencia, las acciones que ejercemos los hombres hacia la creación pueden ser abruptas y violentas, podemos movernos por ella como un elefante, ajenos, creemos, a su enorme trascendencia, pero la Naturaleza nos vuelve a recoger, nos transforma, aunque en ese transcurso creamos que nosotros hayamos generado alguna influencia sobre ella. Todas nuestras acciones están observadas por un poder mayor, un ser superior que nos vigila. Voces espirituales, perfila el sentido de que aquellas montañas y páramos son deidades que vigilan a los hombres, y en el descanso del soldado se comunican con los humanos a través del sueño; de disparar, hemos pasado a observar las plantas y jugar con los insectos, del miedo, o de un acto heroico en el combate recoge a los soldados bajo las sombras de los árboles, relajando su ímpetu.

Poesía, trascendencia y espiritualidad

“¿Quién, mirando meditabundo la corriente de un río, no rememora el fluir de todas las cosas? Arrojad a ella una piedra, y los círculos que se propagan son el hermoso modelo de toda influencia. El hombre es consciente de un alma universal que está dentro o por detrás de su vida individual, donde las esencias de la justicia, la Verdad, el Amor, la Libertad surgen y brillan como en un firmamento. A esta Alma Universal –que no es mía, ni vuestra, ni de aquel otro, sino que nosotros somos de ella, somos su propiedad y sus huestes– él la llama Razón. Y el cielo azul en que la tierra de cada cual está enterrada, el cielo con su calma eterna y sus orbes perpetuos, es el modelo de la Razón. Aquello que, intelectualmente considerado, llamamos Razón, si se lo considera en relación con la naturaleza lo llamamos Espíritu. El Espíritu es el Creador. El Espíritu porta consigo la vida. Y en todas las épocas y países, el hombre lo ha incorporado a su lenguaje como el Padre”. [7]

R. W. Emerson en su ensayo El espíritu de la naturaleza, obra básica del trascendentalismo, nos indica en “El lenguaje” que la Naturaleza ha entregado a los hombres el medio para expresarnos y con ello para comunicarnos. Los sonidos de la Naturaleza, sus voces, nos han dotado del lenguaje, de las palabras al Hombre, la mayoría surgidas de onomatopeyas nacidas de los sonidos de la Creación. Es un ente vivo superior que dota al mundo de un Alma Universal y que los hombres, en algún momento de nuestra historia olvidamos: “El hombre es el enano de sí mismo. Alguna vez, el espíritu lo impregnó y lo solubilizó; colmó entonces a la naturaleza con sus desbordantes correntadas. De él surgieron el sol y la luna. Del hombre, el sol; de la mujer, la luna. Las leyes de su mente, los períodos de su actividad se exteriorizaron en el día y la noche, el año y las estaciones. Pero una vez que hubo construido este gigantesco caparazón para sí, sus aguas se retiraron; ya no llena ahora las venas ni los pequeños vasos sanguíneos; se ha resecado hasta reducirse a una gota” [8].

El espíritu universal se sigue comunicando con nosotros, Alexander Sokurov nos lo ha mostrado en Voces espirituales. La cámara en continuos viajes desde la figura humana hasta las alturas, desde el cielo hasta el sueño de los hombres, ha tratado con la poesía de esas imágenes escuchar la voz de la Naturaleza, encontrar el canal por donde se comunica con nosotros y de alguna manera nos habla. Esas imágenes, las figuras de los soldados y las modificaciones del terreno creadas por el Hombre, la música que suena desde un pequeño radiocasete que poco a poco se transmite como una voz lejana del valle, disminuidos a través del zoom de la cámara para así mostrar lo que somos y nuestros actos frente a la inmensidad de la Creación. El final de la película es la expresión fatal de los actos del Hombre, estúpidos o heroicos como hemos hecho hincapié: un soldado herido por la metralla descansa bajo un árbol, el joven exhausto espera su regreso a casa. El último plano es la figura humana, la primera de las imágenes de la película es una panorámica de una línea de árboles con las montañas al fondo bajo la música de Mozart. De la máxima expresión de nuestro entorno nos ha dirigido hacia nuestra figura, del escenario de la Creación a las dichas y desdichas del Hombre. Las imágenes de la Naturaleza como acto sublime de creación estaban bañadas con las notas de Mozart, acto sublime de creación, cuando los Hombres sueñan y crean se acercan a los dioses. Sokurov sabe que es la poesía el medio para comunicarse con las deidades y así abre el film, treinta minutos de plano fijo esperando que el tiempo desdibuje la línea del horizonte enmarcada por las cumbres, en la contemplación mística del páramo. En esta lenta espera no paran de surgir señales, es como un folio en blanco donde la naturaleza comienza a escribir una carta con todas las palabras del mundo, con las que hay y con las que habrá. La luz va pintando este cuadro con tenues tonalidades cada vez más oscuras, los animales salen, las aves surcan el cielo llenando el plano y los sonidos de la Naturaleza se multiplican. Sokurov los recoge atentamente con la cámara, esas son las notas de un lenguaje universal, un lenguaje cósmico que en su comprensión esconde la espiritualidad del Hombre, la espiritualidad de toda la Creación.

Notas:

  1. La situación en Voces espirituales es el conflicto heredado de la guerra de Afganistán, tras la independencia de las diferentes repúblicas. Tayikistán se ve incapaz de poder, económica y militarmente, defender sus fronteras, es el ejercito ruso el que mantiene sus posiciones en la frontera de Afganistán para defender Tayikistán, y defenderse a sí mismo del peligro talibán. “Por una vez se le había encomendado al ejército una tarea noble”, en el encarte de la edición en DVD de Voces espirituales, traducido por Guadalupe Luceño. 
  2. GOYTISOLO, J., Cuadernos de Sarajevo. El País Aguilar, Madrid, 1993. 
  3. En la primera parte de la película tuvo un equipo cinematográfico, su asiduo operador de cámara Alexander Burov, pero en la segunda parte, invernal, utilizó al cámara de televisión Alexei Fiodorov. En el encarte de la edición en DVD de Voces espirituales, traducido por Guadalupe Luceño. 
  4. Otro de los grandes problemas, ya de índole interna del ejército soviético es la dedovschina, el fenómeno que éste heredó del gulag soviético. Al igual que en los campos de trabajo, los presos por crímenes aporreaban, privaban de su ración y sometían a abusos de todo tipo a los presos políticos, aquí los soldados que cumplían el segundo año explotaban y abusaban a los del primer año, dándose casos de suicidios y asesinatos. Esto llevaba consigo que una gran cantidad de los reclutas se evadieran del ejército, dejando en evidencia la inutilidad del servicio militar. Éste es el fondo de crítica desde donde Sokurov realiza las series militares.

    En Voces espirituales este hecho no se da en grado extremo, principalmente porque la mayoría de los soldados son profesionales y habían escogido el trabajo de la guerra para tener una salida económica. Provocada en aquellos años por el colapso económico que vivía Rusia, una gran cantidad de desempleados pululaban en las calles de la ciudad, y la pobreza –problema que hoy subsiste, la enorme fragmentación económica y social– era muy profunda. Ibíd

  5. “El rostro-mudo es un rostro ampliado pero también, más profundo y más inmediato, un rostro del tiempo, un rostro-tiempo…”, en AUMONT, J., El rostro en el cine, Paidós, Barcelona, 1998. Pág. 105. 
  6. HEIDEGGER, M., Introducción a la metafísica. Gedisa (traducción de Ángela Ackermann), Barcelona, 2001. Pág. 8. 
  7. EMERSON, R. W., El espíritu de la naturaleza. Editorial Errepar, Buenos Aires, 1999. Pág. 11. 
  8. Ibíd. Pág. 19. 
Publicado en Panorámica del número 45. Este artículo pertenece al grupo Dossier Aleksandr Sokurov.