09. ‘Umbracle’. De lo visible y lo invisible

La idea del extrañamiento es un buen lugar desde el que abordar el cine de Pere Portabella. Hay algo de concienzuda metodología dentro de la apariencia libérrima que domina la obra del cineasta catalán: un esfuerzo, una insistencia en suspender o incluso traicionar a toda costa las expectativas. Ese extrañamiento en Umbracle circula en una doble dirección: por un lado abunda en el complejo, radical discurso cinematográfico con el que Portabella había comenzado a experimentar en el mediometraje No compteu amb els dits (1967), aún en el contexto de aquel reducto vanguardista que fue la Escuela de Barcelona. Un discurso dedicado a revertir cualquier idea preconcebida respecto a formas, estructuras y géneros clásicos. La segunda dirección tiene que ver con la mirada lúcida y el firme posicionamiento crítico que plantea Portabella sobre los últimos años de la dictadura. Una crítica llevada a cabo desde la disidencia, desde la clandestinidad, lo cual no es un asunto secundario, porque da una idea de lo mucho que ponían en juego tanto él (máximo responsable) como Joan Brossa (co-guionista) o Carles Santos (responsable de la banda sonora), no solo lanzándose a rodar una película claramente “antisistema” y manifiestamente política, sino sobre todo dándola a ver, haciendo visible lo invisible de un régimen con tanto que ocultar (no olvidemos que Umbracle se proyectó en el festival de Cannes del año 72 mientras el pasaporte de Portabella estaba requisado). Quizás no sea tan frontal en sus planteamientos como lo fueron posteriormente El sopar (1974) o Informe General sobre algunas cuestiones de interés para una proyección pública (1976), pero no cabe duda de que Umbracle es el gesto de un cineasta comprometido. Gesto audaz, transgresor en lo formal, consciente del extrañamiento que provoca, oculto en lo puramente fílmico si se quiere, pero gesto político, militante de primer orden.

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De dicho extrañamiento participa Christopher Lee, a la vez víctima y propiciador. Lee era en aquel momento algo parecido a un cliché, paradigma de un determinado cine de género, y Portabella juega, en una secuencia capital situada hacia la mitad de la película, a traicionar esa identificación generalizada a partir de los desdoblamientos personaje-actor y ficción-realidad. La secuencia en cuestión transcurre entre los bastidores de un plató, un travelling nos enseña todo un dispositivo de luces, cables y artilugios de rodaje. Vemos a Cristopher Lee hablando directamente a cámara, apelando, precisamente, a las expectativas traicionadas del espectador. Lee dice que a continuación hará algo que nunca antes había hecho y que hasta el propio director ignora: cantará una canción y recitará un fragmento de El cuervo, de Edgar Alan Poe (referencia evidente a ese final de Cuadecuc Vampir (1970), en el que el propio actor, despojado de su máscara de Drácula, lee en su camerino el final de la novela de Bram Stoker). Dicho y hecho: se quita la chaqueta y comienza a cantar y a recitar. La secuencia acaba con un apunte de diálogo entre actor y director y una larguísima mirada a cámara, de la que parece desprenderse que Lee no tiene muy claro adónde le lleva toda esa farsa. La estrategia es mostrar el dispositivo para dislocar, para fracturar, para llamar la atención del espectador sobre la propia existencia de un discurso (político y cinematográfico) y, por lo tanto, de un cineasta que lo enuncia, que habla, por así decir, directamente a cámara. Una vez más, se hace visible lo invisible.

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Al inicio de la película, otra secuencia desconcertante, otro golpe a las expectativas, en este caso genéricas: asistimos al inicio de una película de terror, con Lee paseando su elegancia vampírica por una especie de museo de los horrores: vitrinas llenas de bestias disecadas. Alguien observa a través de los cristales, planos desenfocados, encuadres desestabilizados, música estridente… Y entonces, cuando se nos invita a intuir que puede pasar algo, Lee sale por la puerta y la película se convierte en otra, y luego en muchas más, todas distintas, todas inacabadas, o apenas apuntadas, incluso hay un momento en el que llega a ser un documental, o varios documentales distintos, con entrevistados e imágenes de archivo. En este maremágnum de géneros, formatos y posibles historias fracasadas, el actor (y con él el espectador) quedan descontextualizados, encomendados a la errancia por una Barcelona saturada de luz y aún presa de los últimos y bochornosos coletazos de la dictadura. Lee se convierte en observador extraño y extrañado de esa Barcelona opaca, oscurecida por una represión multiforme: la policial, la clerical, la castrense y la de las buenas costumbres burguesas.

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El gran hallazgo de Portabella es que habla desde el cine, quiero decir que reflexiona como cineasta antes que como activista político, y en ese sentido es asombroso cómo trabaja su discurso desde la materialidad de la imagen, cómo fuerza la película para que el propio negativo hable a través de su grano, de su propio deterioro; es algo físico, táctil, que fascina y desconcierta. Y así, por tercera vez, se hace visible lo invisible.

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La lógica narrativa de Portabella no sabe de relaciones causales. Las secuencias (y los planos dentro de las secuencias) se suceden atendiendo a confrontaciones ideológicas o meramente rítmicas: la repetición, las rimas visuales, la estructura fragmentaria desarrollada a partir de secuencias autónomas, el uso provocador de la banda sonora, la disociación entre imagen y sonido o la inclusión de imágenes de archivo o directamente de entrevistas que aluden a la censura, son algunas de las marcas de ese extrañamiento al que hemos hecho referencia; pero también son los “recursos” que convierten Umbracle en una película de resistencia, militante en lo formal y en lo político. La obra de un cineasta consciente de todas las perspectivas desde las que su película puede ser leída, vista y disfrutada: como obra cinematográfica pura, basada en la dialéctica visual entre imágenes y la riquísima confrontación entre estas y el sonido; o como arma arrojadiza, nada disimulada, contra el régimen franquista.

Publicado en Panorámica del número 49. Este artículo pertenece al grupo Panorámica Portabella.