6. ‘The General’ (1999)

Retratos de un fantasma

¿Se trata de un biopic, de un thriller que sigue los pasos de un delincuente, de una descripción de la situación social de la década de los ochenta y los noventa en Dublín, o de una comedia con tintes grotescos e irónicos, por no decir cínicos, a partes iguales? ¿Por qué realizar un filme sobre uno de los delincuentes más importante de Irlanda, Martin Cahill? ¿Cómo ubicar esta suerte de biopic, con todas las comillas que hemos apuntalado hace unos instantes, en la filmografía de John Boorman? El filme, en sí, queda conformado por un largo flashback, ubicado en los últimos instantes de vida de Martin Cahill, interpretado por un soberbio Brendan Gleeson, antes de que la bala atraviese el cráneo: un canto de cisne que se centra más en retratar la vida de un delincuente que en crear suspense a través de sus varios robos. He ahí la habilidad de John Boorman para hibridar géneros, buscando en sus costuras el espacio desde el que hablar de uno de sus temas privilegiados: la supervivencia en un entorno hostil en el que el ser humano es el principal peligro.

Así pues, en su afán de forzar los géneros hasta sus propios límites en juegos grotescos (he ahí Infierno en el pacífico [Hell in the Pacific, 1968], un western bélico en el que las palabras hieren más que las balas; A quemarropa [Point Blank, 1967], una historia de venganza en la que el objeto de ira desaparece a la mitad del metraje; Excalibur [1981], una representación barroca del mito artúrico; etc.) para construir una autoconciencia fílmica que le permita poner en entredicho la mirada del espectador, la historia del General le permite mostrar en pantalla los límites de la representación de un outlaw contemporáneo a través de una relectura tragicómica del mismo. Un fuera de ley que sólo puede vivir en los márgenes de la sociedad pero que, he aquí el primer elemento irónico del filme, traslada su domicilio de los suburbios a la zona residencial: el outlaw ya no habita fuera sino en el seno de la comunidad. Esta pequeña transgresión obliga al protagonista a vivir en una identidad escindida: el filme sólo quiere seguir los pasos de un fantasma que deambula sin rumbo en un espacio que no es el suyo.

Como muestra de ello tenemos, sin duda, la mejor secuencia del filme, que condensa, en lo que en otra película podría haber sido una perfecta escena de suspense, el afán de John Boorman de transgredir el género del thriller y llevarlo hacia los senderos de la descripción intimista: en una secuencia de marcado carácter onírico, acentuado por los fundidos a negro que enlazan un plano con otro, Martin Cahill se pasea por una casa, observando a sus inquilinos sin ser visto: el objetivo no es crear suspense sino que compartamos, junto al protagonista, la única secuencia en la que él podrá sentirse libre de sí mismo, deleitándose al observar la vida de los demás, alejándose de la suya. En la noche, allí donde no se necesita máscara para pasear, donde la oscuridad ilumina los deseos ocultos, Cahill logra ser libre.

La necesidad de ocultarse es, sin duda, una de las características más remarcables que Boorman quiere destacar: de ahí que, en los lugares públicos, el protagonista tenga la imperiosa necesidad de ocultar su rostro, ya sea con sus manos, con una capucha o con unas gafas y un bigote grotescos. Lo que podía haber sido utilizado como un simple elemento de tensión en sus apariciones públicas queda trascendido en un elemento grotesco: no es simple ocultarse a la revelación pública sino la asunción del anonimato como medio de supervivencia (siendo, como es, éste uno de los temas predilectos del director británico). La invisibilidad es el medio que puede habitar ante los extraños, su rostro debe quedar vacío a los ojos de los demás. El outlaw no puede existir a los ojos de la sociedad porque pervierte las reglas del juego: asumiendo, pues, su condición ante el mundo, Cahill oculta su rostro a las miradas ajenas.

El General se convierte en el bufón de risa amarga que mediante la mofa muestra el auténtico rostro que inunda las calles de Dublín: tal y como le responde el bufón al rey Lear a su pregunta de si lo considera un bufón, “de todos tus otros títulos ya te has desprendido; con este, sin embargo, viniste al mundo”[1]. La figura tragicómica de Cahill subvierte las normas sociales, convirtiéndose en un fantasma que se sirve de las leyes para protegerse y destruirlas a su conveniencia. Un personaje que pretende pasear sin ser visto: he ahí lo grotesco de una sociedad marcada por su carácter de masa. Un individuo solo, fuera de la ley, alejado de las normas sociales y que pervierte el orden establecido está proscrito y obligado a deambular como un espectro. Lo heroico de Cahill es asumir su propia condición y llevarla como bandera de su existencia, su disfraz es la desnudez en el colectivo, permitiéndole fundirse en la masa y convertirse en una suerte de rey bufón [2].

La grotesca tragicomedia que protagoniza Martin Cahill se abría con una mirada hacia atrás, en un flashback que ocupa la totalidad del filme. No obstante, la mirada final del protagonista es una mirada hacia un futuro que no tendrá, así como toda su vida había sido una constante fuga hacia delante. Su rostro apacible, que esconde el esbozo de una sonrisa, como el de un sabio que ya conoce aquello que ha de acontecer y acata, ya no mira al asesino que le apunta con una pistola sino a aquel joven que él fue una vez, aquel joven que corría por las callejuelas sin saber bien si huía de algo o iba en busca de lo que ansiaba. En cualquier caso, la mirada hacia el pasado, que describe un círculo perfecto e infinito, es siempre una mirada hacia aquello que todavía ha de acontecer: la aceptación de uno mismo. Como ven, el filme de Boorman no es, simplemente, el retrato de un delincuente sino una mirada en fuga.

Notas:

  1. SHAKESPEARE, William: El rey Lear, Madrid: Cátedra, 7ª edición, 2003, p. 105 (Acto I, escena IV). 
  2. No en vano escriben Astre y Hourau en su El universo del western que “el outlaw [...] sólo llega a ser heroico en la medida en que opone, frente a la grandeza del legislador y a la imperfección y relatividad de sus leyes, el rostro a la vez patético, cruel y generoso de un hombre anterior a la Ley”. Ver ASTRE, Georges-Albert y HOURAU, Albert-Patrick: El universo del western, Madrid: Editorial Fundamentos, 1997. 
Publicado en Panorámica del número 43. Este artículo pertenece al grupo Dossier John Boorman.