3.9 Un plano que se llena de tiempo

Recordar las clases de Paulino Viota es pensar en una lucha constante contra el tiempo. La memoria no ayuda, no recuerdo si fue Domènec Font quien hizo la presentación de su asignatura, “Estética de la Representación”, en la Universitat Pompeu Fabra, o si fueron los conocidos de las promociones anteriores los que nos pusieron sobre aviso. El hecho es que en abril de 2005 ahí estábamos nosotros en la primera clase de un señor que venía de Santander y, según teníamos entendido, era “tan bueno” que sólo venía a Barcelona para darnos esa asignatura y luego debía salir, a toda prisa, hacia el aeropuerto para coger un avión de regreso.

Una lucha contra el tiempo, sí, eso es lo que eran sus clases. Y quizá lo recuerdo así no sólo porque Paulino se encargara de pedir una y mil veces “¡Por favor! ¡Por favor!” que guardáramos silencio, sino también porque aquellas sesiones nos enseñaron una nueva manera de mirar y acercarnos al cine; algo tan inédito y placentero que hacía que el tiempo se nos pasara volando. La plasticidad (pictórica) del cine de Murnau, la fisicidad del cuerpo del actor según Chaplin, lo orgánico y lo patético en el cine de Eisenstein, el “montaje neurofisiológico” de Bresson... con Paulino aprendimos muchísimas cosas, incluidas algunas con las que discrepamos como ese empecinamiento en ver Doble Cuerpo (Brian De Palma, 1984) como una “copia fallida” de Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958).

En todas ellas sin embargo se hacía manifiesta una forma peculiar de ver el cine. Por primera vez para nosotros, cinéfilos con unos pocos Godard y Resnais a cuestas, alguien demostraba que no se trataba de descifrar “lo que querían decir” los directores de cine, como si en última instancia el cine no fuera más que un mensaje cifrado. No, con Paulino estar ante una película no era simplemente ver el cine como si se tratara de encontrar el sentido del film y nada más. Con sus clases aprendimos que el cine debía recibirse como un acto de formas vivas, formas que piensan, sí, pero también formas que sienten. Como más tarde leeríamos en la arrebatada contra-interpretación de Susan Sontag, con Paulino descubrimos que no (sólo) hacía falta una hermenéutica sino (también) una erótica del arte cinematográfico.

En este sentido guardo con especial cariño un momento muy concreto de sus clases, el día que nos habló del plano secuencia, por entonces condición sine qua non de lo que nosotros, ignorantes cinéfilos talibanes, entendíamos por entonces como cine moderno. Después de proyectar el final de Amoríos (Liebelei, Max Ophüls, 1933) y hablar de la renuncia del montaje del cine sonoro para conseguir la emoción/revelación a través de la presencia física del cuerpo del actor, Paulino proyectó una de las imágenes que más he llegado a amar con el tiempo. Nostalghia (Andrei Tarkovsky, 1983) y apenas un minuto de los diez que dura uno de los planos finales, siempre el puñetero tiempo jugándonos en contra y a pesar de esto el cuerpo de un enfermizo Gorchakov devino, para mí, una epifanía ante la obra del cineasta ruso.

Ver aquel hombre intentando atravesar una piscina para salvar el mundo mientras Paulino sentenciaba “un plano que se llena de tiempo”, ese llamamiento no a pensar, a intentar descifrar la imagen, sino a disfrutarla, a sentir el tiempo de ese acto de fe me ha quedado grabado a fuego en la memoria. Una curiosa ironía después de todo, la de aprender a ver el cine de un ruso que parece tener todo el tiempo del mundo, gracias a un señor de Santander al que se le acababa siempre a medio camino en esto de enseñarnos a amar las formas del cine.

Publicado en Panorámica del número 42. Este artículo pertenece al grupo Dossier Paulino Viota.