3.1. ‘La bruma’, ‘La carta’ y ‘La estatua’. Tres argumentos para películas no realizadas de Manoel de Oliveira

Los tres argumentos fueron seleccionados y traducidos integralmente a partir de una publicación de la Cinemateca Portuguesa de 1988, Alguns projetos não realizados e outros textos, que reúne argumentos, guiones y textos del cineasta sobre el cine. La escritura de Manoel de Oliveira mantiene aún arcaísmos, un ritmo y formalidad muy antiguos, típicos de un hombre de principios del siglo XX, que no pudimos mantener en la traducción al castellano.

Estos textos, más que literarios, son "cinematográficos", están llenos de indicaciones de visualización que ya remiten a determinados elementos materiales de las películas. Por ejemplo, las comas, las repeticiones y las superposiciones apuntan hacia la transición de imágenes y el ritmo de montaje. Las imágenes seleccionadas no pretenden ilustrar los argumentos, sino encontrar paralelismos entre algunos elementos de estos textos y el universo de sus películas.

La Bruma (1931)

Argumento para una película

Por la noche, en una calle oscura y llena de bruma, una mujer extiende la mano para pedir limosna. Los transeúntes chocan con ella como si no la vieran.
Pasan los últimos transeúntes, ella deja caer la mano y camina errante.
Nubes, agua.
La mujer camina en la calle rompiendo la bruma cerrada.
Con una vaga expresión, abstracta a todo, camina en la incertidumbre, sin saber hacia dónde ni para qué.
Un carruaje sin cochero, llevado por dos caballos blancos pasa por la calle y se pierde en el fondo, fundiéndose con el espacio.
La rueda del carruaje gira continuamente, pasando por charcas de agua y fango.
Los pies de la mujer siguen caminando siempre, indecisos, pisando el fango y empapándose de agua en las charcas.
Ahora ella camina más cansada.
El carruaje sube una cuesta muy abrupta.
El vaho que los caballos expelen cansados al subir la cuesta.
Las patas de los caballos siguen subiendo siempre.
Los caballos desaparecen lentamente y el carruaje retrocede por la cuesta, hasta ganar velocidad.
Bajando vertiginosamente… choca contra una pared.
Una rueda se desprende del carruaje. Corre, gira y cae en una charca de agua.
La mujer se hunde en el suelo y permanece ahí.
La rueda se sumerge en el agua del charco.
 
EN SUPERPOSICIÓN AL AGUA DEL CHARCO
 
Un pastor camina tarareando por el campo en un bonito día de sol.
Las campanas de una iglesia repican, las palomas huyen asustadas.
Domingo; gente que sale de la iglesia del pueblo.
En la puerta de una casita del pueblo ella está sonriente y ajena.
El pastor pasa, la mira sonriendo ingenuo, encogido. Él lleva un cesto de manzanas y coge una para ofrecérsela.
Ella siempre sonriente y ajena le dice que sí
Él le tira una manzana.
Ella la coge, la limpia y se la lleva a la boca.
Masticando, sonríe, alegre, ajena…
Él ingenuo, sonriendo, baja la cabeza mirando hacia ella, encogido, un poco avergonzado.
Ruedas de una locomotora corriendo veloces se funden en el agua.
La rueda del carruaje sumergida en la charca de agua viene a la superficie.
La chica se levanta del suelo donde estaba tendida.
Las patas de los caballos que caminan.
La rueda gira.
El carruaje desaparece.
La chica camina.
Desgreñada, corre, loca, despavorida…
Pero ella camina como antes, tranquila y pensativa.
Y allí sigue ella corriendo desgreñada e despavorida.
Los caballos que iban despacio…
Corren despavoridos también.
Y van caminando siempre tranquilos.
La mujer huye despavorida por un bosque fantástico de sombras y… los caballos corren tras ella desordenados, desorientados, desenfrenados.
Sin embargo los caballos caminan tranquilos.
Y la mujer va también por la calle tranquila.
Los caballos corren, corren, corren y paran delante de un precipicio sin fondo.
Las patas de los caballos al parar ante el precipicio hacen rodar algunas piedras que caen hacia abajo, yendo cada vez más hacia el fondo hasta perderse en una sombra fantástica. Y en la sombra negra, sólo es posible ver, entre tinieblas y luz, otras sombras moviéndose y gesticulando.
Ella estática, está junto al precipicio mirando hacia el fondo; las sombras le azotan el rostro y ella huye con miedo.
Corriendo, siempre corriendo, huye despavorida.
Ella va doblada sobre si misma, cansada, caminando lentamente por la calle.
Se detiene, mira el umbral de una puerta y se dirige hacia ahí…
y se sienta, apoyándose contra la pared con ojos de sufrimiento.
Por la calle, traído por el viento, rueda un periódico.
Se detiene contra sus pies y el viento lo hojea.
 
EN SUPERPOSICIÓN AL PERIÓDICO, MIENTRAS EL VIENTO LO HOJEA
 
Ella corre y salta por los campos.
El pastor ingenuo, sonriendo, baja la cabeza, mirando hacia ella encogido, con timidez.
Y ella, masticando la manzana sonríe, alegre, ajena…
Su rostro sonriente y el escenario alegre del campo se vuelven sombríos hasta volver a la escena en que ella, sentada en el umbral de una puerta, mira el periódico, indiferente, con ojos de sufrimiento en una calle oscura y llena de bruma.
Ella mira el periódico con ojos de sufrimiento.
El viento lleva ahora el periódico que ha traído, haciéndolo rodar por la calle hasta desaparecer.
Y al mirarlo, ella cierra los ojos de sufrimiento, cayéndole dos lágrimas por el rostro, una paloma blanca posa en la calle delante de ella.
A lo lejos, en la calle viene un hombre de correos con una gran carta blanca en la mano caminando apresuradamente.
El rostro del hombre de correos que llega corriendo trae una sonrisa alegre, llena de bondad.
El correo está casi llegando junto a ella y la paloma que la mira se transforma en un gato negro que se estira y huye.
El hombre de correos llega, se detiene delante de ella con una sonrisa alegre, llena de bondad, y le extiende la mano entregándole la carta, que tiene grabada en el centro en relieve una gran corona de oro.
Ella recibe la carta con gran alegría.
El hombre de correos, ahora, se saca la máscara de sonrisa alegre, llena de bondad, y la tira al suelo; su cara verdadera tiene la expresión de quien se burla con maldad; y se pone a reír, se ríe hasta irse con paso apresurado.
Ella queda recelosa, pero mira hacia la máscara, en el suelo, de sonrisa alegre llena de bondad, y ya más confiada se ríe, alegre. Aprieta con fuerza la carta contra el pecho, atisbando con curiosidad hacia un lado y otro de la calle.
Tanto de un lado como de otro no se ve nada.
Ella espera paciente; parece oír algo.
Son cencerros, muchos que se agitan en el cuello de caballos blancos.
Ella espera con mucha curiosidad.
En el fondo de la calle aparece una bonito par de caballos blancos muy bien adornados, llenos de cencerros, vienen a trote, y detrás de ellos aparecen muchos otros. Dos engalanados cocheros están sobre un bello coche blanco y dorado, todo encristalado, que parece resplandecer en un halo luminoso.
Ella, sonriente y alegre, se levanta deslumbrada y se acerca.
El coche se detiene delante de ella; el cochero abre la puerta y de dentro sale un bello príncipe joven de cabellos rubios con rizos.
Es el pastor.
El príncipe la lleva del brazo hacia dentro del carruaje, el cochero cierra la puerta.
Los cuatro pares de caballos blancos parten, se van.
El carruaje sigue.
Y los cencerros se agitan al trote de los caballos.
Él y ella, dentro, se miran con amor.
Él le canta una canción al son de los cencerros…
Ella no pude prestarle atención pues una borla del carruaje le golpea constantemente en el hombro.
El sol despunta en el horizonte.
Y la borla continúa golpeándole impaciente en el hombro.
Es la porra de la policía que la quiere despertar para que ella salga de allí. Ya es de día y ella no puede estar ahí.
Se despierta, mira a la policía, mira la calle donde pasan los primeros transeúntes y entiende…
Se levanta resignadamente, con sus ojos de sufrimiento, y vuelve a caminar por la calle chocando con los transeúntes.

***

La Carta (o “Teatro de Mujeres”) (1986)

La carta o ‘Teatro de mujeres’ es la historia de una misma carta que, remitida de mujer en mujer por correo, provoca reacciones muy distintas. Primero llega a manos de una señora cuya reacción de tristeza y desánimo despierta la curiosidad de una amiga que al leerla se indigna, buscando luego un sobre para remitirla a la otra persona.

FUNDIDO A NEGRO

La segunda mujer recibe esta carta y leyéndola, el choque es tan grande que la deja caer al suelo y, desesperada, corre para lanzarse por una ventana. Sin embargo dos amigas (o hermanas) que están presentes impiden que se arroje. Mientras una de ellas intenta retenerla, la otra coge y lee la carta. Indignada, vacila en el salón, vuelve a leerla y sale decidida.

Entra en otra habitación y junto al escritorio sobrescribe un sobre y le pone un sello para reenviar la carta.

FUNDIDO A NEGRO

La tercera señora al recibir la carta la lee con una actitud irónica, casi perversa. Medita un poco y con una sonrisa cínica busca un sobre, lo sobrescribe e introduce la carta. Se levanta, se pone el abrigo, mete el sobre en la cartera y sale. Anda por la calle y entra en Correos. Compra un sello, lo coloca en la carta y, con cierta malicia y burla, pone la carta en el buzón y sale.

FUNDIDO A NEGRO

La cuarta señora que recibe la carta la lee con espanto, rompiendo a llorar convulsivamente. Se deja “caer” en la silla, quedando sentada junto a la mesa, con la cabeza tumbada sobre el brazo estirado y el papel en la mano, sin parar de llorar. Entra la madre, se acerca a la hija y le coge los cabellos con la mano. Ella sigue llorando, sin tener otra reacción. La madre coge la carta de la mano de la hija y la lee. Con indignación sale, para entrar al poco rato con la carta, un sobre y un bolígrafo. Se sienta a su lado, sobrescribe el sobre e introduce la carta, etc.

FUNDIDO A NEGRO

Estamos en una ciudad, por ejemplo, en Lisboa. Movimiento de los sacos de Correos en la estación de los ferrocarriles, los sacos son colocados en el vagón de un tren. Anuncian su salida y el tren parte. Paisaje, el tren en marcha. Acercamiento a las ruedas del tren, la línea en fuga y/o avanzando.

El camión de Correos va por una carretera de montaña o por otro lugar pintoresco.

En el jardín de una Quinta (o de una casa solariega en la provincia), una joven coge flores. Una criada le entrega una (la) carta, retirándose inmediatamente. Mientras tanto, con alguna de las flores en la mano, abre el sobre y lee la carta que va leyendo al mismo tiempo que camina.

A medida que lee, sus labios dibujan una sonrisa, termina la lectura con la misma sonrisa y con profunda alegría. Aprieta la carta con las flores contra el pecho. Girando como una peonza, salta, lanzando al aire las flores y la carta abierta, corre de alegría, divirtiéndose entusiasmada hasta introducirse en el bosque.

Dos señoras, probablemente sus tías, la observan de lejos y corren para recoger la carta caída al suelo junto a las flores.

Una de ellas atrapa la carta, pero, perseguida por la otra, no tiene tiempo de leerla. Huyen, así, por el jardín moviéndose una tras la otra. Para no ser agarrada, la que lleva la carta se introduce en casa.

Atraviesan el interior de la casa, corriendo de sala en sala, una persiguiendo a la otra, hasta que la que lleva la carta, viendo que no tiene escapatoria, lanza con malicia la carta a las llamas del fuego que hay en el salón. La que persigue aún intenta liberar la carta del fuego, pero quemándose en la mano la retira sin conseguir cogerla. Ambas quedan desconsoladas al mirar el enigmático papel. La carta entre las llamas se va consumiendo y se transforma en carbón volátil.

INTERTÍTULO FINAL:

Se sospecha que esta carta fue escrita por un hombre, pero no se puede saberlo con toda seguridad.

Oporto, 10/12/86

***

La Estatua (1987)

En un salón de exposiciones (cuadrado o rectangular), en el centro, sobre un pedestal en forma de cubo, está una ESTATUA de piedra (o mármol).

La estatua es la figura de un hombre desnudo con los brazos levantados (no estirados) en la dirección de su mirada. La estatua, esculpida en tamaño natural, representa un hombre grande y robusto.

Los electricistas, sobre unas escaleras, dan los últimos retoques a los proyectores que la iluminan y después se retiran; las mujeres de la limpieza terminan su trabajo y también se van. Salen por una estrecha puerta disimulada en la pared. El salón queda vacío, con la estatua de brazos levantados en el centro, que ahora nosotros vemos desde arriba (en plano general). Todavía una de las mujeres de la limpieza vigila, al fondo, por la estrecha puerta, pero la cierra tras desaparecer por detrás de ésta. Poco tiempo después, alguien de fuera apaga la luz, quedando el salón a oscuras, con una penumbra donde no es posible distinguir las cosas.

Queda así a oscuras por un tiempo. Mientras tanto, sobre esta imagen y con un fondo musical apropiado, van pasando los créditos de la película hasta que alguien enciende la luz.

Por la puerta estrecha del fondo entran un portero muy bien trajeado y una señora. El portero trae un montón de catálogos. Atraviesan el salón (panorámica) y el portero dispone los catálogos sobre la mesita que queda al lado de las grandes puertas. La señora se sienta por detrás de la mesita y hace una señal con la cabeza al portero. Éste abre las grandes puertas.

Los visitantes que esperaban empiezan a entrar, recibiendo los catálogos de las manos de la señora sentada en la mesa. Se dirigen hacia la estatua y circulan alrededor de ella.

En la puerta (que ahora vemos más de cerca) los visitantes siguen entrando con gran afluencia, curiosos por ver la estatua del hombre desnudo.

Los visitantes, ahora en mayor número, rodean la estatua, observándola con miradas atentas, a veces con sonrisas irónicas o comentarios burlones. La mayor parte de esos visitantes está compuesta por mujeres y chicas jóvenes, pero se pueden ver también señoras mayores y algunos hombres.

A medida que observan, empiezan a notar con espanto que la estatua, a veces, parece que mueve los ojos. Después se vuelve de un color más rojizo y comienzan a crecerle los pelos por todo el cuerpo y la barba. Le crecen los dientes, los colmillos, principalmente, las uñas de los dedos de las manos, volviéndose la estatua un monstruo de sexo erecto.

El monstruo esboza una sonrisa salvaje que rápidamente se vuelve un mueca terrible, cuyos dientes afilados muestran gran ferocidad.

Desciende de la base con los brazos erguidos y todo él estremece. Mira para un lado y para otro, los visitantes están horrorizados y petrificados. Profiere un aullido bestial y de un salto se lanza sobre los visitantes. Provoca luego algunas víctimas que, ensangrentadas y con las ropas manchadas, caen por tierra.

Algunos pudieron huir por la puerta principal, pero la han cerrando tras ellos con miedo de ser perseguidos por el monstruo, impidiendo así la salida a los demás.

Los que han quedado dentro corren aterrorizados, de un lado para otro, huyendo del monstruo, de aquella estatua viva. Temerosos, se juntan en un rincón de la sala como un rebaño de ovejas, no obstante el monstruo salta sobre ellos. Aunque muchos huyan, hay más víctimas por el suelo, con las ropas rotas y ensangrentadas.

En la persecución huyen de punta a punta del salón, cayendo unos aquí, otros allá, entre gritos lastimeros, bramidos y gemidos de dolor y de aflicción.

En este momento la puerta principal se abre y aparece un domador, figura esbelta con un carácter determinado y una actitud firme. Tiene un látigo en una mano y un hierro en la otra.

El portero está junto al grupo de los visitantes y con ellos forma una pequeña multitud reunida. Están aterrados y, sorprendidos, clavan los ojos en el intruso ahora sin gritos ni lamentos. Hay un momento de expectación. El domador hace rugir el látigo y el monstruo, frente a él, suelta un aullido rencoroso y angustiado. Muestra los dientes afilados y avanza hacia el domador que va dando latigazos, amenazando al monstruo con el hierro apuntando como para pegarle.

Girando por la sala, el monstruo intenta sin éxito coger el látigo y el hierro.

Tropezando con los heridos que están por el suelo, el domador, sin desfallecer, parece dominarlo. En la puerta pequeña esperan las mujeres de la limpieza y los empleados, mientras los visitantes huyen por la puerta grande, que ahora está abierta. El domador, sin tregua, con coraje y determinación, y a fuerza de látigo, lleva al monstruo hacia la base y, poco a poco, vuelve a su normalidad, vuelve a ser una estatua de mármol de brazos y mirada erguida hacia lo alto. El domador recoge el látigo y el hierro con una sola mano y los sustenta en vertical, mirando victorioso la estatua con una sonrisa dominadora. Por la puerta pequeña entran las mujeres de la limpieza y los empleados. Enfocando desde arriba, vemos los empleados arrastrar a los heridos hacia fuera y las mujeres limpiando el salón; la estatua permanece de mármol y el domador se retira. En un gran plano, cada vez más cercano, vemos los brazos de alguien colgar a la estatua una especie de cadena de metal con una placa donde está escrito:

El HOMBRE

Lisboa, 30/4/87

Traducción: Oriol Sánchez y Celeste Araújo
Publicado en Panorámica del número 41. Este artículo pertenece al grupo Cine Portugués Contemporáneo.