28 días de desilusión y rabia

Pocas películas pueden presumir con tanto desparpajo como Tiremos los libros, salgamos a la calle (Sho o Suteyo, Machi e Deyo, 1971) de haber logrado plenamente el objetivo principal para el que fueron concebidas: epatar a la burguesía. Pero de verdad, ¿eh? Meter el dedo en el ojo de la mayoría silente y bienpensante y apretar el pulgar con saña, haciéndolo además rotar. Decir cosas que no sólo los más jóvenes pensaban. Hacer de altavoz agónico y ronco, pancarta filmada y foto fija del Japón de principios de los años setenta.

Hacía unos meses del suicidio –o de la charlotada ritualizada- de Yukio Mishima. De la teatralización de la esquizofrenia de una sociedad floreciente en lo material y perdidísima en lo esencial, necesitada incluso de redefinir eso mismo… lo esencial, me refiero. La fantasía de las glorias pasadas conviviendo con la vergüenza (supertecnificada, eso sí) por las barbaridades cometidas. El ex-Imperio una década después de haber firmado la prórroga del tratado de seguridad americano-japonés. Los universitarios tomando las calles y lanzando los apuntes al viento mientras los padres… mientras los padres les seguían regalando libros sobre cómo triunfar en la vida.

En este contexto convulso conocemos a un veinteañero al que la prosperidad nacional no parece haberle reportado beneficio alguno. Malvive en una casa junto a las vías del tren, zulo frecuentado de manera discontinua por una abuela ratera, un padre que quiere educarlo en la disciplina del deporte (él, ex–criminal de guerra, mirón en los baños públicos, tocaculos ocasional y peluquero poco diestro) y una hermana con fobia a los hombres y pasión ilícita por los conejos. Así presenta él mismo a su familia, encarándose con el espectador y preguntándole qué hace ahí fuera, parapetado en las sombras, esperando que algo pase.

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¿El resto? Dos horas y cuarto de buena música, alguna soflama y mucho vagar de aquí para allá. De sentirse abandonado, de esa manera en que sólo puede estarse en las sociedades del primer mundo: rodeado de gente que viene de comprar. Adolescentes en pos de una masculinidad reducida a chutar una pelota, ensuciarse y jugar a la guerra con reglas (el fútbol es definido como el deporte viril por antonomasia, a años luz del ping-pong o el béisbol por el mero hecho de que… la pelota es más grande). Hasta en el ejercicio físico que se insta a practicar a los más jóvenes subyace una intención oculta: prepararlos para las batallas del mañana, cambiados los uniformes por los puños almidonados y las corbatas.

Tiremos los libros, salgamos a la calle contiene un bonito catálogo de escenas para el escándalo. Un entrenador de fútbol se autoimpone la misión de iniciar sexualmente a todo su equipo, arrastrándoles al pie de las escaleras de un burdel antiglamoroso. Una bandera de EEUU se quema y detrás de ella descubrimos a una pareja en pleno happening sexual, en el publicitado estilo Ono-Lennon en su encamada por la paz. Una violación colectiva. Cámaras clandestinas en las calles, gente extraña encarándose con los viandantes o pidiéndoles que descarguen su rabia en un saco de boxeo. Perversas confesiones a cámara. Búsqueda infructuosa de una mujer que se hace la permanente y que desapareció con su traje de flores. Colegialas coreando alegres canciones sobre lo que harán cuando se dediquen a la prostitución. Paquetes de tabaco de la marca Peace sometidos primero al fuego y luego a la lluvia dorada. Rechiflas a costa de los héroes de los géneros de moda en las pantallas niponas –los incombustibles chanbaras y jidai-gekis–, plagados de espadachines, mujeres sumisas sirviendo sake y huidas a otros siglos supuestamente galantes. La primera comida en un restaurante occidental. Un cómic pornográfico. Grafitis. Danzas en campos de arroz. Transexuales, famosotes anunciando la cerveza Sapporo, un puesto de tallarines para volver a empezar de cero, un vuelo pionero al estilo de los hermanos Wright. Y la poderosa imagen de Japón reducida a “un lagarto encerrado en una botella de Coca-Cola”.

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El rodaje se prolongó un periodo lunar: 28 días de “cenizas y esperanza”, como los califica el propio protagonista al final de la cinta, rodeado de todo el equipo técnico y artístico. El autor de este manifiesto filmado fue uno de los personajes más controvertidos de su país, un polemista nato que ya se había batido en duelo, precisamente, con el adalid derechón del momento, el genial Yukio Mishima (“usted podrá pensar que soy un clasicista pasado de moda, pero no confío para nada en un lenguaje sin una estructura lógica”.) ¿Quién era aquél tipo dispuesto a “mofarse de la fusión de estética y política” [1] del autor de El rumor del oleaje?

Se llamaba Shuji Terayama. Un poeta, escritor, dramaturgo, boxeador y cineasta [2] que rodaría largos durante apenas una década, antes de su muerte prematura en 1983. Esta fue la primera de sus seis películas, escasamente vistas en Europa –por extraño que parezca, Terayama continúa siendo todo un referente de la cultura nipona: allí su cine es fácilmente accesible en DVD y sus libros todavía resisten en los estantes de las librerías [3]–.

Nació en pleno auge del militarismo en su país (1935) y presumió siempre de aquella “universidad de la calle” a la que asistió tras verse obligado a abandonar los estudios y guardar reposo en un hospital de Tokio, aquejado como estaba de una nefritis que degeneraría en cirrosis. El complejo médico se hallaba ubicado en el barrio de Shinjuku, el corazón de la bestia contracultural nipona a mediados de los sesenta. Allí fuera, ¡tan cerca!, estaba pasando todo lo que merecía la pena.

Así que al abandonar los pasillos y las paredes blancas apenas tuvo que cruzar la calle para fundar un grupo de teatro al que bautizó como Tenjo-sajiki (algo así como Los niños del paraíso), una compañía con la que giró hasta lugares tan distantes como Londres a finales de los setenta. Terayama no se cansó de llamar a la Revolución –esa que nunca llegó, esa que nunca llegará– y de pedirles a los adolescentes lo que se suponía que un adolescente debía hacer: desobedecer, siquiera de vez en cuando. Aprender a disentir. Olvidarse de los libros una temporada y abrir los ojos a lo que estaba pasando a su alrededor.

Su figura puede recordar –en su rol de baluarte del pensamiento de izquierdas y hombre multidisciplinar– a la de Pier Paolo Pasolini, y la forma de rodar su Tiremos los libros, salgamos a la calle a la también altamente experimental y loquísima Funeral Parade of Roses (Bara no soretsu, 1969) de Toshio Matsumoto. También, estirando un poco, nos hallaríamos ante uno de los indudables padres putativos de Sion Sono. Aunque al lado del cine radical que se practicaba en su país hace 45 años… las de Sono puedan tildarse de esmeradas muestras de cine comercial.

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Notas:

  1. http://contrapicado.net/tag/yukio-mishima/
  2. ‘El cine japonés. Capítulo VII: 1973-1980. Fin de los experimentos y emergencia de los nuevos independientes’, de Max Tessier. Pág. 75. 
  3. http://www.bfi.org.uk/news-opinion/sight-sound-magazine/features/where-mountain-meets-street-terayama-shuji
Publicado en Filmoteca del número 49.