13. La soledad (Jaime Rosales, 2007)

Dispositivos que transforman la mirada

La Soledad (2007) es la película más paradigmática de la primera etapa del cine de Jaime Rosales, la que llega hasta Sueño y Silencio (2012) [1]. Hasta ese momento, toda su obra se caracteriza por dos constantes. Por un lado, una forma muy pensada, cerebral y fría, que parece calculada con meticulosidad, de forma independiente de la trama, ante la que se muestra indiferente. Por otro, una representación de la realidad en la que una sucesión de momentos banales se ve truncada por situaciones de gran intensidad dramática. Estos momentos de intensidad dramática giran alrededor de la muerte, una muerte que es siempre violenta, inesperada y, en apariencia, inmotivada. Estas situaciones, además de por su carga dramática, sirven para poner en evidencia ese divorcio entre forma y contenido, esa aparente impasibilidad del texto hacia aquello que relata. Así, el acto trágico queda inscrito en el devenir del tiempo, pero se le priva de su sentido catártico. Esta ausencia de catarsis nos interpela y nos obliga a buscar una respuesta, a dotarlos de un contexto y de un relato que los explique. Aparece entonces una nueva tensión entre lo cotidiano y “lo enteramente Otro”, entre la inmanencia y la trascendencia [2]. En el caso de La soledad, esta tensión y la fuerza de la pregunta planteada por el hecho trágico (un atentado terrorista), se va diluyendo paulatinamente en un regreso a la normalidad, a la cotidianeidad del principio.

Este esquema ha llevado a Rosales a explorar distintos dispositivos que buscan transmutar nuestra manera de ver la realidad para confrontarnos con su sentido, o bien con la ausencia de ese sentido. En algunos casos, como en Tiro en la cabeza (2008), estos dispositivos pueden llegar a resultar pesados artefactos que encorsetan el film. Pero cuando consiguen un equilibrio adecuado no hacen sino potenciar el efecto de disparidad entre forma y contenido. Es el caso de La soledad, en el que Rosales utiliza lo que, con una fuerte autoconciencia autoral (y cierta grandilocuencia) bautizó como “polivisión”. La polivisión consiste en un uso de la pantalla partida que ahonda en la disparidad a través de la multiplicación de los puntos de vista. Tampoco desaprovecha la posibilidad de generar interesantes contrastes a través de la yuxtaposición de distintas situaciones, especialmente las que se refieren a las dos tramas que hilan el film: las historias de la madre (Petra Martínez) y la hija (Sonia Almarcha) ante la pérdida. Una pérdida que, aunque motivada por factores muy distintos, se centra en el debilitamiento de los vínculos familiares y se constituye en el tema central.

Además de por el aspecto puramente cinematográfico, La soledad también será recordada por la sorpresa que protagonizó en la gala de los Goya del año 2008, en la que consiguió dos de los galardones más preciados: Mejor Película y Mejor Director [3]. Aquel hito hizo augurar a algunos una era dorada en la que un cierto cine independiente, arriesgado y con una fuerte vocación autoral, podía conquistar una centralidad impensable desde los días de Antonioni y Bergman. Román Gubern incluso se lanzó a vaticinar un resurgimiento de la malograda Escuela de Barcelona [4].

Casi 10 años después, y viendo las nominaciones de la edición 2017, no queda duda de que aquel optimismo fue apresurado. Sin embargo, tampoco se puede negar que el premio sirvió para iluminar, aunque fuera momentáneamente, un camino que hoy transitan gente como Albert Serra, Carlos Vermut, Neus Ballús, Oliver Laxe y tantos otros. Cineastas que siguen creyendo que, a pesar de la falta de reconocimiento por parte de la Academia, de la escasa cobertura mediática, de los problemas de financiación y de las legislaciones adversas, un cine diferente, un cine que cuente, sigue teniendo sentido.

 

[1] Hermosa juventud se aparta de las constantes que veremos aquí, pero hasta que no tengamos nuevas obras de Rosales, no sabremos si se trata del inicio de una nueva etapa o de un desvío pasajero.

[2] Conceptos como “lo enteramente Otro” o “disparidad”, así como el análisis que hacemos del cine de Rosales, están basados en el modelo expuesto en SCHRADER, P., El estilo trascendental en el cine: Ozu, Bresson, Dreyer. Ediciones JC Clementine, Madrid, 1999. En este artículo, desarrollamos más este análisis: http://contrapicado.net/article/porque-morimos-la-vida-es-de-un-valor-extraordinario/

[3] También consiguió el Goya al Actor Revelación para José Luis Torrijo.

[4] http://elpais.com/diario/2008/02/10/cultura/1202598001_850215.html

Publicado en Panorámica del número 50. Este artículo pertenece al grupo Panorámica de cine español.