13.‘Informe general (I y II)’. Informe sobre la información (Según Portabella)

«Un cuento de ciencia ficción» [1]. Así describe Manuel Vázquez Montalbán, en La palabra libre en la ciudad libre, su propuesta de construcción de una utopía urbana en la que por encima de todo impere la libertad de expresión e información. También en Informe sobre la información (cuyo título me he permitido remedar para encabezar este breve texto acerca de Pere Portabella, cineasta partidario de la «vampirización» creativa), irónicamente escrito en una cárcel franquista, el escritor se plantea la necesidad de acceder a una información plural, como forma de superación de un perpetuo combate entre dos frentes (derechas e izquierdas en sus diversas encarnaciones) cuyo resultado es casi siempre la paralización. Informe sobre la información era al fin y al cabo una obra didáctica, especulativa y también eminentemente política. Montalbán era consciente de que su ensayo surgía en un escenario social y político repleto de incertidumbres, en el que la única certeza que se atinaba a vislumbrar era la necesidad de transformación. Por ello, su autor insiste en la superación de la visión dialéctica de la Historia apostando por una tercera vía, al tiempo que denuncia el imperialismo (empezando por el imperialismo franquista que, en su propaganda, se presenta a sí mismo como una alternativa a la invasión de otros imperialismos) y los sistemas de poder. Sin embargo Montalbán enmascara hábilmente sus tesis políticas bajo la adusta (y mucho más fiable) apariencia del informe académico. Informe sobre la información no es exactamente un ensayo sobre teoría de la comunicación ni un artefacto metalingüístico. No hay en él la mirada del sociólogo o del semiólogo, sino más bien la del intelectual voluntariamente disperso y polivalente, que no renuncia a su función de observar críticamente el mundo. La maniobra de ocultación de las verdaderas intenciones es ante todo una gran ironía. La presunta objetividad del formato (más o menos) académico se convierte en el arma ideal para coger desprevenido al lector e invitarlo a pensar sin apriorismos -más tarde el propio Montalbán, en Manifiesto subnormal, cuestionará la labor del escritor como crítico cultural con permiso para «contemplar el culo de la vieja dama» [2]-. Algo parecido sucede con los dos Informes generales de Pere Portabella, que almacenan un fuerte contenido político bajo un aspecto de objetividad documental. Superando la voluntad descriptiva, ambas obras osan husmear más allá de los medios de comunicación convencionales, para incitar al espectador a una reflexión que, al hilo de los postulados de la Modernidad, contiene una voluntad transformadora.

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El arte del remake

En su análisis de Cuadecuc Vampir (1970), publicado en la revista El rapto de Europa, Adrián Sánchez describe esta película como un remake instantáneo de El conde Drácula (1970) de Jesús Franco, que confirma que «en todas las películas hay otras: ocultas, en potencia» [3]. Siguiendo este mismo razonamiento, podríamos decir que el primer Informe general es un remake instantáneo de Informe semanal, el programa de reportajes por excelencia de la televisión del tardofranquismo y la denominada transición; o incluso, me atrevería a decir, un remake de la propia realidad que aspira a representar. Portabella opera con el documental informativo de un modo parecido al que lo hace con la ficción, confiando en el poder de las imágenes de restitución de la realidad. Su técnica es, pues, la apropiación, la suplantación y también el collage, la combinatoria, el encabalgamiento «dialéctico» de imágenes en apariencia inconexas. Su estrategia es fingir ser un mero «realizador» (así es como firma la primera entrega) en lugar de un «director-autor». Quizá por eso utiliza músicas (de Carles Santos) que, irónicamente, evocan las estructuras repetitivas de los noticiarios; o recolecta imágenes, propias y ajenas, en orden teóricamente disperso, sin aparente puesta en escena, de transparencia casi documental. Sin embargo, poco a poco, las músicas se vuelven más oscuras y dramáticas, disociándose cada vez más con las imágenes, alentando una sensación de extrañamiento, de distanciamiento casi brechtiano. En un momento clave, pese a que en la imagen inicial hemos visto la tumba de Francisco Franco en el Valle de los Caídos, el hedor de la dictadura irrumpe de nuevo en la película de Portabella, mientras se apropia de Raza (1941) de José Luis Sáenz de Heredia. Irónicamente, la siguiente imagen será de una entrevista con Santiago Carrillo; lo que podríamos considerar una relectura gozosamente perversa de las posibilidades del efecto Kuleshov.

Como si fuera una grabación recuperada de una cápsula espacial, este primer Informe sorprende no solo por las inevitables relaciones con nuestro presente que convoca en la mente del espectador, sino también por su carácter de fresco de un instante cuya percepción será alterada por el paso del tiempo. Efectivamente, los años transcurridos desde su realización modifican inevitablemente la recepción del documento. Así, por ejemplo, la primera conversación mostrada en el filme arroja una imagen de un Felipe González joven que contrasta poderosamente con la de hoy. Sus palabras, escuchadas a la luz del presente, generan nuevos significados que ni el propio ex presidente ha podido calcular. Curiosamente, el papel que él juega en la primera entrega es tomado en la segunda por nuevos actores de los que González abomina con especial acritud en la actualidad. Y aunque todo esto no esté en la película, es de algún modo sugerido por la misma. El film es sobre todo una enorme obra en potencia, que genera en el espectador interminables prolongaciones mentales.

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Después de tantos años

Cuarenta años después del primer documento, Portabella retoma su voluntad de examinar la realidad española. En realidad, ambos filmes son, más que reflexiones históricas, una suerte de análisis clínico de un paciente con mala salud perpetua, pero que nunca termina de morirse del todo; una punción de un presente que ofrece información sobre unos instantes de la existencia de un país entero. Podría decirse que a Portabella le interesan, más que la historia, sus intersecciones. Por eso elige momentos «bisagra» de la misma, que forzosamente anuncian transformaciones, y nos informa de las esperanzas y las decepciones de algunos de sus protagonistas. Resulta sorprendente comprobar, más allá de las diferencias estéticas, la simetría en algunos de los temas tratados en ambas películas. En los dos Informes se expresa cierta desazón ante la posibilidad de que el cambio anunciado sea sólo un gesto lampedusiano (en el primero, José María Gil Robles anuncia que, para que el cambio sea verdadero, la dictadura debería destruirse a sí misma; algo que parece ciertamente difícil), de que nunca llegue a realizarse un verdadero proceso constituyente; y también el eterno conflicto entre la democracia directa y la representativa. Al mismo tiempo, asuntos como las cuestiones territoriales o el enfrentamiento entre la democracia y el capital permanecen todavía hoy como pendientes de examen.

Portabella subtitula la segunda entrega «El nuevo rapto de Europa», pero la respuesta de esta elección no se encuentra en la mitología griega, ni en la lectura de las metamorfosis de Ovidio o la contemplación del cuadro de Rembrandt. Portabella se refiere, claro está, a cómo las instituciones han sido hurtadas a la ciudadanía por parte de una clase política cleptómana. Para ello nos muestra una ronda de conversaciones en las que se revisa, con una mezcla de pesimismo y deseo de transformación, el desmantelamiento de los recursos públicos y del denominado estado del bienestar, la posibilidad del colapso energético, la banalización de los espacios públicos como el museo y la lucha por su recuperación como puntos de encuentro ciudadanos, o la movilización de distintos grupos sociales que reivindican una modificación de un statu quo en el que la democracia se subordina al poder financiero, entre otras cuestiones. Pero en estos cuarenta años, Portabella ha depurado todavía más su lenguaje. Las imágenes desprenden ahora una pureza más transparente, casi prístina. La predilección por el collage se muestra en una inicial sucesión de pantallas de algunos de los lugares que visitaremos a continuación, desde los museos al CSIC, pasando por las plazas de las principales ciudades. La combinación de entrevistas con fragmentos de material audiovisual periodístico arroja una suerte de polifonía que, sin necesidad de imágenes altisonantes, evoca de forma elocuente la idea del ágora griega. Este díptico es, pues, como el texto de Montalbán al que hacíamos alusión al principio, mucho más que un mero «informe». La voluntad de consignar con un rigor casi notarial cuanto nos está sucediendo es la elegante máscara que, con inteligencia, cubre este complejo ensayo, que ante todo invita a considerar nuestro propio futuro como una «obra abierta», que esta vez sí deberíamos escribir nosotros.

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Notas:

  1. Recogido en: Colmeiro, José F. Manuel Vázquez Montalbán: el compromiso con la memoria. Támesis Books, Suffolk (Reino Unido, 2007). 
  2. Ídem. 
  3. Sánchez, Adrián. Cuadecuc Vampir. El rapto de Europa, nº 25. Experimentación y vanguardia en el cine español. 
Publicado en Panorámica del número 49. Este artículo pertenece al grupo Panorámica Portabella.