1. Veredas

En la entrevista que acompaña a esta panorámica, Pedro Costa nos dice que no mantiene ningún tipo de relación con la historia del cine portugués porque, básicamente, no existe una verdadera historia con la que relacionarse. Solamente unos pocos cineastas que han aparecido en momentos muy puntuales, a rebufo de los grandes movimientos de la Gran Historia del Cine como, por ejemplo, sucedió con el llamado Novo Cinema portugués y la gran modernidad europea. Esta imposibilidad “histórica” de nuestros vecinos para reunir grandes movimientos perfectamente definidos dentro de su territorio, lejos de ser una catástrofe ha propiciado, finalmente, uno de los panoramas cinematográficos más fructíferos y respetados del momento. Como apuntan Fran Benavente y Glòria Salvadó en Derivas del cine europeo contemporáneo (editado por Domènec Font y Carlos Losilla, Valencia: Ediciones de la Filmoteca, 2007), “El cine portugués ha adquirido una relevancia especial en el entorno europeo, ocupa eventualmente posiciones de vanguardia estética y muestra con frecuencia nuevos caminos en las formas cinematográficas, aun cuando generalmente lo haga abundando desde una propuesta de estilos radicales que, obviamente, encuentra el entusiasmo del cinéfilo y se topa con la indiferencia de distribuidores, exhibidores y gran público.”

En esos estilos radicales se fragua el éxito de una apuesta “común” que no debe ser considerada como tal, ya que en ningún cineasta de las diferentes generaciones que alimentan el contexto se aprecia un impulso que pretenda orquestar un movimiento sobre el que se definan una serie de coordenadas identitarias y, mucho menos, el de acuñar una etiqueta comercial. Solamente el de cultivar una “radicalidad” que debe ser entendida como un estilo personal que, en cualquiera de sus protagonistas, intenta alejarse de la influencia mutua y la homogeneidad. ¿Qué pueden tener en común Manoel de Oliveria, Teresa Villaverde o João Canijo? Pese a todo, que son portugueses, y que, trabajando desde la más absoluta independencia y sin mirar de refilón a sus compatriotas, han conseguido referenciar geográficamente unas películas dentro de un mundo globalizado de imágenes mutables, imágenes que transitan por lugares físicos impersonales sobre los que se define la estética del no-lugar.

Tratando de tomar prestado ese espíritu “portugués”, articulamos esta panorámica desde una heterogeneidad de puntos de vista que en ningún caso pretenden trazar un vector unitario. Más bien topografiar el vasto e interesantísimo territorio en que ha devenido la cinematografía portuguesa gracias a una serie de películas convertidas en poco menos que pequeños acontecimientos, que además han logrado conformar una especie de mapa imaginario erigido como referente encarnado dentro de la deriva del cine, a nivel global, más interesante del momento. Y decimos imaginario porque su fuerza no radica en los vínculos y conexiones que se pueden trazar entre cada uno de los elementos que lo conforman (incluyendo también aquí los autores que firman las obras), sino en la potencia y potencialidad de su predeterminada desconexión. En cada una de las rupturas insoslayables donde late fuertemente aquello que ha sido capaz de atraer tantas miradas, y que ha animado a unos cuantos redactores de Contrapicado a volcar sus impresiones sobre la pantalla. Leamos de qué se trata.

En primer lugar esbozamos un trasfondo histórico (que no historia) hasta la conocida fecha del 25 de abril de 1974, sobre el que pretendemos enclavar un punto de partida para las diferentes rutas que recorrerán cada uno de esos estilos personales, bajo diferentes puntos de vista no menos personales, en los que caben el ensayo subjetivo, el collage y la composición de fragmentos textuales. Porque sabemos de sobra quién es Manoel de Oliveria, pero no aquellos proyectos que dejó aparcados en su amplia trayectoria vital y profesional, y que resuenan todavía en algunas de sus películas más conocidas. Porque leemos habitualmente la influencia que tiene João César Monterio en infinitud de jóvenes cineastas (no solo portugueses), pero seguíamos sin conocer las constantes que adornan su arte. Porque Pedro Costa hace mucho tiempo que abandonó la esfera invisibilidad, y su obra comenzó a pensarse de nuevo gracias a filósofos como Jacques Rancière. Porque ha llegado el momento de conocer en profundidad a una de las cineastas más citadas en los círculos más cinéfilos como Teresa Villaverde, y de presentar públicamente a un desconocido como João Canijo. Y así hasta llegar, de autor en autor, a lo más parecido a un movimiento “autóctono” que ha tenido Portugal a lo largo de su historia. Aunque realmente João Nicolau, Miguel Gomes o João Pedro Rodrigues solo sean algunos nombres del denominado (por la crítica) Nuevo cine portugués surgido alrededor del año 2000, de los que se habla como un conjunto aunque, como ocurre en las generaciones que les preceden, en ellos no se aprecia un verdadero impulso por materializar un movimiento común.

En este recorrido no olvidamos ni rechazamos la crítica en el sentido teórico más estricto del término (y en ocasiones más heterodoxo en la práctica) para acercarnos a las verdaderas protagonistas; a esas películas olvidadas, de las que se había dejado escrito poco o nada, junto aquellas otras de las que todavía queda mucho (y quedará siempre) mucho por decir. Por lo tanto, leamos de qué se trata.

Desde Contrapicado queremos dar las gracias a Alexis Masdeu, Jose Begega, Institut Francès de Barcelona y Arts Santa Mònica por todas las facilidades ofrecidas para la realización de la entrevista a Pedro Costa en el marco de las Jornadas filosóficas "La indisciplina del pensament" celebradas en Barcelona durante el 12 y 13 de mayo de 2011. También a las distribuidoras portuguesas "Zon Lusomundo", y "Midas Filmes" por habernos cedido gustosamente todas las películas de João Canijo de las que disponen en su catálogo.

Publicado en Panorámica del número 41. Este artículo pertenece al grupo Cine Portugués Contemporáneo.