1. Día a D’A

Lo bueno y lo malo de eventos como el Festival Internacional de Cinema D’Autor de Barcelona es que gran parte de las películas presentadas no son estrenos y sus secciones funcionan más a modo de recopilación o resumen del panorama de festivales que como zona de revelaciones propiamente dichas. Esto es malo porque el festival no suele poder colgarse la medalla de descubridor oficial, pero más allá de las ansias infantiles por llegar antes que nadie a los sitios (tanto por parte de programadores como de críticos), lo cierto es que la carrera del D’A se define, positivamente, por mucho más que el photo finish. Hablamos de un festival que traza un amplio (y consecuente) panorama de tendencias del cine contemporáneo, por parte tanto de autores más o menos consolidados como de otros recién llegados, y que lo hace con calma y sin prisas. Digamos que más que pisar América por primera vez lo que el D’A quiere hacer es descubrir la existencia –y posibles recetas– de las patatas.

Otra de sus grandes bazas es el especial hincapié que hace a la hora de seleccionar producciones españolas que se mueven en territorios fronterizos, tanto respecto a sus mecanismos narrativos como a sus sistemas de producción –el debate sobre si podemos catalogar estas obras, cada vez más numerosas, como “minoritarias” lo dejamos para otro día–. Un par de retrospectivas (en esta ocasión Alain Resnais y Bertrand Bonello) así como unas apasionantes jornadas profesionales sobre nuevas estrategias de marketing de cine independiente y otras sobre crítica de cine completaron la edición de 2015, una que será recordada en parte por una cabecera hipnótica que nos mostraba un parque de atracciones y sus visitantes pero nos privaba del ticket que permitía montarse en las ferias; seguramente porque ya lo teníamos en nuestro bolsillo a modo de entrada de cine.

DÍA CERO

Para los asiduos a festivales de cine, el D’A presenta una parrilla de lo más amable ya que permite descartar todo aquello visionado en otros lugares y poder abordar la tarea de encajar pases y horarios con menos tensión de la habitual. Eso mismo me ocurrió con películas como Eden (Mia Hansen-Løve), Catch Me Daddy (Daniel Wolfe) o La chambre bleue (Mathieu Amalric), que ya habían pasado por Donosti. De las mismas quizás la más memorable sea la primera, un recorrido en elipsis por la escena de música electrónica francesa (y, sobre todo, por sus protagonistas) que tuvo a bien cerrar esta edición del D’A en lo que seguro fue una previa inmejorable para la posterior fiesta de clausura. La película de Hansen-Løve es dura respecto a las consecuencias del auge en las pistas, pero ello no implica necesariamente que a uno se le pasen las ganas de bailar tras acabar de verla. Sobre las otras dos películas, resulta cuando menos curioso que dos obras que apuestan tanto por lo esteta obtengan resultados tan diversos: mientras la de Amalric goza de un ritmo y una métrica condensada en 76 precisos y preciosos minutos, la de Wolfe se expande desde un centro difuso hacia una nada que perfectamente podría ser otra.

Taller Capuchoc (Carlo Padial), Under the Skin (Jonathan Glazer), Young Ones (Jake Paltrow) y The Duke of Burgundy (Peter Strickland) fueron algunos de los títulos que repetían proyección en Catalunya tras su paso por el último Festival de Sitges y que, excepto en el caso de la (correcta pero inodora) película de Paltrow, resultan fascinantes. Mucho se ha hablado ya del recorrido por el cuerpo humano (y por el de la actriz) que realiza Glazer pero parece que no lo suficiente como para impulsar un estreno en salas de la película –una de las mejores de 2014–. Under the Skin es tan terrorífica como melancólica; tan corpórea como abstracta –si es que esa comparación tiene algún sentido–. A un concepto brillante y un tanto delirante (un –¿una? – extraterrestre conquista a incautos terrícolas y los envía como comida a su planeta) se le une una dirección inagotable en ideas y propuestas de puesta en escena. Por ejemplo, al que esto escribe se le ocurren pocas muestras recientes donde el departamento de efectos especiales haya desarrollado un trabajo tan espectacular, exacto y consecuente como el que aparece en la película. El placer de intuir el cine como un trabajo en equipo marcado por un guía insobornable es tan sólo uno de los placeres que proporciona su visionado.

Searching for Meritxell (Burnin' Percebes), que pudo verse en el Festival Low Cost de Barcelona, o El incendio (Juan Schnitman) y Sueñan los androides (Ion de Sosa), que pasaron por Berlín, son otros ejemplos de ese cine ya visto que también tuvo lugar en el D’A. En este caso hablamos de tres películas pequeñas, tal vez con más valor como concepto que como desarrollo propiamente dicho. Los tres casos plantean varias preguntas: en Searching for Meritxell se apuesta por un posthumor que si bien es totalmente hijo de su tiempo, me hace cuestionar si internet es realmente el sitio indicado para concebir determinado tipo de propuestas narrativas. Como un meme, la propuesta caduca en el momento mismo en que nace y la supuesta innovación proviene de un exceso de autocomplacencia feísta pretendidamente marginal pero en realidad totalmente integrada en el sistema. ¿Puede una obra realmente incomodar cuando lo que persigue es una serie de megustas cómplices? En El incendio la apuesta es más “clásica”: pasar 24 horas con una pareja y asistir con ellos a un proceso extremo de construcción/destrucción. La película, ganadora del Premio de la Crítica de esta edición del D’A, tiene varios apuntes interesantes (entre ellos el hecho de que el Macguffin sea algo tan prosaico como el dinero para comprar un piso) pero se circunscribe en esa fórmula de cine encerrado en pocos personajes y escenarios donde la explosión del clímax se divisa desde el primer acto. La película funciona y tiene sus méritos, pero todos los elementos están tan perfectamente controlados que cuando la bomba estalla, uno ha saboreado tantos mecanismos de contención que la misma acaba por no hacer mucho ruido o, al menos, no más del esperado. ¿Resulta procedente crear tensión potenciando que los personajes intenten en todo momento cortar el cable rojo para hacer que todo salte por los aires? En el caso de Sueñan los androides el problema viene de la fascinación por una gran idea: situar una versión del relato de Philip K. Dick en Benidorm. El escenario funciona a varios niveles (estéticos, por supuesto, pero también respecto al subtexto proporcionado por esa ciudad fantasma) pero se queda allí estancado sin saber hacia dónde avanzar. ¿Basta con la inclusión de imágenes sugerentes para que una película lo sea?

Estas tres películas tienen signos diferenciales y seductores pero me da la sensación de que el embeleso por sus respectivas propuestas impide que vuelen o respiren y finalmente opten por un cierre en sí mismas que les acaba viniendo a la contra. Todo lo contrario, por otro lado, que dos de las películas mencionadas anteriormente: Taller Capuchoc y The Duke of Burgundy también apuestan por la fórmula y la consciencia inquebrantable a la hora de cumplir con las normas autoimpuestas, pero en estos casos da la sensación de que los directores se han ido encontrando con la película tanto en la preproducción como mientras la rodaban y montaban. Supongo que al final lo realmente marginal es eso: plantar la semilla y regar la planta pero dejar que ésta crezca en parte hacia donde quiera.

DÍA 1

La encargada de inaugurar el D’A fue el Saint Laurent de Bertrand Bonello. Reconozco que, a priori, el biopic es tal vez el género cinematográfico que más pereza me genera. El auge y caída en cine (tanto profesional como personal) suelen pecar de una pesada estructura de guión repleta de lugares comunes por mucho que lo retratado en pantalla pretenda cierta originalidad. El esqueleto del biopic, pues, suele pecar de convencional, y teniendo en cuenta que la película de Bonello persigue a un personaje real que ascendió a la par que decaía lo cierto es que me temía lo peor en ese sentido. Saint Laurent supera mis prejuicios vistiendo a ese cuerpo con detalles contundentes aparentemente superficiales. Un ejemplo: aunque el personaje de Yves Saint Laurent está lejos de ser un santo, la única secuencia en que en realidad atisbamos su lado elitista y egoísta es aquella en que una de las trabajadoras le pide dinero entre lágrimas para poner fin a un embarazo no deseado. Él, amablemente, le dará la cantidad necesaria así como algunos días de vacaciones para que marche a abortar, pero una vez ella salga de plano veremos cómo se encarga de despedirla sin perder esa sonrisa congelada que tan bien se encarga de reflejar el rostro de Gaspard Ulliel. No habrá más situaciones en las que Saint Laurent se descubra el rostro de la misma manera, pero tampoco harán falta. Del mismo modo en que quitarle las mangas a un vestido transforma la tela en algo radicalmente distinto, Bonello se centra en describir a su personaje principal a través de sus cortes y abalorios. En este sentido, cuando en la última parte del filme aparece un Saint Laurent interpretado por la figura momificada de Helmut Berger (entrecortado junto al clímax de su último gran desfile), comprobamos que los peligros de la estructura del biopic convencional se han sorteado porque la historia que se cuenta es más la de un fantasma que sobrevuela las incógnitas de su propia vida que la de un director intentando acercarse a una figura a través de claves vitales sacadas de Wikipedia. Por si eso fuera poco, Saint Laurent tiene una de las mejores interpretaciones perrunas que yo haya visto en años. Fuera de bromas: sólo por el perro ya merece la pena acercarse a la película. Nunca una Palme Dog hubiese sido más merecida.

DÍA 2

Der Geldkomplex (El complejo del dinero) de Juan Rodrigáñez fue una de las películas más esperadas de la sección Talents tras su paso por el Festival de Berlín. La película, adaptación de la novela de Franziska von Reventlow, es una de esas propuestas que se tienden a defender/criticar diciendo que “o entras o no entras”. Lo cierto es que, en mi caso, entré mucho en lo absurdo de la obra. Un pequeño ejemplo: cuando uno de los protagonistas se escapa de la casa donde se reúnen todos los personajes y deja una postal con un mensaje de despedida, la voz en off encargada de leerla se mantendrá en plano durante varios minutos como si lo escrito fuese una carta de varias páginas. El espectador sabe que aquello que está viendo y escuchando no tiene ningún sentido (la postal recoge como mucho cuatro o cinco líneas) y eso hace que toda la secuencia quede bañada de un chiste más o menos oculto ciertamente hilarante. Así, la película repite mecanismos igualmente resultones a lo largo de su metraje pero también es cierto que varios de esos procedimientos acaban siendo un tanto contradictorios: ¿Por qué introducir un número musical que no tiene nada que ver con el resto del tono sembrado? ¿Por qué partir de un prólogo y una premisa que acaba por quedar sin explotar ni concretarse? No creo tanto que la película rompa sus reglas internas de narración como que es una película que no las tiene y es ahí donde se encuentran tanto sus triunfos como sus fracasos. En este sentido, El complejo del dinero es desigual pero, en cualquier caso, es divertidísima.

La segunda película que pude ver en este segundo día de festival fue Güeros de Alonso Ruiz Palacios. Güeros tiene un par de destellos plenamente autoconscientes (especialmente esa secuencia en que uno de los protagonistas carga contra el cine mejicano independiente y marginal rodado en blanco y negro; es decir, contra la propia película) pero esas pequeñas puntillas de cinismo no definen para nada el espíritu de la misma. Güeros es una obra absolutamente esteta a lo Xavier Dolan sólo que en esta ocasión sí se cuenta con un criterio a la hora de seleccionar y sacrificar ideas visuales y sonoras. La película a veces opta por una serie de decisiones muy infantiles pero la construcción de la trama y de los personajes resulta tan honesta que uno no puede sino cogerle mucho cariño a todos los involucrados. En manos de otro director un beso congelado en medio de una manifestación podría haber resultado ridículo, pero aquí todas las fases del viaje resultan emocionantes y, en cierto modo, puras. No se puede pedir mucho más que eso.

DÍA 3

La tercera jornada de festival tuve que irme de Barcelona y no pude disfrutar de ninguna de las propuestas que el D’A ofrecía aunque igualmente fue un gran día. Comí muchas cosas ricas, llovió un montón y me perdí en un bosque maravilloso como bien demuestra esta foto en la que me encuentro esperando a que llegue el gatobús para que me lleve de vuelta a casa.

DÍA 4

He aquí un ejemplo totalmente contrario a los procedimientos de emoción que emplean películas como Güeros pero, aun así, igualmente emocionante. La Sapienza de Eugène Green contiene diálogos tan exageradamente eruditos que acaban por resultar casi hasta robóticos. Todos los personajes, desde el arquitecto protagonista al adolescente estudiante que le acompaña en su viaje, hablan y se comportan de una manera tan culta y civilizada que resultan irreconocibles respecto a su factor humano. La cámara, sobria y elegante, es uno más de ellos y aunque las emociones están presentes –por supuesto– el sobreanálisis que llevan a cabo los personajes y el director (que también tiene un pequeño papel) impide a priori sentirlas desde cerca. Aun así, la propuesta es tan contundente y consecuente que ese plano general acaba sirviendo para acercarnos a sus heridas, comprenderlos y empatizar con ellos. De algún modo da la sensación de que los referentes de Green pertenecen más a la literatura, la arquitectura y otras artes que al propio cine, y eso supone un soplo de aire fresco fascinante. A la salida del cine llovía pero tras la película ya se sentía la llegada del verano.

DÍA 5

El quinto día de festival fue también el de un encuentro inesperado entre dos propuestas del cine de superhéroes. Por un lado, acudí al pase de prensa de Vengadores: La era de Ultrón (The Avengers: Age Of Ultron) de Joss Whedon y, por otro, terminé la jornada asistiendo al Vincent n’a pas d’écailles de Thomas Salvador. Si bien es cierto que la película de Whedon no formaba parte de la programación del D’A, la secuela de Los vengadores (The Avengers, Joss Whedon, 2012) no puede ser mejor ejemplo de la lucha interna que se desarrolla en todo filme entre el imán y la fuerza del autor con/tra el resto de elementos que rodean su producción. Whedon demuestra en este caso todo lo que ya hizo con Buffy, cazavampiros (Buffy the Vampire Slayer, 1997-2003): que los héroes y los monstruos no dejan de tener una identidad similar y que lo único que realmente ambos quieren es ser domesticados por lo que entienden como una vida normal. La película peca de esa necesidad de guiño y expansión propia de una máquina apisonadora como es Disney/Marvel, pero ello no impide que sea un producto absolutamente personal. Algo así ocurre en Vincent n’a pas d’écailles, donde una especie de Aquaman de provincias (el mismo director y guionista) intenta pasar desapercibido ocultando unos superpoderes que no hacen más que causarle problemas. Lo que en Whedon es una multitask continua dentro de la viñeta digital, en Salvador (¡qué gran apellido para un creador de súper héroes!) es un primer plano donde los efectos visuales son siempre detalles que anclan al personaje a la realidad. En ambos ejemplos se retrata la lucha del héroe contra sí mismo, y aunque las formas puedan parecer muy distintas (la grandilocuencia frente al minimalismo) se puede decir que ambas son dos caras de la misma moneda. La casualidad quiso que los programadores y agentes de prensa montaran un programa doble perfecto en el mismo día.

DÍA 6

El sexto día de festival tuve que enfrentarme a la decisión de si asistir al pase de Las altas presiones de Ángel Santos y Corn Island de George Ovashvili o si abandonar temporalmente el D’A para ir a los cines Phenomena al único pase de una película (que no había visto) en unas condiciones de proyección inmejorables. Finalmente opté por esta última opción, y pese a la pena de haberme perdido dos películas de las que mucha gente de la que me fío hablaba maravillas, creo que no pude escoger mejor. La puerta del cielo (Heaven’s Gate, 1980) de Michael Cimino es una obra maestra. Podríamos hablar horas de los incontables misterios y colosales aciertos de la misma, pero me limitaré a comentar uno sólo: el trabajo de fotografía de Vilmos Zsigmond, en mi opinión uno de los mejores trabajos de profundidad de campo y enmarcamiento de la historia. Un trabajo en real 3D sin necesidad de gafas. Este pase del 29 de abril de 2015 quedará sin duda como uno de mis grandes acontecimientos cinéfilos del año.

DÍA 7

¿Puede uno admirar el hecho de que una película sea claramente audaz pero aun así considerar esa valentía como un elemento a todas luces insuficiente? Crumbs de Miguel Llansó es, desde luego, una obra insólita tanto por su perspectiva de ciencia ficción low cost como por su casting y escenarios. Pocas veces se ha visto algo similar en el cine español (un madrileño que rueda en Etiopía con un protagonista enano que va en busca de un Papá Noel malvado en un mundo apocalíptico) y sólo por eso podría decirse que la película merece la pena, pero lo cierto es que más allá de partir de una buena premisa en todos los departamentos (técnicos y artísticos), Crumbs es un buen chiste repetido continuamente. Es decir: Crumbs es un chiste sin gracia. El uso de iconos pop como moneda de cambio y como elementos definitorios de un futuro (y un pasado) al que sólo han conseguido llegar unos pocos funciona como gag pero según la película avanza queda claro que es el todo. No hay más. Sí que he de reconocer que el público asistente a la proyección rió y aplaudió con ganas, así que tal vez sea yo el que esté equivocado. También es verdad que un festival de cine desgraciadamente suele funcionar como casting de plañideros con lo que las reacciones extremas en la sala nunca suelen generar una confianza excesiva… En cualquier caso Crumbs hay que verla para creerla, cosa que siempre es buena.

DÍA 8

¿Cómo aproximarse a una película como The Forbidden Room de Guy Maddin & Evan Johnson? The Forbidden Room son mil películas en una pero nunca deja de ser una sola. Un juego de muñecas rusas (perdón por el tópico) de diferentes estilos y personajes y que sucede como mínimo a la velocidad de la luz. Un derroche de ideas, buenas y malas, que se apuntan pero no se desarrollan porque lo que parece que quieren los directores es más señalar que excavar. A mí el experimento me resulta absolutamente mágico, pero entiendo que el hechizo no ejerza el mismo tipo de encanto con todo el mundo. Estamos hablando de una película en que los títulos de crédito nunca dejan de aparecer en pantalla porque nunca dejan de aparecer nuevos personajes; de una película que transcurre en un submarino, en un bosque, en una cueva y, sobre todo, en un spot que nos enseña las bondades de las bañeras. The Forbidden Room es una locura majestuosa y seguramente una de las mejores películas que pasaron por el D’A. The Forbidden Room es un festival en sí misma.

No se puede decir lo mismo de la segunda película del día. Queen of Earth de Alex Ross Perry venía precedida de buenos comentarios tras su estreno en el último Festival de Berlín y lo cierto es que es una peli apreciable pero indolora. La película tiene un gran hallazgo y ese no es otro que su tema principal: ser un drama/thriller que habla de lo enfermizo de la dependencia hacia el otro, en este caso hacia los amigos. Al centrarse en la relación entre dos amigas de toda la vida por encima del drama con sus respectivas parejas (y progenitores), la película se marca un tanto en originalidad, un sobresaliente en el test de Bechdel y un acierto en punto de vista. El problema es que la trama deriva hacia el tópico, hacia las contradicciones a la hora de describir sus personajes y hacia un giro final que viene a explicitar que cuando no sabes cómo acabar una narración siempre queda la carta de las enfermedades mentales como panacea. La película, pues, se acaba perdiendo, pero queda, eso sí, una muestra de cómo Elisabeth Moss es una de las mejores actrices del momento independientemente del material al que se amolde. Su primer plano llorando bien vale un visionado.

DÍA 9

El penúltimo día de festival asistí a dos propuestas que no pueden resultar más diferentes en tono: Los exiliados románticos de Jonás Trueba se acerca al mundo adulto desde una cierta melancolía adolescente mientras que el P’tit Quinquin de Bruno Dumont se acerca al mundo infantil desde una perspectiva tan adulta como enferma. En el primer caso asistimos a varios de los rasgos de las dos películas anteriores de Trueba: secuencias magníficas que funcionan como entes independientes (en este caso especialmente dos: la cena en París y la cerveza en la terraza, siendo esta última absolutamente sublime) mezcladas con pasajes de transición que van no se sabe muy bien hacia dónde y diálogos cotidianos que exponen literalmente las tesis de cada personaje. Cuando salí del cine pensé que me hubiese encantado enfrentarme a Los exiliados románticos con 16 años ya que recoge perfectamente ese sentimiento de ir a la playa a medianoche a beber cervezas y tocar la guitarra. Más que un autor, Trueba es un filmautor, sea esto dicho con toda la intención de recordar la figura del cantautor. No lo digo como una pega ni mucho menos: resulta difícil ser tan poco cínico y, como espectador, es de agradecer asistir a las irregularidades de alguien enamorado del contar historias. En el caso de Bruno Dumont, el cinismo a la hora de plantear el tono está claro: pese a ser una comedia, P’tit Quinquin no puede resultar más perturbadora. Todos los personajes son consciente o inconscientemente despreciables, ineptos y egoístas. No ha habido otra película en todo el D’A más hilarante que ésta, pero es cierto que Dumont genera ataques de risa que acaban paralizados por un golpe seco. La perversión va de incógnito y ello genera algunos problemas morales. Por ejemplo: ¿Es lícito incluir a un personaje con retraso mental para únicamente generar ruido de fondo? P’tit Quinquin es interesantísima tanto por los límites que cruza como por cómo los cruza pero hay instantes en que los desvíos que toma llevan a un callejón sin salida y se niega a poner la marcha atrás. No seré yo quien se queje del paseo, pero es cierto que hay ocasiones en que mirar el mapa global tal vez hubiese ayudado a llegar más directamente al destino.

DÍA 10

Si en Queen of Earth el gran mérito era ser capaz de centrar su trama en un tema pocas veces visto, Les amigues de l’Àgata de Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius y Marta Verheyen hace todavía más hincapié en la misma ventaja. La película trata de qué ocurre con las amigas del colegio una vez empiezas la universidad y comienzas a encontrarte a gente nueva tal vez más afín a la persona en que te has convertido. Ni más ni menos. La película es el proyecto final de carrera de cuatro directoras de veintipocos de la Universitat Pompeu Fabra y eso se nota para bien: es imposible despegar lo retratado y la forma de retratarlo de una edad, género e intereses muy concretos. Aquí se trata de hablar de lo que se conoce y hacerlo de un modo en que las presencias detrás de la cámara se noten lo menos posible. La película, por supuesto, no es redonda y tiene algunos pequeños problemas (tanto técnicos como de concepción propiamente dicha) pero estos son fácilmente olvidables porque lo que consigue es algo mucho mayor: Les amigues de l’Àgata refleja una democratización de la cámara. Es totalmente hija de su tiempo: ya no se trata de imaginar una película sino de hacerla, de apasionarse por un proyecto, llevarlo a cabo y materializarlo con una mirada que sólo puede ser la tuya. A mí personalmente me resulta arrebatador pensar en todo el proceso, en las decisiones que han tenido que llevar a cabo las cuatro directoras para llegar a buen puerto (al que llegan). La película se llevó el Premio del Público del festival y tras el éxito que tuvieron sus pases ha conseguido distribución. Aunque sólo sea por eso (y no es sólo por eso), la existencia del D’A 2015 ya ha quedado justificada.

Publicado en Actualidad del número 48. Este artículo pertenece al grupo Festivales en Barcelona.