08. La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014)

 

Las dos orillas

La 62 edición del Festival de Cine de San Sebastián incluyó en su sección oficial las dos obras españolas más significativas de 2014. Ambas abrazaban sin reparos el género y mientras que Magical Girl (Carlos Vermut, 2014) giraba alrededor del cine negro situándose en sus aledaños, La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014) estaba ya totalmente inscrita en los códigos del noir funcionando como película-bisagra entre el thriller y el cine policíaco. En las dos obras el contexto histórico del argumento es capital, pero de algún modo era en la película de Alberto Rodríguez donde este resultaba más contundente. Del mismo modo que en Grupo 7 (2012), la anterior cinta del director, el sur de España se erigía en representante de los males que acechan épocas de supuesta bonanza y lo que en aquella era la España pre Expo y pre Olimpiadas, en La isla mínima se convertía en un país en pleno prólogo de la transición democrática.

En La isla mínima el género es directo y se atiene a las normas habituales: dos policías de caracteres y métodos opuestos investigan un caso que acabará llevándolos a verse reflejados el uno en el otro. La cámara construye unas set pieces prodigiosas donde no faltan varios sospechosos, persecuciones, violencia y máscaras tanto en la construcción de la historia como en sus protagonistas. Es decir: la película entiende y respeta las reglas del género y no pretende pervertirlas desde los márgenes sino desde el centro. En ese sentido, la película de Rodríguez busca la vuelta de tuerca y la realiza situando cómodamente al espectador en un lugar común para acabar destrozándolo de manera inesperada. En San Sebastián hubo una serie de voces críticas contra la cinta dando a entender que el director no había sabido conjugar dos tipos de película diferentes en una sola pero al que esto escribe eso le resulta precisamente lo más interesante de toda la propuesta: La isla mínima comienza como una investigación policial para poco a poco ir olvidándose del misterio y centrarse en los traumas de sus dos personajes principales. Al final, la resolución del misterio es rápida, indolora y hasta casi inconcluyente, pero ello no implica un no saber hacer, sino un no querer hacerlo.

Al dejar el desenlace en un plano general abierto, Rodríguez se puede permitir cerrar la película con un primer plano de lo que realmente le interesa: sus dos protagonistas como espejo de esas dos Españas condenadas a entenderse. El súbito cambio de tono impacta y desgarra la película en dos, pero es precisamente esa fuerza la que lleva a la película más allá del género. La isla mínima planta una bomba en el centro de su historia y, a partir de ahí, asistimos a las ruinas de lo que queda. La película queda herida, pero esto le permite una perspectiva insólita y fascinante desde la que observar las cicatrices.

A diferencia del trabajo de Carlos Vermut, la cinta de Alberto Rodríguez se inscribe plenamente en la industria: producida en parte por Antena 3 Films, de presupuesto considerable, gran triunfadora en los premios Goya, técnicamente ambiciosa e impecable, éxito de taquilla… La isla mínima no ofrece un contenido al uso pero sus formas, a priori, imitan y quieren imitar las del blockbuster. De algún modo se me antoja que es una película que junto a otros ejemplos como Celda 211 (Daniel Monzón, 2009) o No habrá paz para los malvados (Enrique Urbizu, 2011), marcan una tendencia impensable hasta hace unos años: la confirmación de que el cine español ya resulta creíble apropiándose de elementos alejados de lo cotidiano.

La pistola me resulta uno de los objetos que mejor manifiestan esta afirmación: mientras que el espectador español siempre ha estado plenamente acostumbrado a aceptar el artificio por parte de las películas extranjeras, nunca había acabado de aceptar que un actor español pudiese empuñar un arma y resultar verosímil. Esta tesis es, por supuesto, subjetiva y peliaguda (el género siempre ha sido un pilar básico del cine español) pero, sea como fuere, lo que está claro es que algunos de los mayores éxitos de los últimos años ya no tienen miedo de seguir modelos ajenos, aunque siempre acaben imbuyéndolos de referencias cotidianas y castizas que sirvan de brújula al espectador. En este sentido, La isla mínima no sólo contribuye a esa tradición de un cine de género glocal, sino que lo afianza. Se puede decir que en 2014 el cine español perdió definitivamente el miedo a mirar hacia fuera a través de una renovación que venía tanto de las formas como de los contenidos. Magical Girl y La isla mínima vienen a ser dos ejemplos perfectos de eso como también de los dos tipos de cine que actualmente conviven en España: el del prestigio festivalero y el del aplauso del público. Lo pequeño y lo grande como anclas en un cine español que, sin olvidarse nunca de su procedencia (y tal vez precisamente por ello), sabe que viven en un país que ha perdido la clase media.

Publicado en Panorámica del número 50. Este artículo pertenece al grupo Panorámica de cine español.