06. El futuro (Luis López Carrasco, 2013)

  

La fiesta terminó

       “Y ahora no, la fiesta terminó…
Ya no hay más que niebla entre tú y yo.
(…) No insistas más, la fiesta terminó…
Tú y yo ya no somos tú y yo”

(Juan Carlos Calderón)

Hubo un tiempo, a principios de la década de 1980, en el que España, superada una dictadura católico-militar de 40 años y un intento de golpe de Estado (también militar), se disponía a afrontar una nueva época. Una época en la que (parecía) se iban a curar todas las heridas de su traumática Historia reciente, y la maravillosa socialdemocracia, muy en boga en toda Europa, era la panacea que nos garantizaría un esperanzador porvenir. España era de clase media. Todos tendríamos los mismos derechos y libertades. Seríamos iguales. La democracia había llegado para quedarse. Los ancianos vivirían tranquilos el resto de sus vidas y los niños crecerían sin el ruido de las bombas. Los adultos tendrían trabajo. La juventud se lo pasaría bien. ¡España era una fiesta!

Esa fiesta, inaugurada simbólicamente en 1982 con la llegada del Partido Socialista al gobierno, en la que predominó el optimismo y la despreocupación, es la que nos sugiere Luis López Carrasco en El futuro. Los invitados: un grupo de jóvenes de entre 25 y 35 años, los niños del Baby Boom, los herederos del desarrollismo franquista, los llamados a construir y liderar una nueva sociedad española. El film husmea con premeditada nocturnidad las conversaciones privadas (o no) que tienen sus protagonistas en los diferentes rincones de la casa que alberga la fiesta, sobre temas aparentemente situacionistas y que, de puro desencanto y frustración, han devenido, con el paso de los años, en preocupaciones universales y a la vez cotidianas. De esta forma, los diálogos del film transcurren a lo largo de las diferentes secuencias, entre la improvisación “actoral” [1] y la conversación real, tratando temas como la consolidación de la Democracia, la represión policial, la precariedad laboral o la sexualidad.

Carrasco parece otorgarle a El Futuro un aspecto de found-footage, como si lo que estuviéramos viendo fuesen grabaciones olvidadas cazadas de manera furtiva o, en todo caso, de forma casual y espontánea. Así lo entiende, también, Ion de Sosa, al componer una fotografía llena de imperfecciones y que focaliza sus personajes en tres términos, utilizando para ello el gran angular, el plano abierto y el teleobjetivo. El gran acierto de Carrasco es “velarnos” las conversaciones que acontecen (haciéndolas prácticamente inaudibles) cubriéndolas con una banda sonora formada por grupos de La Movida (casi todos ellos tan olvidados como las promesas felipistas de cambio) que interpretan canciones cuya letra, entre nihilista y banal, a su vez, marca el contexto temático de la escena.

Si Basilio Martín Patino tiene sus Canciones para después de una guerra (1976), Luis López Carrasco compone sus “canciones para después de una Transición” bebiendo de documentales como el citado, pero también de La ciudad es nuestra (Calabuig y Cóndor, 1975), Numax presenta (Joaquim Jordà, 1980) o Después de… (Cecilia y Juan Bartolomé, 1980); y ubicándose en el más reciente cine español en el mismo plano autoral que cineastas con un claro compromiso político, como Mercedes Álvarez, Ramiro Ledo o Víctor Moreno. Así, desde “Homúnculo” de Ciudad Jardín a “Nuclear sí” de Aviador Dro, pasando por “Las reglas del juego” de Última emoción o “Franco tirador” de Flácidos Lunes, se marca el desarrollo argumental del film adscribiéndolo al contexto político-social, que se trata en dichas canciones, pero también en las conversaciones que transcurren en paralelo. El desarrollo narrativo, por tanto, avanza en forma de set-pieces inconclusas, que empiezan in media res con la conversación ya empezada y acaban abruptamente con un fogonazo como el que se produce cuando se acaba el rollo de película, cuando la última palabra aún no se ha pronunciado. Parece que el cineasta murciano nos niegue en todo momento el acomodo rítmico a su película, como si no nos permitiese intuir su estructura dramática, obligándonos en todo momento a contraponer sus imágenes con el momento actual. El anacronismo acaba por estallar cuando López Carrasco introduce, ya superado el ecuador del film, una serie de fotografías en las que se muestra a varios miembros de una familia franquista y católica entorno a la década de 1950. Lo entendemos enseguida: de aquellos barros, esos lodos… y después estos lodazales. Nada ha cambiado desde entonces.

El discurso de investidura de Felipe González como presidente de España, el 30 de noviembre de 1982, abre el film. Pero lo hace con la pantalla completamente en negro y nosotros solo escuchamos el audio. Como si sus palabras (aquellas promesas de cambio que nos traerían una España mejor) tuvieran el mismo valor que el vacío más absoluto. La película, por tanto, se muestra clara en sus premisas desde el primer momento: “el futuro” al que alude el título, es decir, nuestro presente, iba a ser negro, muy negro. Ese mismo negro es el que emerge, hacia el final de la película, en forma de círculos que “manchan” a los personajes que aparecen en sus fotogramas. De alguna manera el agujero negro los engulle, los hace desaparecer. Como el capitalismo a la clase media en España.

Por si nos quedaba alguna incógnita en la ecuación socio-política, la secuencia que cierra el film nos la despeja mostrándonos la elipsis temporal más desazonadora y a la vez certera con la que explicar la evolución económica del último medio siglo en España: una serie de edificios, bloques de ladrillo y hormigón, que van desde los años 50 hasta la actualidad. En las calles, el silencio más absoluto. Ni un alma. La sensación, la de esos festivos nacionales cuya noche anterior todo el mundo ha pasado de juerga hasta las tantas y a la mañana siguiente no recuerda nada. La fiesta terminó y solo queda la resaca. Eso ha acabado significando “el futuro”: un presente con resaca para nosotros, los desheredados de la Democracia.

[1] En realidad, se podría decir que hay pocos actores como tal en El futuro, pues la premisa de su director fue la de montar una fiesta de verdad, en la que sus amigos jugaran a ser ellos mismos pero en la España de 1982, respetando, por supuesto, el contexto histórico que se alude en el film.

Publicado en Panorámica del número 50. Este artículo pertenece al grupo Panorámica de cine español.