05. La leyenda del tiempo (Isaki Lacuesta, 2006)

El sueño va sobre el tiempo

El sueño va sobre el tiempo,
flotando como un velero,
flotando como un velero,
nadie puede abrir semillas
en el corazón del sueño,
en el corazón del sueño.

El sueño va sobre el tiempo
hundido hasta los cabellos,
hundido hasta los cabellos,
ayer y mañana comen
oscuras flores de duelo,
oscuras flores de duelo

La leyenda del Tiempo reúne varias leyendas en sí misma. Los versos de García Lorca, la voz de Camarón y, tal vez, la de la propia película, por su carácter fundamental de un género nacido con el siglo y del cual, junto a En construcción (J.L. Guerín, 2001), serían los pilares. Es un cine ambivalente, realista a la par que poético, elaborado e improvisado, artesanal y azaroso.

La obra de Lacuesta pivota en torno a la definición, o la creación, de la identidad, en primer lugar, y a la investigación de la memoria, en un segundo plano. Temas como la creación o la construcción de una narrativa que sustente a ambas, son otras constantes en su cine. Cravan vs Cravan (2002) y La noche que no acaba (2010) buceaban en la leyenda de unos personajes que se construyeron mezclando vida y espectáculo. Los condenados (2009), a semejanza de Borges y Bertolucci en La estrategia de la araña (Strategia del Ragno, 1970), escarbaba en las tumbas de un pasado que se ocultaba y reivindicaba a partes iguales, revelando puntos oscuros de la memoria colectiva e identidades escondidas. Els passos dobles (2011), tal vez su mejor obra, la más compleja al menos, desdoblaba un equipo de rodaje documental en un ficticio y a la vez real equipo que, tratando de rodar una cinta de aventuras en África, acaba rodando un western por la influencia occidental en la identidad africana. La propera pell (2016), su obra más comercial y dirigida a cuatro manos con Isa Campo, tocaba de nuevo el tema de la identidad y la memoria, en esta ocasión en forma de thriller.

La belleza de La leyenda del tiempo radica en la espontaneidad, en su capacidad de captar la naturalidad de sus intérpretes, de su entorno y sus emociones. También por su poesía visual, como hiciera en Sinergias: Diálogos entre Naomi Kawase e Isaki Lacuesta (2009). Esta doble historia de personajes desvalidos se ambienta en San Fernando, ciudad natal de Camarón de la Isla, y tiene al propio entorno como un personaje más y a Camarón como una presencia que preside toda la historia. Lacuesta sigue, en primer lugar, a Israel, un gitanillo huérfano que con(mal)vive con su hermano mayor, Cheito, y que ha dejado de cantar porque ya no ve sentido a hacerlo tras la muerte del padre. En una mezcla de documental y ficción veremos las conversaciones que Israel mantiene con su hermano mayor, sus entrevistas con un trabajador social, sus charlas con amigos o conocidos, casi siempre adultos, y sus intentos de establecer una relación con Saray. La mirada limpia de Israel, entre la timidez y el arrojo, entre la niñez y la edad adulta, es captada con cuidado y con cariño por Lacuesta. Los torpes esfuerzos de Cheito para evitar que se vuelva agresivo o adicto son también recogidos con respeto. En torno a ambos, una familia humilde en una zona de barracas, salinas, marismas, tatuajes, porros y pescadores enriquecen un paisaje vital que se siente palpable. Joji es el errante pescador japonés, cocinero “chino” a tiempo parcial, que permite enlazar la historia de Israel con la de Makiko, en la segunda mitad de la película. En ella seguiremos a una enfermera japonesa que, incapaz de contemplar la decadencia y agonía de su padre, viaja tras los pasos de Camarón para aprender a cantar como él. Menos poética que la primera, sentida por el espectador como más artificial pese a trabajar también con personajes reales, el itinerario de Makiko es tan doloroso como el de Israel y refleja la misma pérdida, el mismo dolor soterrado en el alma. Israel es un náufrago en la isla de Camarón y Makiko naufraga voluntariamente en la misma playa buscando alivio. El primero ha renunciado a cantar para no sentir dolor, la segunda trata de hacerlo para expulsarlo. Con un castellano insuficiente y ejerciendo, como Joji, una identidad, una nacionalidad impuesta, como camarera china en un país extraño, Makiko conoce a los amigos de Camarón pero ni toda su voluntad y esfuerzo le permitirán transformarse en un cantaor. Comprenderá, finalmente, que su deseo, frustrado un tiempo por la presencia del padre, deja de tener sentido a la muerte de éste.

El tiempo coloca a cada uno en su lugar. O, dicho de modo más poético en los versos de Lorca y la voz de Camarón, el tiempo revela los sueños, los duelos y las semillas que pueden crecer cuando aquellos desaparecen. El tiempo, reflejado en la marea que sube y baja, en las imágenes de revolucionarios hace tiempo fusilados, en el pajarillo que simbólicamente renace bajo la hojarasca o en las nubes que se desperezan por encima de nuestra realidad, marca nuestras vidas y, en cierto modo, acaba por hacernos leyenda.

Publicado en Panorámica del número 50. Este artículo pertenece al grupo Panorámica de cine español.