03. Honor de cavalleria (Albert Serra, 2006)

La caída de las grandes figuras también deriva en ruina

Un Don Quijote viejo, cochambroso, que apenas puede avanzar ante el viento que le embiste durante planos perfectamente dilatados en su interacción con la naturaleza. Un escudero que ocupa demasiado espacio que pasa olímpicamente de los soliloquios delirantes de su señor. Aquí no hay nada de locuras románticas ni de luchas por ideales, tan solo un hombre que, como todo humano, termina por ceder ante el envite del tiempo, que acaba por caer. Esta es la figura que decidió mostrarnos Albert Serra en esa declaración de intenciones que es Honor de cavalleria, obra imprescindible que supone el primer acercamiento que el director catalán tuvo en torno a grandes figuras de la Historia, algo que todavía llega hasta hoy con La muerte de Luis XIV (Francia, 2016), su última obra. En 2006 le tocó el turno al hidalgo Don Quijote, personaje que logra lo insólito manteniendo unida a toda una nación atada por las cuerdas de la admiración y del culto a lo que representa, especialmente en aquellos tiempos en los que el desencantamiento del mundo nos impide soñar. Pero Serra despoja al personaje cervantino de toda prenda que posea cualquier ápice de utopía y de sentido, dejándolo desnudo en su soledad, empujándonos a ver la crudeza de la corrupción de los cuerpos y del pensamiento, si reconocemos que el cerebro también es materia y que lo que de él deriva muere con él. Serra dispone todo su saber hacer formal y toda su sincera intuición para llevarnos a comprender que no hay unidades abstractas que permanezcan inmóviles y fijas, sino que todo es materia cambiante, que todo deviene y se transforma. Es así que en Honor de cavalleria el Quijote no sigue un camino establecido que busque alcanzar una meta que le espera inalterable, sino que vaga, deambula perdido por los campos aguardando a la muerte, rogándole a Sancho que le muestre el camino y que crea en un Dios en el que él ya no tiene fe. Mientras tanto espera entreteniéndose con placeres comunes, nadando, puteando a su criado, mirando el horizonte que sabe que nunca alcanzará. Y es este proceso de decadencia que aquí sufre el Quijote el que tanto le interesa al director de Banyoles. Una decadencia que no se corresponde con la caída natural de todo hombre, sino con el ocaso de los personajes que alcanzan la más absoluta grandeza, bien sea porque la sociedad los eleva por encima de sí al idealizarlos (El Quijote, Los Reyes Magos), ya sea porque ellos mismos se imponen a ella por su propia autoridad (Luis XIV), y que terminan por caer con una fuerza estrepitosa, dejando una superficie plagada de ruinas. Albert Serra sabe buscar y encuentra un hueco perfecto para ese choque de opuestos, produciendo en este caso concreto el impacto que se deriva del contraste entre la representación mental que del hidalgo se tiene y la muestra final de sus pobres e insignificantes ruinas.

Se suele tachar el cine de Serra como una obra intelectual y al alcance de unos pocos elegidos. Pero, ¿quién es capaz de pensar semejante estupidez? El cine de Serra en general, y Honor de cavalleria en particular, se caracterizan precisamente por una simplicidad y por una sencillez que lo hacen de todos y para todos. No hay en esta película un discurso encriptado que haya que descifrar, ni tampoco una idea que haya que apresar mediante juegos imposibles de la razón. En Honor de cavalleria tan solo hay elementos que requieren única y exclusivamente de la capacidad de contemplación. En otras palabras, se trata de una película que no planea en una dimensión que no se ve afectada por la realidad inmediata de los sentidos, sino que, muy al contrario, se centra con mesura y paciencia en el plano físico, alargando sus tomas lo suficiente para que uno pierda el miedo a lo que se encuentra más allá de las cuatro paredes de la sala y termine por fundirse mediante la experiencia en lo que acontece ante sus sentidos.

Publicado en Panorámica del número 50. Este artículo pertenece al grupo Panorámica de cine español.