01. La piel que habito (Pedro Almodovar, 2011)

¿Y si lo más sencillo fuese convivir?

El cine de Almodóvar está lleno de venganzas, algunas tan retorcidas como las de Park Chan-Wook. Y de traumas a medio superar. Y de pulsiones que necesitan de una víctima, sumisa o demasiado proactiva. Del espectador depende determinar si el resultado cae del lado de lo excelso o de lo ridículo.

La etapa fundamental en la obra de Pedro Almodóvar es la que abarca desde Todo sobre mi madre (1999) hasta esta La Piel que habito de 2011. También fue la época de los premios y del reconocimiento definitivo, hallando un equilibrio perfecto entre denominación de origen y afán universalista. Entre autoría y comercialidad. Entre la radicalidad de antaño y un nuevo aliento poético.

Transgénesis, bioética, cadáveres carbonizados y hasta una vaginoplastia. Podría haber sido un giallo ideal o una aportación definitiva a la temática del científico obnubilado por la ambición y el odio. Pero no, es tan solo la historia de amor de un pobre diablo con pánico a que lo abandonen. Una vez más.

¿Un cirujano tentado por el lado oscuro o un galeno genial? ¿Obsesión o perversión? La vida del muy brillante y muy perjudicado doctor Robert Ledgard está marcada por la tragedia o, quizás, por su mayúscula incomprensión del género femenino. Una mujer que le engañó y una hija que también se fue antes de tiempo, incapaz de superar su fobia social y… un suceso traumático que marcará el sino de su progenitor. Pero eso sólo lo sabremos a los tres cuartos de hora de lujuria mal entendida, merced a un flashback que nos retrotraerá seis años en el tiempo.

En El coleccionista (William Wyler, 1965), un depredador encerraba a su penúltima mariposa entre cuatro paredes por el mero placer de verla consumirse. Almodóvar lleva mucho más allá aquella situación de partida: ¿qué hubiese pasado de poderse mantener la relación en el tiempo? ¿Qué grado de identificación hubiese podido llegar a tener el verdugo con la víctima?

En La piel que habito hay momentos bufos (la aparición atigresada del hijo pródigo), el rollo arty que tanto irrita a algunos (referencias directas a sus lecturas recientes, obsesiones pictóricas, símiles de la tortura a costa de un bonsái) y esa locura mal contenida a la que parecen abocados todos los personajes. Pero sobretodo, un guión maravillosamente bien hilvanado, un Antonio Banderas que volvió a brillar como al comienzo de su carrera y una banda sonora de Alberto Iglesias con ecos del mismísimo Bernard Hermann.

Porque hemos vuelto a Hitchcock. Y a James Stewart tratando de que la muerta vuelva a estar entre los vivos, cambiándole el peinado y lo que haga falta. El doctor Robert lleva estas premisas a un terreno casi frankensteineano: el moldeado físico, la transformación plena, la inculcación de los miedos propios. Al final de este proceso, Vicente, el joven que atentó contra la feminidad, deberá de asumir plenamente su nueva condición sexual. A su manera, el mejor regalo que le podía hacer su enamorado y retorcido captor.

Publicado en Panorámica del número 50. Este artículo pertenece al grupo Panorámica de cine español.