1. De formas, recuerdos y cánones

Mi relación con el “nuevo” cine español, o el “otro” cine español, o el cine español  “en los márgenes”, o como quiera llamarse, se bifurca en dos senderos. Empecé a interesarme por él como crítico, tras décadas de buscar imágenes filmadas en este país que huyeran del tópico y el consenso. Luego, me vi introducido, casi por casualidad, en la labor de seleccionarlo para algunos festivales, es decir, de separar el grano de la paja, que también la hay, para qué engañarnos. ¿Juez y parte? ¿Cómo distinguir ambos trabajos? ¿De qué manera mirar analíticamente y, a la vez, ver aquello que resulta representativo para ofrecerlo al espectador? Por supuesto, hay películas cuya programación he recomendado y, sin embargo, no me parecen especialmente interesantes. Por un lado, pues, aquello que consolida el corpus de un cine aún en formación, que necesita la máxima visibilidad. Por otro, el canon de ese mismo cine, que debe empezar a gestarse simultáneamente. Y ahí es donde los dos objetivos coinciden: un canon solo puede tomar forma a partir de todos los visionados posibles.

Ante todo, entonces, ¿de qué hablamos cuando hablamos de “ese” cine español? Hay que ser un poco estrictos. Son demasiados años de costumbrismo bufo, de politiqueo barato, de cine social de vía estrecha, que la academia celebra y buena parte de la crítica jalea. Como reacción, hay que ir al otro lado, al lado opuesto, sin hacer prisioneros. No se trata, pues, de un cine low cost, o por lo menos esa no es su principal característica. Se trata de un cine que filma la otra cara del cine español al que estamos acostumbrados y que, en consecuencia, acaba topándose con el cine internacional que de verdad importa. Se trata, pues, de un cine que ya no quiere ser español, sino otra cosa que aún no se sabe muy bien qué es. Ya no quiere ser ese cine español que se identifica con el cine español, no sé si me explico, por mucho que su tradición, muchas veces, provenga de la “cultura española”, si es que existe algo parecido. En cualquier caso, el cine español del que hablamos puede que posea el espíritu de Luis Buñuel o Iván Zulueta, de Pere Portabella o Paulino Viota, pero al cine que de verdad recuerda es a un cierto cine contemporáneo que, más que de nombres, está compuesto de formas.

El recuerdo y la forma, a eso se reduce todo. El cine español del que hablamos está siempre en los límites de lo decible no por la radicalidad de sus formas, sino por el modo en que se esfuerza en que recordemos otras formas a las que, hasta su llegada, no estábamos habituados por estos lares. Recordar, entonces, lo que no se ha vivido, o lo que han vivido otros. Hay algo patético en esa operación, y no hay por qué esconderlo. Hay algo propio de niños ávidos de conocimiento, pero encerrados en una cultura solipsista y autosatisfecha, que se lanzan a experimentar con ciertas sombras que atisban en el exterior de su burbuja. No, no estoy citando a Platón. Más bien a la tradición de los beatniks, por ejemplo, pues en eso somos más “americanos” de lo que pensamos, desde el momento en que se trata de superar una cultura provinciana mirándonos en ese espejo exterior que siempre nos ha devuelto tantas imágenes. Recordar eso, recordar esas imágenes, recordar el mundo que nos prometían e intentar restituirlo aquí y ahora. Restituir sus formas y llevarlas más allá. Insisto: hay algo de niño-con-zapato-nuevo en todo eso, lo cual hace que ese cine del que hablamos  resulte también enternecedor, en el sentido más bello que pueda albergar esa palabra.

Pues, en efecto, ese otro cine español me conmueve. Me conmueven sus imágenes y me conmueven sus integrantes, que se mueven (por eso me con-mueven) de aquí para allá, se relacionan entre sí, gestan proyectos imposibles, viajan a los festivales más remotos para darse a conocer, conquistan el territorio al que están acostumbrados…  Estoy convencido de que, por parte de muchos críticos de mi generación, existe una cierta envidia de todo eso que en ocasiones deviene en fascinación, y esa fascinación, a su vez, influye en el juicio, en la formación del corpus y del canon. ¿Qué le vamos a hacer? También ocurrió en el cine clásico, y luego en el cine moderno. La diferencia es que nunca había sucedido en este país, ni con el cine de este país. Ahora estamos en un momento decisivo para la formación de ese canon, el instante en que muchos caerán y otros permanecerán. Pero siempre quedará la huella de quienes  recordaron formas y las restituyeron, y las perfeccionaron, y las convirtieron en un movimiento colectivo, quizá el mayor proyecto político de este país en las últimas décadas, si es que a estas alturas aún somos capaces de identificar política y estética.

Publicado en Décalage del número 50. Este artículo pertenece al grupo Cine español textos genéricos.