‘Color perro que huye’. Dietario de los encuentros con Andrés Duque

Un mapa, un perro, un rostro: el del propio Andrés Duque, mirando fuera de campo. Rostros, recortes de revistas, collages. Barcelona en Super 8. La memoria.

Fragmentariamente, a retazos, Duque presenta de esta manera Color perro que huye (2011), suerte de caja de recuerdos, como también suerte de disco duro de imágenes a las que acudió durante los meses que estuvo postrado en casa a causa de una fractura en el tobillo. Color perro que huye “es una película de montaje”, me señala durante una entrevista el pasado verano, una película que funciona “como extensión de mi cerebro”. Es la segunda ocasión que nos encontramos para hablar de su segundo largometraje. El primer encuentro tuvo lugar a principios de año, días antes del Festival Internacional de Cine de Rotterdam, al que Andrés acudió para presentar por primera vez al público el trabajo. Luego, el filme recorrerá buena parte del globo: de Holanda volverá a España, al Festival Punto de Vista de Pamplona, donde logrará el premio del público, meses después viajará a México, invitado por el Festival 4 +1, y más tarde, ya en otoño, a la exquisita Viennale. Antes de que todo eso suceda, Andrés y yo volvemos a encontrarnos en un bar del Raval barcelonés para retomar la charla que se perfiló seis meses antes.

La herida

“No tengo celuloides ni cintas de video. Sólo tengo números almacenados en discos duros y cajas de memoria llamadas Quicktime. De ellas, he extraído imágenes que ahora junto, ordeno y presento con sinceridad. Aunque, verdades, no son” reza el prólogo del filme, advirtiendo al espectador de la estrategia narrativa por venir. Inmediatamente, un mapa, un perro, un rostro: el del propio Andrés Duque, mirando fuera de campo. Tales coordenadas sitúan visualmente este filme-viaje, a su vez trabajo sobre la identidad y reflexión sobre los nuevos usos del audiovisual. Un mapa, un perro, un rostro y una herida. La que originó el filme y le ha acabado por otorgar buena parte de su sentido.

Strictu sensu, Color perro que huye arranca con un tropiezo. Duque recurre a la cita fílmica, My Childhood (Bill Douglas, 1972), para escenificar ese accidente y demostrar que, aunque lo real se mire en ésta, poco tiene que ver con la ficción. “Cuando estaba grabando, quería saltar al tren como en la escena de My Childhood y grabar una situación en la que viajo en el tren de polizón y que pase lo que pase..... Para mí era como escapar de Barcelona. Pero me caí y me fracturé el tobillo. No pude ver esa escena que grabé de la caída durante meses, porque me recordaba el accidente. Me era insoportable. El tema es que me pasé dos meses en cama odiándome y odiando al mundo. Pero pensé que era perfecto para empezar la película: empezar con un viaje que se rompió”, explica Andrés. La catástrofe, repetirá Jean-Luc Godard a partir de Pasión (1982), es la primera estrofa de un poema de amor. “La poesía nace de la inseguridad”, se recita en Sans Soleil (Chris Marker, 1983).

Una idea similar, sobre la creación como elemento terapéutico, le planteó hace meses Carlos Reviriego, con motivo del estreno de Color perro que huye en Pamplona:

-¿Podríamos entender la película como una especie de cine-terapia, el cine entendido como un modo de diagnosticar el estado del cineasta y no sólo el estado del mundo que le rodea?

-"Cine-terapia" es algo que se le ha atribuido a mi trabajo en distintas ocasiones. No me gusta mucho el término, aunque es cierto que toda obra que nace de la inevitable necesidad de dar sentido a tu vida no dista de ser una terapia. Pero, si bien soy un poco junkie, ni busco un diagnóstico ni me automedico con el cine. [1]

El juego de la memoria

Acudir a Marker tras el visionado de Color perro que huye puede parecer un recurso fácil y rápido. En ambos se dan el viaje, el dietario y un componente autobiográfico de gran peso. Pero también, y creo todavía más notable, es el compromiso, tanto del cineasta galo como de Duque, con la imagen contemporánea. En el trabajo del venezolano afincado en Barcelona, como adelanta el prólogo, se da una idea de extensión natural de las teorías sobre la imagen digital que Marker poetizaba en Sans soleil. Esa zona, homenaje a su vez a Tarkovsky, toma en Color perro que huye una dimensión plena. La zona, la naturaleza de lo digital se transforma en narración misma, en coartada, en zambullimiento, en un estado. En un largometraje.

“La esencia de la película se encuentra en el montaje de un material que ya estaba grabado o iba a ser grabado. El reto era poder insertarlo todo como elemento narrativo. Ya que estaba pasando por un proceso de sentirme consciente de cómo había cambiado mi consumo audiovisual, por qué no trabajar en base a eso: en base a que la vida y gran parte de lo que sucede alrededor, de lo que me gusta se encuentra en mi disco duro. De que tus películas favoritas están allí junto a tus imágenes… No soy un teórico de la imagen, pero quería abordar el cómo empezar a construir basándome en archivos, míos y de otros, y sacar pequeñas reflexiones. Creo que lo mejor que podía hacer para empezar a trabajar con esa idea era haciendo asociaciones libres con las imágenes, así que todo empezó como un juego de asociaciones de imágenes: ponía un fragmento de un clip y lo juntaba con otro para ver qué pasaba. Y en ese proceso empecé a descubrir cosas.”

La película se construyó no solamente mediante ese work in progress íntimo, sino también como un trabajo expuesto al público. “Mientras hacía el filme, tuve la oportunidad de mostrar lo que hacía en dos centros, en dos actividades. Una que organizó un colectivo que se llama ‘Por la vena’, aquí en Barcelona. Era una manera de mostrar un work in progress en directo, suerte de performance, taller… Mostraba fragmentos, mientras pinchaba las imágenes –creo que la idea de pinchar es importante porque tiene mucho que ver con el juego de la libre asociación–, digamos que tenía un pequeño guión con ideas que iba lanzando. Más adelante, en Arteleku hice lo mismo pero con la intervención del público. Cogía citas y se las daba a la gente y las leían. Era como romper de alguna manera la idea del expositor y el público, permitiendo que el público se soltara y aportara a la narración. No tenía intención de hacer una película como tal, sólo que el proceso me fue gustando cada vez más. Entonces, en noviembre de 2010 fui a Colombia y repetí esta performance, con lo que acabé de decidirme por darle forma de película y darle un sentido cerrado”.

Sobre la diversidad de material que construye Color perro que huye (videochats, archivos de películas, clips de YouTube), Andrés, de entrada, afirma vehemente “siempre he sido muy fan de YouTube”. Argumenta la inclusión de este tipo de formatos, primero por la dimensión interna del viaje que se emprende en Color perro que huye; segundo, por la veracidad de esas imágenes, tomadas durante su convalecencia tras el accidente: “Las personas que salen son gente con la que he mantenido contacto por videochat. Por ejemplo, el tipo que sale conduciendo vive en Stuttgart y se graba cada día al volante de su trabajo a casa. De alguna forma, estas personas están trabajando con el audiovisual, sin pretensión artística, pero justamente por eso no deja de ser interesante. Hay un deseo, una necesidad que va más allá del puro exhibicionismo”. Duque continúa, al respecto, afirmando que “existe un cambio en el consumo audiovisual, no sólo en el mirar, sino en el producir, en el de grabarse. Esta idea de mostrarse tal como eres, fragmentos de tu vida, me parece muy interesante. Supone otra idea de la utopía sobre la que trabajar, otro mundo donde yo podía llegar, quedarme y aprender algo: cómo cambia nuestra forma de construirnos. Internet ayuda a romper con el límite psicológico de lo que creemos realidad. Uno tiene un esquema que al fin y al cabo es un circuito al que damos vueltas y es difícil salir de ahí. Pero con Internet hay un salto cuántico, no solo mirando, sino en que te están mirando a ti también. Hay un intercambio de miradas: son recíprocas y muy íntimas. Es otro matiz. De repente, estás frente a esa persona a la que no conoces de nada, sosteniendo un momento sin palabras, un momento de seducción… Hay un componente erótico irresistible.”

Hacia la utopia del sujeto

Finalmente, Color perro que huye aparece como un documento del Yo que Andrés Duque ha construido como una “búsqueda de lo utópico y lo difícil que es hablar de ello”. “Lo utópico es algo que esta en constante transformación. Cuando hablas de ti mismo, es como un ideal utópico que tienes que ir a buscar. Esa idea estaba siempre presente durante el proceso de trabajo. Porque la identidad es como una mancha en constante transformación, ese color perro que huye, color de gos com fuig en su expresión original en lengua catalana, al que alude el título”.

Como mancha, como deconstrucción, Duque asemeja esa búsqueda de la identidad voluble con la propia estructura del filme. “Hay momentos en que la película es más fragmentada pero no deja de buscar una simpleza a nivel formal”. No hay mucha diferencia, pues, entre el trabajo del cineasta con otros tantos relatos sobre la búsqueda y el trayecto como el espacio donde realmente toma forma aquello que se trata de alcanzar. Por tanto, la narración episódica y fragmentada cobra cierto sentido, pese a las discordancias entre cada uno de los episodios: “Cada secuencia cuenta algo, un principio y un final que llevan hacia un destino que para mí significa la búsqueda de la utopía. Al fin y al cabo, esa búsqueda no es más que una ventana desde la que dar un salto al vacío hacia la muerte. Tampoco es una muerte en la que te despojas de tu cuerpo, sino entendida como transformación. La película va trabajando esa idea de flujos. Es más visible gracias al montaje que con mi propio discurso, pero quería trabajar la película mediante esa idea de que me voy transformando constantemente. Es sobre un personaje que va viajando, como todos los viajes de iniciación, donde el joven va conociendo personas que le dan pistas para seguir y es un viaje de transformación, de cambio. Lo lees en Siddhartha, en El lobo estepario: una estructura de viaje iniciático donde mostrarme la construcción del Yo de una forma asimétrica” [2]. En Color perro que huye, el trabajo que se está dando sobre la identidad, así pues, constata que el relato del sujeto no es uno cerrado y uniforme, sino un mapa con puntos de partida y algunos pocos destinos. Una cartografía del YO por llenar, con unas pocas coordenadas de salida (un perro, un rostro: el del propio Andrés Duque, mirando fuera de campo) y donde la experiencia se erige como responsable de rubricar el camino con imágenes.

Notas:

  1. Extraído de REVIRIEGO, Carlos: Andrés Duque: "Soy un espectador asiduo al YouTube", El Cultural, 23/02/2011. 
  2. Para aquellos que deseen ahondar más en la figura de Andrés Duque, recomendamos asimismo la entrevista realizada por los compañeros de Blogs & Docs. 
Publicado en Encuentros del número 43.