Deambulaciones. Diario de cine, 2019-2020 (Carlos Losilla. Editorial Muga, 2021)

Derivas que son una aventura (II)

Titulé una reseña del anterior libro de Carlos Losilla (“Raoul Walsh”, Cátedra, colección Sonido e imagen, 2020) Derivas que son una aventura y, como puede apreciarse, he sucumbido a la tentación de ponerle a esta el mismo título. Porque perderse en las páginas de estas “deambulaciones” en forma de diario que nos propone Losilla ha vuelto a ser como adentrarse sin brújula en la maraña de un pensamiento cinematográfico sorprendente, originalísimo, siempre con un pie fuera de lo canónico, y con los dos muy lejos de la concreción. Todo ello se traduce en una escritura apasionada, zigzagueante y rizomática que, de la mano de un arsenal de conocimiento cinéfilo, le lleva a uno de aquí para allá en un viaje no tanto de ida y vuelta como en espiral, saltando por décadas, corrientes, películas, escenas, planos y hasta fotogramas que Losilla relaciona en análisis cargados de una imaginación desbordante, y que aquí se van puntuando con las impresiones y sentimientos del ciudadano que asiste desamparado a una de las épocas más desconcertantes (para no ser excesivamente dramático) que nos ha tocado vivir. Las sucesivas entradas de este diario cinéfilo-vital favorecen la dispersión gozosa de su estilo. Dispersión que él mismo subraya titulando el libro Deambulaciones. Diario de cine, 2019-2020, primera obra de la colección Mikeldi, que dirige Iván Pinto, y que la editorial Muga dedica a ensayos breves sobre pensamiento cinematográfico.

¿Cuántas veces se nos permite titubear? Si el oficio del crítico consiste, con todas las comillas que le queramos poner, en ofrecer una opinión, ¿cómo puede alguien al que le pagan por ello (también aquí necesitamos muchas comillas) darse el lujo, y tal vez el placer, de la duda?  Carlos Losilla lo hace, duda respecto a todo: el sentido de la crítica, el sentido de la docencia, de su propia escritura, de sus líneas de investigación a lo largo de los años, incluso del propio cine… Y tengo que confesar, como si esto fuese también un diario, que todo ese cúmulo de vacilaciones me dieron pie a pensar que estaba ante un texto de un pesimismo muy amargo. Pero solo ahora, mientras escribo este párrafo, estoy comprendiendo que no se trata de eso, sino de todo lo contrario; me doy cuenta en este momento de la valentía de Losilla y de sus infinitas ganas de tirar hacia adelante: buscando otras formas, otras maneras de ver, de pensar, de enfrentarse a las imágenes y al texto que resulta de ellas. Caigo ahora en la cuenta de que el crítico Losilla sí cree en la crítica, y de que el espectador Carlos sí cree en el cine, por supuesto que cree, aunque siga inmerso en ciertas búsquedas de las que se alimenta este libro maravilloso en forma de diario de aventuras.

Un diario de aventuras: la aventura de redescubrir, de mirar de una forma distinta a la ya experimentada; la aventura de cambiar la mirada, de transformar la óptica: sobre el cine, sobre la escritura, sobre el propio oficio. La aventura (valiente, como buena aventura) de cuestionarse a uno mismo y de cuestionar las propias certezas. Y el desconcierto de hacerlo en un momento de crisis (existencial, mundial; crisis interior y crisis exterior). Hay primero una mirada desesperanzada, aunque lúcida, pero inmediatamente después hay un impulso como de supervivencia que implica unas ganas y una necesidad de seguir creyendo en todo: en las imágenes, en la palabra escrita, en la vida. Hay primero un pequeño paso atrás, pero solo para tomar la distancia necesaria (el confinamiento invitaba a ello, obligaba), hacer diagnóstico y sacar conclusiones. Ese paso atrás, lejos de ser una derrota autoinfligida, es una victoria rotunda contra la autocomplacencia. De esta forma son creativas/creadoras las crisis y así lo entiende (o lo va entendiendo en el proceso) Carlos Losilla. Y sobre eso se construye este libro extraño, maravilloso.

En sus vacilaciones, Losilla se propone, entre otras cosas, no hablar de los años 50, de los 60, de los 70, de los…, del cine clásico, del cine moderno, de los intersticios entre ambos, de la muerte de uno y del desvanecimiento del otro;  se propone, en cualquier caso, no hacerlo en los términos en los que ha estado haciéndolo durante tanto tiempo; se propone tantas cosas, tantos cambios, tantas transformaciones en su posicionamiento frente a las imágenes, frente al cine en general, que inevitablemente fracasa, o fracasa al menos en muchos momentos, en muchas entradas de este diario. Y cuando digo que fracasa, me refiero únicamente a que muchas de esas búsquedas resultan infructuosas, o simplemente le llevan a determinados callejones sin salida. Desde luego, pienso (y seguramente Losilla también lo haga) que la propia búsqueda es un éxito per se desde el momento en el que resulta tremendamente creativa, de una riqueza esperanzadora. Y (no sé si hace falta decirlo) lo que no fracasa en absoluto es el propio texto, que se sirve de esa pequeña zozobra para regalarnos otra muestra de uno de los pensamientos más heterodoxos y libres (dos de las características que personalmente más valoro en la literatura sobre cine) de la actualidad.

Me gustaría acabar esta ¿reseña? citando unos fragmentos de este diario de aventuras en los que se habla de todo esto a lo que acabo de referirme a partir del análisis de dos películas de 1981: En busca del arca perdida (Riders of the Lost Ark, Steven Spielberg) y Todos rieron (They All Laughed, Peter Bogdnovich). Dice Losilla: “[La película de Spielberg] la conciben como un artefacto regido por una lógica implacable, basada en la consigna bélica de no ceder nunca el terreno, de no dar ni un paso atrás. Es una película que nunca duda de sí misma, que desde el principio sabe muy bien lo que quiere (...) La distancia más corta: esa es la lógica que rige en En busca del arca perdida y en general en todo el cine de Spielberg. También su rechazo de la duda y de la interrupción, del camino encontrado; su desdén por cualquier titubeo narrativo. (...) Bogdanovich ensaya un movimiento escénico por completo opuesto al que Spielberg despliega (...) Los personajes que la pueblan se dedican a recorrer Nueva York (...) en la práctica bajo la forma de un vagabundeo que siempre encuentra obstáculos que a su vez propician tanto un cambio de rumbo como una redefinición constante de las estrategias a seguir (...) La emoción, parece decir Bogdanovich, nunca ha provenido de la narración contemplada desde una perspectiva estrictamente mecanicista, (...) Si hay algún fantasma que invocar, entonces, no es el del cine que se hacía, sino el del cine haciéndose…” 1

Indiana Jones and the Riders of the Lost Ark (Steven Spielberg, 1981)

They All Laughed (Peter Bogdanovich, 1981)

Es iluminador cómo Losilla reclama en estos fragmentos (y en muchos otros del libro) el derecho a la duda, al titubeo; la posibilidad de ir, si no a contracorriente, sí al menos mantenerse al margen de la corriente, en la orilla, y entrar y salir del agua en cualquier momento, en función de no se sabe bien qué y, en cualquier caso, apelando siempre a  la posibilidad de ir descubriéndolo a la vez que se sortean obstáculos, los obstáculos del propio hilo de pensamiento.

1 LOSILLA, Carlos, Deambulaciones. Diario de cine, 2019-2020, Muga Cine, colección Mikeldi, 2021. Fragmentos extraídos de las entradas correspondientes a los días 12 y 13 de julio de 2020, páginas 111, 112 y 113.
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