El carnicero (Le boucher, Claude Chabrol, 1970)

La tragedia se escribe en rojo

En estos tiempos de forzada reclusión, exterior e irremisiblemente interior, supone un revelador ejercicio redescubrir algunos de los muy diversos encierros, físicos o dolorosamente invisibles, que a lo largo del tiempo se han reflejado en la pantalla. Hace ahora cincuenta años que el cineasta francés Claude Chabrol filmaba una de sus obras más relevantes, El carnicero (1970). Un director que durante más de cuatro décadas profundizó en las corrientes ocultas que recorren un estamento con ciertos rasgos definidos, la burguesía francesa de provincias, con la acerada precisión de un entomólogo observando a sus criaturas. En El carnicero se sumerge en la aparente tranquilidad de una pequeña localidad del Sudoeste de Francia, un escenario cuya cotidianidad se ve alterada por la aparición de serie de jóvenes asesinadas. En este contexto, analiza la relación que se establece entre la maestra de la escuela y el carnicero de esta localidad, dos personajes que, pese a encajar en esta definida sociedad rural, viven aislados en su propio universo de sentimientos heridos y recuerdos dolorosos.

Autor de una dilatada trayectoria, tan irregular como coherente, Claude Chabrol alcanza una etapa de plenitud creativa a principios de los años setenta, tras sus inicios como crítico de Cahiers du Cinéma y un primer periodo como miembro fundacional de la Nouvelle Vague. Una serie de obras como La mujer infiel (1969) o Al anochecer (1971), en las que no abandona su implacable mirada crítica hacia las contracciones de la moral burguesa, recorridas por una latente ironía, y protagonizadas por la actriz y entonces esposa Stéphane Audran. En El carnicero, la relación que establecen sus protagonistas, Hélène –Stéphane Audran- y Popaul –Jean Yanne- le sirve para lograr una reveladora reflexión sobre la difusa línea que, en ocasiones, separa los principios morales y la repulsión, la extraña pugna de la razón frente a los instintos y los sentimientos.

La primera secuencia de El carnicero describe, de forma tan aparentemente sencilla como precisa, las características de esta localidad, Trémolat –a cuyos habitantes está dedicada la película– y los roles de sus integrantes, mediante un pequeño acontecimiento local como es la celebración de una boda. En este escenario, Chabrol proporciona información sobre el pasado de Popaul, quien ha regresado a ejercer el mismo oficio de su padre, tras quince años en el ejército en los que ha asistido a los horrores de las guerras de Indochina y Argelia. Hélène ha elegido alejarse de París y ejercer en la escuela local –más tarde confesará que la ruptura de una relación amorosa la hizo enfermar y buscó un refugio, exterior e interior, en este pequeño municipio–. La secuencia termina con un prolongado y espléndido travelling por las calles de la localidad, con el que Chabrol filma cómo la elegancia en la forma de caminar y de expresarse de Stéphane Audran contrasta con su entorno.

 

Con su habitual perfección formal y economía narrativa, Chabrol ofrece en esta primera secuencia varias de las claves del desarrollo posterior del film. Sobre la mesa de los novios penden unos pesados cortinajes rojos, que contrastan con el blanco vestido de la novia. Unas cortinas que se abrirán después para que actúe la orquesta: la función, por tanto, ha comenzado. Durante la conversación de Hélène y Popaul aparece bailando de fondo, de forma insistente, una joven vestida de rojo –¿tal vez una de las víctimas?–, al igual que se interpone este color entre ambos cuando caminan por las calles. Un rojo que los envuelve en la tragedia, y que se repetirá a lo largo del film, contrastando con los suaves verdes y ocres de la campiña francesa, en numerosos elementos de los decorados, en los jerseys de los niños de la escuela. Un rojo finalmente tan intenso como la sangre de una de las víctimas que, en cierto momento, se derramará en la pantalla.

La intriga criminal y el desarrollo de la investigación es tan sólo el medio para que Chabrol, autor también del guión, indague en la ambigua relación entre ambos personajes y plantee incómodas preguntas. Introduce elementos simbólicos y detalles que van revelando las aristas de la trama, como el mechero encontrado en el lugar del crimen –innegable guiño a uno de sus maestros, Alfred Hitchcock, y su Extraños en un tren (1951)–, y que en cierto momento ambos, Hélène y Popaul, apretarán entre sus manos en planos paralelos, reflejando la pugna entre sus terribles certidumbres y sus deseos; la referencia a Balzac –autor de “un cuadro de la sociedad de su tiempo”–, los repetidos planos en los que Popaul mira por detrás a Hélène,  y que reflejan la dolorosa convicción de lo que va a suceder, o las constantes campanadas que puntean la narración.

Chabrol conduce a sus personajes hasta una desgarradora secuencia final en la que construye unos momentos de conseguido suspense, resueltos con un magistral fundido en negro. Más tarde, de nuevo el color rojo, esta vez intermitente, anunciará el final de la tragedia. Los faros de un coche se proyectan desde la pantalla como unos inquietantes ojos que nos cuestionan sobre lo sucedido. Chabrol logra que sobre el plano del rostro desolado de Stéphane Audran finalmente puedan expresarse, como en una página en blanco, muy distintas sensaciones e interrogantes: la relatividad de las convicciones morales, la pugna entre la razón y las pulsiones, o la irracionalidad de los sentimientos ante una terrible realidad.

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