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PREMIO LUX DE CINE 2019

El pasado 27 de noviembre se celebró en Estrasburgo la ceremonia de entrega del Premio LUX de Cine, que el Parlamento Europeo concede anualmente desde 2007 a una película que defienda la cultura y los valores europeos y se interrogue sobre la construcción de un espacio común en el continente. Tres películas optaban a este galardón: Caso abierto: Hammarskjöld (Cold Case Hammarskjöld, 2019), del danés Mads Brügger, coproducida entre Dinamarca, Noruega, Suecia y Bélgica; Dios es mujer y se llama Petrunya (Gospod postoi, imeto i’ e Petrunija, 2019), de la macedonia Teona Strugar Mitevska, con la participación de Macedonia del Norte, Bélgica, Eslovenia, Francia y Croacia; y El reino (2018), de Rodrigo Sorogoyen, coproducción hispanofrancesa, la primera película española que ha llegado a la tríada finalista desde que los premios echaron a andar.

Entrega del Premio LUX de cine 2019 en el Parlamento Europeo

El voto del diputado

Pueden optar a los Premios LUX largometrajes de ficción o documentales creativos (animación incluida) de sesenta minutos o más, producidos o coproducidos por países miembros de la Unión Europea o por estados que no forman parte de ella pero sí del subprograma MEDIA de Europa Creativa, es decir Albania, Bosnia y Herzegovina, Islandia, Liechtenstein, Montenegro y Noruega. Deben haber sido estrenados en festivales o en salas comerciales entre el 10 de mayo del año anterior y el 15 de abril del año del premio, y no pueden haber ganado el galardón principal en Venecia, Donostia, Berlín, Cannes, Karlovy Vary o Locarno. En cuanto al tema, estos títulos deben “ilustrar la diversidad de las tradiciones europeas, arrojar luz sobre el proceso de integración europea y ofrecer puntos de vista sobre la construcción de Europa”[1].

Según el Parlamento Europeo, los Premios LUX tienen dos objetivos fundamentales: “mejorar la circulación de películas europeas por toda Europa y estimular un debate a escala europea sobre las cuestiones más importantes desde el punto de vista social”[2]. El primero se concreta en el subtitulado de las tres películas finalistas en las veinticuatro lenguas oficiales de la UE y una copia nacional para cada uno de los veintiocho estados miembros, así como en la elaboración de materiales pedagógicos a partir de ellas. Entre varias colaboraciones con instituciones y proyectos de formación en todo el continente, en nuestro caso el efecto más tangible de este programa de difusión es el hecho de que, desde hace años, la Filmoteca de Catalunya proyecta los tres títulos finalistas e invita a algunos de sus directores a presentarlos. La película que finalmente obtiene el Premio LUX recibe, además, su adaptación para personas con dificultades visuales y/o auditivas.

El segundo objetivo es más intangible, pero resulta clave si tenemos en cuenta los temas de las obras seleccionadas y la decisión final sobre la ganadora. De hecho, aunque los premios LUX son infelizmente poco conocidos por el gran público, tienen una naturaleza muy interesante, porque su concesión depende, en última instancia, de los diputados del Parlamento Europeo. En una primera fase, veinte profesionales de veinte países distintos de la Unión Europea proponen una serie de títulos cada uno, tanto de sus respectivos países como de otros; José Luis Cienfuegos, director del Festival de Cine Europeo de Sevilla, es el representante español en este comité. Después de varias votaciones se llega a una selección de diez títulos, que otra comisión reduce a tres. Esos tres finalistas son propuestos a los europarlamentarios, que tienen acceso a la obra y votan una de las tres opciones. La concesión de los premios se lleva a cabo en Estrasburgo dentro del contexto de las Jornadas LUX de Cine, en las que los directores finalistas pueden conversar con la prensa y los políticos sobre su trabajo.

En este sentido, los LUX se distinguen de la mayoría de premios concedidos por festivales e instituciones, porque la decisión final no la toman ni especialistas ni profesionales, sino personas ajenas al mundo del cine que, sin embargo, actúan como representantes democráticos de los ciudadanos de la Unión Europea[3]. Por ello los Premios LUX son galardones de una representatividad democrática importante, cuyo interés no reside tanto en cuestiones cinematográficas como en la elección de temas o en sus postulados ideológicos. Según la Unión Europea, “El PREMIO LUX DE CINE del Parlamento Europeo seguirá poniendo en el candelero historias y películas que no se limitan a entretener, sino que reflejan nuestra sed de respuestas, nuestra búsqueda de identidad y nuestra necesidad de consuelo en épocas de apuros, y que hacen que tomemos conciencia de nuestras propias realidades y de las de los demás”[4]. A modo de ejemplo, los cinco títulos premiados entre 2014 y 2018 fueron Ida (Pawel Pawlikowski, 2013), Mustang (Deniz Gamze Ergüven, 2015), Toni Erdmann (Maren Ade, 2016), Sameblod (Amanda Kernell, 2016) y La mujer de la montaña (Kona fer í stríð, Benedikt Erlingsson, 2018). Quien haya visto uno o varios de estos títulos puede empezar a hacer conjeturas sobre el tipo de películas premiadas y los asuntos que ponen sobre la mesa.

La tríada finalista: colonialismo, patriarcado y corrupción

Las tres películas finalistas de este año planteaban, como era de esperar, asuntos fuertemente relacionados con la política europea. Caso abierto: Hammarskjöld es un documental que se interroga sobre la muerte en 1961 del economista y diplomático sueco Dag Hammarskjöld, Secretario General de las Naciones Unidas desde 1953. Hammarskjöld falleció en un supuesto accidente de aviación en la actual Zambia cuando se dirigía a negociar la resolución del conflicto secesionista de Katanga, que quería independizarse de Congo-Léopoldville, hoy en día Zaire. Brügger empieza a señalar las lagunas en esta historia oficial, entrevista a las personas implicadas y rastrea los detalles en el lugar de los hechos. Tirando de la cuerda, acaba revelando la existencia un grupo paramilitar destinado a asegurar el control postcolonial de las nuevas repúblicas africanas, con el precioso apoyo de la compañía anglobelga Union Minière du Haut Katanga y de los servicios de inteligencia estadounidenses. Entre las acciones perversas de este grupo se incluyó un plan de difusión del SIDA entre la población negra de Sudáfrica como un plan supremacista para blanquear la población en los últimos estertores del apartheid.

"Caso abierto: Hammarskjöld" (Mads Brügger, 2019)

Brügger es un periodista de radio y televisión que ya se ha acercado a cuestiones geopolíticas semejantes en documentales como The Red Chapel (Det røde kapel, 2009) y El embajador (The Ambassador, 2011), así como en la sorprendente ficción El sindicato San Bernardo (St. Bernard Syndicate, 2018), disponible en Filmin, sobre dos empresarios daneses de tres al cuarto que quieren montar un negocio de venta de San Bernardos en la China de la efervescencia neoliberal. Caso abierto: Hammarskjöld mezcla el reportaje con la autoparodia: Brügger se pone en escena vistiéndose igual que el villano de su historia y trata de dar sentido a los hechos dictando su texto a dos secretarias africanas que, si bien actúan como delegadas del espectador, se encuentran en una posición subalterna que irónicamente alude a los viejos esquemas coloniales. La historia podría ser el caso del siglo del periodismo de investigación o bien la teoría de la conspiración más ridícula jamás contada, como el propio director admite al inicio.

En Bruselas Mads Brügger nos concedió la siguiente entrevista, donde le preguntamos sobre las luces y sombras de ese acercamiento irónico y sobre la relación de la Unión Europea con el tema de su película.

Al lado de Caso abierto: Hammarskjöld se situaba Dios es mujer y se llama Petrunya, de la macedonia Teona Strugar Mitevska. La película se centra en una tradición del cristianismo ortodoxo en Macedonia del Norte celebrada cada mes de enero para conmemorar la Epifanía: un sacerdote lanza un crucifijo a un río y el primer hombre que lo recupere recibe un premio, tradicionalmente una Biblia y una bendición, aunque recientemente se han añadido a esta cesta productos menos píos como televisores y ordenadores. En 2014, en la población de Stip, una mujer se sumó a la competición y consiguió hacerse con el crucifijo, levantando un revuelo entre el tradicionalismo machista que puso en jaque esa fiesta de culto popular[5]. Mitevska ha partido de estos hechos para dar forma a la historia de una mujer sin trabajo, despreciada por su familia e insegura de sí misma, que consigue dicha cruz y consiguientemente es acechada por una manada de hombres, con lo cual debe refugiarse en la comisaría de policía local.

"Dios es mujer y se llama Petrunya" (Teona Strugar Mitevska, 2019)

El relato de Dios es mujer y se llama Petrunya se construye a partir de este espacio cerrado asolado por una amenaza externa, en el que poderes fácticos como la policía, la religión y la prensa (la periodista Slavica, interpretada por la hermana de la directora, Labina Mitevska) meten baza en lo que Petrunya debe hacer o dejar de hacer con esa cruz. Los debates sobre tradición y machismo se hilvanan con una parodia de los sistemas burocráticos y, de forma todavía más interesante, con una reflexión sobre el significado que damos a los objetos: en cierto modo, la cruz acaba teniendo el valor que cada uno de los personajes le asigna, ya sea sacro, legal o económico; sin esa atribución de valor, se convierte en un simple ente inanimado sin precio ni aura. Los momentos más interesantes de Dios es mujer y se llama Petrunya son, precisamente, aquellos en los que se destapa la arbitrariedad con la que esta cruz se ha convertido en una especie de anillo para dominarlos a todos, en torno al cual se articulan debates sobre religión, tradición y género.

Mitevska, nacida en Skopje pero afincada en Estados Unidos desde 1998, ha dirigido un total de cinco largometrajes, siempre en régimen de coproducción entre Macedonia del Norte y otros países europeos. Se trata de ficciones sobre su país natal, como I Am from Titov Veles (Jas sum od Titov Veles, 2007) y The Woman Who Brushed Off Her Tears (2012), protagonizada por Victoria Abril. Ahora ha regresado a Macedonia del Norte a vivir y Dios es mujer y se llama Petrunya es la primera película que rueda después de este retorno. Invitada por la Filmoteca de Catalunya antes de las Jornadas LUX, Mitevska estuvo en Barcelona y conversó con la prensa sobre su película y las dificultades que tuvo para realizarla. Señaló que las autoridades eclesiásticas de su país se negaron a colaborar, afirmando en un comunicado que Dios existe y es un hombre, pero que la película ha tenido un gran éxito y que la tradición de la captura del crucifijo ha empezado a renovarse: en algunos lugares, la participación de mujeres ya se ha admitido. En relación con la popularidad del filme, debemos añadir aquí una breve nota sobre su título: la traducción inglesa, con la cual se ha distribuido internacionalmente, es God Exists, Her Name is Petrunya. Es decir, aunque igualmente sitúa la divinidad en su protagonista, una mujer normal y corriente, su aserción de género es más leve que en la versión española Dios es mujer y se llama Petrunya. Desconocemos el significado exacto del original en macedonio Gospod postoi, imeto i’ e Petrunija, pero en cualquier caso tampoco incluye la palabra “mujer”. La traducción española, pues, denota un subrayado de la cuestión femenina que muy probablemente se deba a las reacciones que la película ha generado dentro y fuera de su país.

Finalmente, la tercera candidata al Premio LUX fue El reino, de Rodrigo Sorogoyen, que, como dijimos, es la primera película española en llegar al podio de los galardones concedidos por el Parlamento Europeo. Otros títulos habían conseguido entrar en la lista de los diez más votados, concretamente La plaga (Neus Ballús, 2013), Hermosa juventud (Jaime Rosales, 2014), Estiu 1993 (Carla Simón, 2017) y El silencio de otros (Robert Bahar y Almudena Carracedo, 2018), pero la historia de corrupción protagonizada por Antonio de la Torre y directamente inspirada en el caso Gürtel ha sido la primera en llegar a los europarlamentarios. La película de Sorogoyen se estrenó en España en septiembre de 2018 y explora cómo el destape de un caso de corrupción remueve los intestinos de un partido político y alienta los cuchillazos y las traiciones entre sus miembros, al mismo tiempo que pone en tela de juicio sus relaciones con empresarios y periodistas. Iniciándose con una generosa mariscada de la cúpula del partido, El reino se vuelve progresivamente oscura y paranoica, un relato de terror sobre las telarañas del poder. No creemos necesario ampliar aquí el comentario sobre esta película, ya conocida por las audiencias españolas, pero sí señalar que Sorogoyen no pudo asistir a la entrega de premios y en su lugar lo hicieron Antonio de la Torre y el productor Gerardo Herrero, que mantuvo un loable equilibrio entre cordialidad y crítica al hablar de la clase política en las ruedas de prensa en Estrasburgo, con altos cargos del Parlamento Europeo sentados a su lado.

"El reino" (Rodrigo Sorogoyen, 2018)

Caso abierto: Hammarskjöld, Dios es mujer y se llama Petrunya y El reino representaban de forma clara tres temas clave de la política europea contemporánea: el neocolonialismo, el patriarcado y la corrupción. Los tres están a la orden del día, ya sea por el lavado de manos institucional ante la llegada de refugiados y escándalos como el del buque Open Arms; ya sea por el movimiento Me Too y el cuestionamiento de un machismo estructural en todas las esferas sociales; ya sea por el destape de cuentas en paraísos fiscales, el razonable descrédito de la clase política tradicional y la consecuente emergencia de movimientos populistas que supuestamente proponen hacer borrón y cuenta nueva. Finalmente, la película galardonada fue Dios es mujer y se llama Petrunya, con un segundo puesto para Caso abierto: Hammarskjöld y un premio de consolación para El reino. Fue un resultado previsible, no tanto por la fuerza social y mediática del feminismo hoy en día, sino más bien por el enfoque de la película. Tal como los filmes de Brügger y Sorogoyen dibujan con cinismo un panorama en el que todos los personajes son mezquinos y despreciables, y en el que “la construcción de Europa” es más bien destrucción y demolición sin demasiadas perspectivas de salida, el filme de Mitevska parte de una mujer víctima que se convierte en heroína gracias a su valentía y su tesón; a su alrededor se mueven machitos heridos en su orgullo testosterónico, policías burócratas, sacerdotes conciliadores pero cobardes y periodistas arribistas y oportunistas. Pero Petrunya es un ejemplo a seguir. “Todos somos Petrunya”, dijo alguien a lo largo de las jornadas. Seguramente eso le valió los votos favorables de los europarlamentarios.

En términos narrativos y estéticos, Dios es mujer y se llama Petrunya era la menos interesante de las tres películas. Pese a sus logros, resultaba la más blanda, la más reconfortante, la más cómoda, la más esperanzada. Hay también otra cuestión, que es que, curiosamente, era una película sobre un país que hoy en día no pertenece a la Unión Europea ni al subprograma MEDIA de Europa Creativa, que incluye también a Albania, Bosnia y Herzegovina, Islandia, Liechtenstein, Montenegro y Noruega, pero no a Macedonia del Norte. Su participación en los Premios LUX venía a raíz de ser una coproducción con participación de Bélgica, Eslovenia, Francia y Croacia. El tema concreto al que se refería era, pues, algo que ocurría fuera de las fronteras de la UE y en el que sus países no tenían intervención alguna, contrariamente a Caso abierto: Hammarskjöld y El reino, en las que las compañías mineras belgas y los partidos políticos españoles no quedaban muy bien parados (siempre quedará la duda de cuántos miembros del Partido Popular europeo apostaron por El reino, por ejemplo). En cierto modo, y de forma tal vez casual, al premiar Dios es mujer y se llama Petrunya el Parlamento Europeo daba visibilidad a un conflicto acaecido fuera de sus fronteras, es decir, dejaba traslucir un cierto interés por hablar de territorios cuya incorporación a la Unión (y la adaptación a sus valores) podría estar sobre la mesa. Algo parecido ocurría con la película premiada en 2015, Mustang, situada en Turquía e igualmente crítica con machismos estructurales. Si los Premios LUX se conceden a filmes sobre “la diversidad de las tradiciones europeas”, “el proceso de integración europea” y “la construcción de Europa”, los galardones en sí mismos implicaban, tácitamente, un interés en la integración y la construcción más allá de las fronteras actuales de la Unión Europea.

El cineasta preso

También durante las Jornadas LUX de Cine, el Parlamento Europeo concedió el Premio Sájarov al cineasta ucraniano Oleg Sentsov, vinculado al movimiento AutoMaidán. Abiertamente crítico con la anexión rusa de Crimea, en 2014 fue arrestado bajo acusaciones de terrorismo y al año siguiente sentenciado a 20 años de cárcel, que empezó a cumplir en dos prisiones situadas al norte de Rusia. El caso generó presiones internacionales y el apoyo abierto de numerosos cineastas, tanto rusos (Aleksandr Sokurov, Andrey Zvyagintsev e, inicialmente, Nikita Mikhalov) como extranjeros. En 2018 Sentsov llevó a cabo una huelga de hambre que duró 145 días, pero no fue liberado hasta septiembre del año siguiente, tras un intercambio de presos entre Rusia y Ucrania y el consiguiente retorno a su país natal. Los detalles del caso y el revuelo que generó en varios ámbitos de la cultura cinematográfica en Europa y en todo el mundo pueden verse en el documental El caso Oleg Sentsov (The Trial: The State of Russia vs Oleg Sentsov, Askold Kurov, 2017), disponible en Filmin.

"El caso Oleg Sentsov" (Askold Kurov, 2017)

El Premio Sajárov está dirigido a reconocer la Libertad de Pensamiento y ha galardonado, entre otros, a las Madres de Plaza de Mayo (1992), al colectivo antiterrorista ¡Basta Ya! (2000), al cineasta Jafar Panahi (2012) y a la oposición política en Venezuela (2017). Como es fácil de deducir, sus elecciones no están exentas de determinadas tomas de posición ideológicas. En el caso de Sentsov, la concesión del premio supone una oposición clara al régimen de Putin, aunque no está del todo claro cuál es el vínculo entre el trabajo de Sentsov como cineasta y su activismo político. Por un lado, antes de su detención solo había estrenado un largometraje, Gámer (2011), que narra la historia de un adolescente que quiere convertirse en campeón en el mundo de los videojuegos, y que, hasta donde sabemos (no hemos podido acceder a la película), no tiene relación alguna con la situación política de Ucrania. Así que hasta cierto punto tiene sentido la afirmación de Vladimir Putin en el citado documental, cuando responde a Sokurov que Sentsov no fue condenado por su obra, sino por sus actos políticos. Por otro lado, Sentsov ha afirmado que su próxima película, que ya había empezado a preparar antes de su detención, tratará del Euromaidán, de modo que se establece un vínculo claro entre obra cinematográfica y trabajo político. Aquí sí que tendría sentido vincular su detención con su trabajo cinematográfico, pero no tenemos más datos al respecto. En qué medida el compromiso político de su cine fue causa o consecuencia de su encarcelamiento se nos escapa.

Antes de recibir el premio en Estrasburgo, Sentsov estuvo en Barcelona, donde presentó el documental sobre su caso y dio una rueda de prensa en la que se habló de su historia, de la situación actual de Ucrania y de la posición que debería tomar la Unión Europea al respecto.

Como ocurría en el caso de Dios es mujer y se llama Petrunya, con el premio a Oleg Sentsov el Parlamento Europeo optaba por reconocer los derechos de un pueblo fuera de sus fronteras, Ucrania, y a reforzar la idea de integración europea en un espacio común. En este caso, la defensa de la libertad de expresión y de los derechos humanos se hermanaba con un claro movimiento geopolítico frente al gigante ruso y su hegemonía conservadora en el este de Europa. Nada que objetar a esta ambición internacional de defensa de los derechos humanos, pero no está de más señalar que, al hacerlo, el Parlamento jugaba en territorio ajeno, cuando existen notorias violaciones de dichos derechos dentro de sus fronteras, y es inevitable entrever ahí una cierta voluntad de mirar hacia otra parte.

Sin embargo, es loable la existencia del Premio Sajárov, como lo es también la de los Premios LUX. Estos son, sin duda, una excelente toma de posición respecto al rol social y político del cine, una defensa de la cultura europea frente al poder económico de productos extranjeros, y un reconocimiento de la diversidad. También son, por supuesto, un termómetro de los tiempos. El mosaico de películas premiadas desde 2007 es, ciertamente, un retrato de la evolución ideológica de Europa, un tema que merece sin duda un estudio más a fondo, que permitiría entendernos mejor a nosotros mismos como europeos e identificar con mayor claridad las ideas que nortean a nuestras instituciones.

[1] Unión Europea: LUX Film Prize. Cine europeo para un público europeo, 2019, p. 4.

[2] Ídem, p. 2.

[3] Núria Vidal, que anteriormente formó parte del comité de selección, nos señaló en un encuentro la relevancia de esta cuestión. Se lo agradecemos, pues eso contribuyó a que apreciáramos en su justa medida el gran interés social y político de los Premios LUX.

[4] Unión Europea: op. cit., p. 2.

[5] Marusic, Sinisa Jakob: “Holy Day Takes Aggressive Turn in Macedonia”, BalkanInsight, 21 de enero de 2014. Recuperado de https://balkaninsight.com/2014/01/21/unruly-conduct-stains-christian-feast-day-in-macedonia/ [acceso: 10 de enero de 2020]

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Malasaña 32 (Albert Pintó, 2020)

Vivir en la casa de otro

Hay algo que me rechina sistemáticamente de cierto cine español contemporáneo —normalmente producido por alguna de las grandes corporaciones audiovisuales, destinado a audiencias masivas y casi moldeadas por la misma cadena de montaje— y es el diseño de las casas donde viven los personajes. Casoplones con ventanales infinitos que muestran jardines perfectos; cocinas que parecen el plató de un reallity, cuartos de baño en los que se puede jugar un partido de fútbol. Mármol, madera, cristales de alta gama, muebles de diseño, electrodomésticos de anuncio, dobles alturas, domótica, metros cuadrados hasta donde alcanza la vista y, lo peor: ni una sola persiana. ¿Saben los que fabrican «este» cine dónde vivimos los españoles? Quizás sí y esto solo obedece a esa suerte de tendencia subterránea de las cinematografías dominantes a ser incapaces de contar una historia —que no sea marcadamente social o hable directamente de algún tipo de marginación o pobreza— ambientada en algo que no sea el ecosistema de la clase alta.

Sea como fuere, existe la excepción a esta norma. Existe un cine español abiertamente dirigido al gran público que ha entendido que puede nutrirse de los espacios locales, conocidos, sin necesidad de «americanizarlos». Seguramente los mejores ejemplos de esta idea son Jaume Balagueró y Paco Plaza —aunque no estaría de más citar La comunidad (Álex de la Iglesia, 2000) como matriz— que, con sus películas (Rec (2007), Mientras duermes (2011) o Verónica (2017), han conseguido darle la vuelta al imaginario terrorífico de las casas encantadas, entendiendo que esos edificios decimonónicos que envejecen en nuestras grandes ciudades tienen tanto o más potencial narrativo y misterioso que un casoplón victoriano en mitad de Kansas. O, por lo menos, son más cercanos a nuestra experiencia: soy incapaz de entrar de noche en un edificio antiguo del Eixample sin, por lo menos, acordarme de Rec.

A esta corriente de espacios patrios encantados se adscribe claramente Malasaña 32 (Albert Pintó, 2020), en la que una familia de tantas que dejó el campo por la capital en la España de los setenta, va a parar a un piso de turbio pasado. A partir de aquí no es difícil suponer que la familia deberá enfrentarse a una presencia maligna que nunca abandonó la casa y que quiere algo que ellos tienen. Apariciones de sopetón, objetos que se mueven solos, cuadros que persiguen con la mirada, mensajes extraños y, sobre todo, efectos de sonido a un volumen altísimo, son los encargados de generar sustos y sobresaltos que, sin embargo, no llegan a cuajar en una sensación de miedo, tensión o siquiera suspense.

Quizás es la dirección de arte lo que más cerca está de conseguir generar una atmósfera de tensión: el vestuario de los personajes —los vestidos veraniegos y coloridos de Amparo, que la señalan desde el principio como un elemento extraño entre tanta oscuridad—, los suelos de madera oscurecida y crepitante, las paredes cubiertas de un papel absolutamente ennegrecido, los muebles de otra época o la instalación eléctrica chisporroteante e ineficaz. Detalles que, aunque seguramente sean lo más positivo y cuidado de la película, tampoco consiguen escapar de cierto imaginario tópico y dotar a la cinta de un carácter propio que la destaque.

Irónicamente, este es el mayor problema al que se enfrenta Malasaña 32, el mismo que sufren los Olmedo en su nuevo hogar: pretende hacer suyo un espacio pensado, construido, decorado, amueblado y habitado por otros cuya presencia se manifiesta a cada momento. El uso de las herramientas habituales del género se abusa hasta el cliché, dejando la originalidad y la capacidad de sorpresa reducidas a un giro de guión bastante efectista y a un final que es cualquier cosa.

Por cierto, lo realmente terrorífico de la película es cómo la familia tiene que seguir adelante, pagar su hipoteca y fichar puntuales en el trabajo, porque la rueda no espera a nadie y un trauma familiar de proporciones sobrenaturales no es excusa para dejar de producir. Eso sí que es aterrador, pero, me temo, ya será en otra película.

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Entrevista a Thomas Heise

Desde Contrapicado y con la colaboración de La Costa Comunicació, en el marco de L'Alternativa 2019 Festival Internacional de Cinema Independent de Barcelona, entrevistamos al documentalista germano Thomas Heise. El cineasta alemán es una de las voces más arriesgadas actualmente en el terreno del documental y esencial en la reconstrucción de la Historia reciente de Europa por obras como Material (2009) y Heimat is a space in time (Heimat ist ein Raum aus Zeit, 2019).

Entrevista realizada por Xavier Montoriol
Grabación: Aaron Cabañas
Intérprete: Lia Giralt Paradell
Edición y montaje: Marla Jacarilla
Agradecimientos: L'Alternativa Festival de Cinema Independent de Barcelona, Júlia Talarn (La Costa Comunicació), Jordi Martínez (Filmoteca de Catalunya), Belén Amérigo, Jaume Rodríguez, Anna Moreno.

 

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