Asian Film Festival 2019, películas destacadas (I)

Doce días de proyecciones en las salas de los Cines Girona, un ciclo dedicado a Yasujirō Ozu en la Filmoteca de Catalunya, proyecciones el el Caixaforum y en otras ubicaciones de Barcelona, un monográfico de cine iraní, más de un centenar de largometrajes procedentes de veinticinco países, cuatro jurados internacionales y un jurado joven. Estos son solo algunos de los datos con los que nos abruma la séptima edición de este festival organizado por Casa Asia. Otro más, que crece cuantitativamente cada año que pasa.

Uno de los mayores dilemas que a menudo se nos presenta en la vida es tener que elegir entre cantidad y calidad. En un momento en el que las producciones cinematográficas son cada vez más numerosas y el ansia por verlas crece en la mayoría de cinéfilos, consumimos películas como quien consume fast food, elevamos a la categoría de obra maestra películas que un año después quedan en el olvido y nos lamentamos de que el último filme de nuestro director favorito no haya obtenido la recaudación esperada. Tal vez, debido a que tuvo que competir con veinte estrenos simultáneos que también intentaban hacerse un hueco en taquilla y sobrevivir en cartel más de una semana. Que vivimos tiempos de hiperproducción es innegable, del mismo modo que dicha hiperproducción está contradictoria e inherentemente ligada a una inevitable precariedad. Y este hecho no es tan solo aplicable al campo del cine, claro está. Intentad aplicar esta fórmula en casi cualquier otro ámbito y veréis como funciona.

Lo bueno de esta hiperproducción es que, al menos en apariencia, amplia las posibilidades de elección del espectador. Lo malo es que, por un lado, no todas las películas compiten en igualdad de condiciones (en este caso los blockbusters juegan con una innegable ventaja), y por otro, que el espectador se ve inevitablemente abrumado ante la excesiva oferta y necesita aferrarse a un clavo ardiendo que le diga lo que ha de ver –¿nos hemos vuelto más perezosos o acaso nos sentimos algo desbordados?–. Dicho clavo ardiendo puede ser Netflix, Filmin, Movistar, HBO, un prestigioso festival cualquiera o un amigo cinéfilo; pero el caso es que, cada vez más, recurrimos a algún tipo de filtro previo (por arbitrario que este sea) antes de ver una película. Después de todo, la vida es breve, ¿no? ¿Para qué malgastarlo viendo películas que no vayan a despertar nuestro interés?

Hay festivales que ponen un especial cuidado en su programación porque saben que cada película programada es una declaración de intenciones. Festivales tal vez pequeños, que saben que la producción cinematográfica contemporánea es inabarcable y por eso se centran tan solo en películas que, por uno u otro motivo, destacan de un modo especial entre el maremágnum cinematográfico. Otros, en cambio, permiten que dicho filtro lo aplique el propio espectador y prefieren darle el máximo de posibilidades a elegir, proyectando el mayor número posible de películas. Películas que, probablemente, jamás volverá a tener la ocasión de ver en pantalla grande. Películas de las que apenas es posible encontrar información. Operas primas con poco recorrido, cine de bajo presupuesto. Películas de lugares de los que poco o más bien nada sabemos, ventanas a un mundo que desconocemos por completo. ¿Cuál de las dos opciones planteadas es más lícita? Me gustaría estar capacitada para responder a esta pregunta, pero por desgracia no lo estoy y dudo que jamás llegue a estarlo. Ambos posicionamientos tienen innegablemente sus ventajas e inconvenientes, y tal vez en la convivencia de ambos modelos podamos encontrar algo parecido a un equilibrio.

Ante la imposibilidad pues, de recorrer las más de cien películas proyectadas durante estos días, me limitaré a hablar de aquellas que, por una u otra razón, han destacado de un modo especial entre el maremágnum.

Invasión (Hojoom, Shahram Mokri, 2017)

En el año 2014, el director iraní Shahram Mokri dejó patidifusa a la audiencia del Festival de Sitges con su segundo largometraje llamado Fish & Cat  (Mahi va gorbeh), una suerte de slasher elíptico y experimental grabado en un único y virtuoso plano secuencia. Con este segundo largometraje, Mokri desafiaba las normas del género para presentarnos un filme tan incalificable como sugerente, tan desconcertante como poético.

Cinco años después, el cineasta repite la proeza con su tercera película. Recurriendo de nuevo al único plano secuencia (en este caso de 100 minutos), Invasión nos muestra una futura sociedad distópica que se enfrenta a un largo eclipse de sol. Una sociedad en la que las vallas y los muros impiden la entrada y salida de los ciudadanos, la rigidez de las normas evidencia una innegable dictadura y una misteriosa enfermedad a la que nadie llama por su nombre está matando a gran parte de la población.

Lejos de intentar construir una distopía al uso, Mokri se lanza al vacío con un planteamiento mucho más arriesgado. Ubicada en su totalidad en el interior de un gimnasio, Invasión juega de modo inteligente y retorcido con las expectativas del espectador, rechazando el uso de una estructura narrativa lineal y haciendo que pasado, presente y futuro se confundan en un mismo instante.

De entrada, la sinopsis de Invasión podría corresponderse con la de un thriller al uso, ya que el punto de partida es nada más y nada menos que un asesinato. Pero no nos dejemos engañar. Al igual que ya hizo en su momento con el slasher en Fish & Cat, Mokri dinamita en este caso los códigos del thriller y nos ofrece de nuevo una obra inclasificable. Porque Invasión no se centra en el asesinato en sí, sino en su eterna, fallida e imposible reconstrucción. Tras la identificación del cadáver por la policía, los agentes obligan al resto de personajes a convertirse en intérpretes y reconstruir, una y otra vez, las circunstancias que propiciaron la muerte de la víctima. Acción y representación se confunden en una suerte de laberíntica función teatral, los roles se intercambian constantemente y la sensación de desorientación es cada vez mayor. La repentina aparición de la andrógina hermana gemela de la víctima complica aun más la historia. La tensión aumenta y las capas de complejidad argumental se acumulan. La censura nos obliga a leer entre líneas, a interpretar la simbología. ¿Se trata de una película de ciencia ficción o de un alegato contra los regímenes totalitarios?

La estructura de Invasión está cuidadosamente planeada para que todo encaje, para que el espectador acabe tan aturdido como fascinado, para que sienta la necesidad de verla una segunda, una tercera, una cuarta vez. La creciente tensión narrativa unida al innegable virtuosismo que implica el acertado uso del plano secuencia aturden los sentidos. La sensación de agotamiento al final de la proyección es solo superada por la impresión de haber visto lo nunca visto, de haber vivido una experiencia única que demuestra que el cine de bajo presupuesto puede sin duda alguna provocar experiencias inolvidables.

        

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