Archivo mensual: noviembre 2019

Asian Film Festival 2019, películas destacadas (III)

Dying to Survive (Wo bu shi yao shen, Muye Wen, 2018)

Ganadora de casi medio centenar de premios en Festivales de cine de todo el mundo, el exitoso debut en el largometraje del joven director chino Muye Wen es un trepidante alegato contra la especulación de las grandes empresas farmacéuticas y en defensa de un sistema de salud pública. A pesar de ser muy crítico con el sistema sanitario de su país, el filme ha logrado esquivar la censura de las autoridades y ha arrasado en la taquilla China, llegando a convertirse en uno de los estrenos más populares del verano.

Dying to survive (la traducción literal de su título original, mucho más sugerente, vendría a significar "No soy el dios de la medicina") narra la odisea de un padre divorciado para conservar la custodia de su hijo, conseguir el dinero suficiente para la urgente operación de su padre y mantener la cordura en una sociedad individualista cada vez más obsesionada por la productividad y el dinero. Podríamos definir a Cheng Yong, protagonista de la historia, como un antihéroe de manual. Farmacéutico fracasado y vendedor ambulante de afrodisiacos, Yong encuentra en un medicamento indio para la leucemia la inesperada solución a todos sus problemas. Un medicamento genérico tan efectivo como el que venden en China, pero infinitamente más barato. Un medicamento que él podría traer de contrabando a su país y que podría salvar la vida de millones de personas (y de paso hacerle rico). O en el peor de los casos, llevarle a la cárcel unos cuántos años. ¿Merece la pena el riesgo?

"Basada en hechos reales". Es esta una frase que precede a numerosas películas y que sirve generalmente para poner alerta nuestros sentidos y acentuar nuestras sospechas.  En este caso, el punto de partida "real" es la historia de Lu Yong, un comerciante diagnosticado de leucemia que, al ver cómo se acababan sus ahorros tras pagar 80.000 dólares por el tratamiento oficial, decidió viajar a la India para conseguir de modo ilegal un medicamento genérico, igualmente efectivo pero infinitamente más económico. Pero lo que empezó como una lucha de supervivencia personal acabó como un gesto heroico que salvó la vida de más de mil personas, ya que Lu Yong se convirtió en el representante de ventas de dicho medicamento en China. Las autoridades, por desgracia, no vieron heroicidad en el comportamiento de Lu Yong, sino una infracción de la ley que le llevaría a la cárcel por tráfico de drogas. Incontables son los casos en los que justicia y legalidad emprenden caminos divergentes, y Dying to Survive describe sin duda uno de ellos, el de miles de personas que dedicaron todos sus ahorros a pagar un carísimo tratamiento para la leucemia que, en otros países, era mucho más barato.

Ante esta frase, "Basado en hechos reales", algunas de las preguntas que inevitablemente acaban por surgir son: ¿Caerá el filme en la pornografía emocional? ¿Desarrollará un maniqueísmo extremo que divida a los protagonistas en buenos y malos? ¿Incitará a los espectadores a la lágrima fácil? ¿Conducirá una música lacrimógena los sentimientos del espectador? ¿Son todas estas presunciones ciertas la mayoría de las veces o no son más que un simple cliché? Afortunadamente, la opera prima de Muye Wen se mueve con habilidad entre la comedia y el drama, esquivando la mayor parte del tiempo todos estos tópicos, aunque bien es cierto que en la última media hora de metraje peca de un excesivo subrayado emocional, supuestamente en pro de un anhelado clímax. A pesar de ello, eso sí, se trata de un prometedor debut que aborda un espinoso tema del que hoy más que nunca, resulta necesario hablar.

            

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Asian Film Festival 2019, películas destacadas (II)

The Wall (Nane Kradod Kampaeng, Boonsong Nakphoo, 2018)

Puede que el nombre del tailandés Boonsong Nakphoo resulte desconocido para la mayoría de nosotros, pero una larga filmografía como director iniciada en 2003 nos (de)muestra sin duda la solidez de su carrera. En The Wall, muchos son los elementos que nos pueden dar una pista respecto a la vasta experiencia que tiene su autor a sus espaldas; no solo como director, sino también como guionista y actor.

Repleta de sutiles pero muy eficaces toques de humor, la película narra una historia (semi)autobiográfica, la de su propio director enfrentándose a la titánica y frustrante tarea de dirigir una película –ambientada en el pasado, para más inri– sin apenas medios, con un escasísimo presupuesto y en un entorno eminentemente rural y precario. Una película para la cual escribió el guion hace nada menos que veinte años. Una película que habla de recuerdos, lugares y personas que ya ni siquiera existen. Una película que habla, cómo no, de fantasmas. Es el propio Nakphoo quien se interpreta a sí mismo en la película y es el propio Nakphoo quien se ha encargado del guion.

La primera secuencia del filme nos muestra una pila de viejas cintas de VHS amontonadas en el suelo de un edificio vacío, aparentemente abandonado. El cine ha cambiado. Ha cambiado la manera de producirlo, de distribuirlo, de consumirlo. Ha cambiado el modo que tenemos de relacionarnos con las imágenes y también nuestra manera de habitar los espacios. Para bien o para mal, ya nada es lo que era.

The Wall no es un filme autobiográfico al uso, el director juguetea hábilmente con los límites de la realidad y la ficción y opta por quedarse justo en medio, en tierra de nadie, en ese pequeño intersticio que es donde más cómodo está. A lo largo de la película aparecerán su madre, sus amigos o sus colaboradores. ¿Están actuando o se limitan a ser ellos mismos? ¿Es el guion una invención o acaso una reproducción de la cotidianidad de Nakphoo? ¿Tal vez ambas cosas? En The Wall, las reflexiones sobre cine se entremezclan con las reflexiones sobre la vida (¿no son acaso lo mismo?) y las rutinas cotidianas más aparentemente intrascendentes (solo aparentemente) impregnan el metraje de la película con ligereza y sensibilidad. Pasado y presente se confunden y presenciamos, durante la infancia del director, el inicio de una historia de amor por el cine que dura hasta el día de hoy.

Numerosos son los filmes que, como The Wall, han reflexionado sobre el propio medio cinematográfico. El cine dentro del cine, un tema que ha fascinado (y sigue fascinando) a incontables cineastas de todos los rincones del mundo. Desde las ya míticas Cantando bajo la lluvia (Singin' in the Rain, Stanley Donen y Gene Kelly, 1952), Ocho y Medio (Otto e mezzo, Federico Fellini, 1963), La Noche Americana (La nuit américaine, François Truffaut, 1973) o Cinema Paradiso (Nuovo Cinema Paradiso, Giuseppe Tornatore, 1988), pasando por The Artist (Michel Hazanavicius, 2011), o incluso películas mucho más arriesgadas y experimentales como El Desprecio (Le Mépris, Jean-Luc Godard, 1963), Arrebato (Iván Zulueta, 1979) o Mulholland Drive (David Lynch, 2001), el cine se ha prestado gustoso a reflexionar sobre su propia condición, ya sea mediante comedias, dramas, thrillers o incluso algún que otro filme de terror.

En este caso, Nakphoo se decanta por una suerte de entrañable realismo, cotidianidad rural impregnada de humor y también de una cierta melancolía. Esa melancolía que añora un tipo de cine, un tipo de experiencia, que probablemente no volverá. Pero a pesar de ello, a pesar de los cambios, a pesar del desánimo, a pesar de esa supuesta y cacareada muerte del cine que nunca acaba de llegar del todo, perdurarán el idealismo, la cabezonería, la lucha persistente por sacar adelante todos aquellos proyectos, tan arriesgados como ilusionantes, que al fin y al cabo "solo" sirven para demostrar que el cine sigue más vivo que nunca. A pesar de todo.

         

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Asian Film Festival 2019, películas destacadas (I)

Doce días de proyecciones en las salas de los Cines Girona, un ciclo dedicado a Yasujirō Ozu en la Filmoteca de Catalunya, proyecciones el el Caixaforum y en otras ubicaciones de Barcelona, un monográfico de cine iraní, más de un centenar de largometrajes procedentes de veinticinco países, cuatro jurados internacionales y un jurado joven. Estos son solo algunos de los datos con los que nos abruma la séptima edición de este festival organizado por Casa Asia. Otro más, que crece cuantitativamente cada año que pasa.

Uno de los mayores dilemas que a menudo se nos presenta en la vida es tener que elegir entre cantidad y calidad. En un momento en el que las producciones cinematográficas son cada vez más numerosas y el ansia por verlas crece en la mayoría de cinéfilos, consumimos películas como quien consume fast food, elevamos a la categoría de obra maestra películas que un año después quedan en el olvido y nos lamentamos de que el último filme de nuestro director favorito no haya obtenido la recaudación esperada. Tal vez, debido a que tuvo que competir con veinte estrenos simultáneos que también intentaban hacerse un hueco en taquilla y sobrevivir en cartel más de una semana. Que vivimos tiempos de hiperproducción es innegable, del mismo modo que dicha hiperproducción está contradictoria e inherentemente ligada a una inevitable precariedad. Y este hecho no es tan solo aplicable al campo del cine, claro está. Intentad aplicar esta fórmula en casi cualquier otro ámbito y veréis como funciona.

Lo bueno de esta hiperproducción es que, al menos en apariencia, amplia las posibilidades de elección del espectador. Lo malo es que, por un lado, no todas las películas compiten en igualdad de condiciones (en este caso los blockbusters juegan con una innegable ventaja), y por otro, que el espectador se ve inevitablemente abrumado ante la excesiva oferta y necesita aferrarse a un clavo ardiendo que le diga lo que ha de ver –¿nos hemos vuelto más perezosos o acaso nos sentimos algo desbordados?–. Dicho clavo ardiendo puede ser Netflix, Filmin, Movistar, HBO, un prestigioso festival cualquiera o un amigo cinéfilo; pero el caso es que, cada vez más, recurrimos a algún tipo de filtro previo (por arbitrario que este sea) antes de ver una película. Después de todo, la vida es breve, ¿no? ¿Para qué malgastarlo viendo películas que no vayan a despertar nuestro interés?

Hay festivales que ponen un especial cuidado en su programación porque saben que cada película programada es una declaración de intenciones. Festivales tal vez pequeños, que saben que la producción cinematográfica contemporánea es inabarcable y por eso se centran tan solo en películas que, por uno u otro motivo, destacan de un modo especial entre el maremágnum cinematográfico. Otros, en cambio, permiten que dicho filtro lo aplique el propio espectador y prefieren darle el máximo de posibilidades a elegir, proyectando el mayor número posible de películas. Películas que, probablemente, jamás volverá a tener la ocasión de ver en pantalla grande. Películas de las que apenas es posible encontrar información. Operas primas con poco recorrido, cine de bajo presupuesto. Películas de lugares de los que poco o más bien nada sabemos, ventanas a un mundo que desconocemos por completo. ¿Cuál de las dos opciones planteadas es más lícita? Me gustaría estar capacitada para responder a esta pregunta, pero por desgracia no lo estoy y dudo que jamás llegue a estarlo. Ambos posicionamientos tienen innegablemente sus ventajas e inconvenientes, y tal vez en la convivencia de ambos modelos podamos encontrar algo parecido a un equilibrio.

Ante la imposibilidad pues, de recorrer las más de cien películas proyectadas durante estos días, me limitaré a hablar de aquellas que, por una u otra razón, han destacado de un modo especial entre el maremágnum.

Invasión (Hojoom, Shahram Mokri, 2017)

En el año 2014, el director iraní Shahram Mokri dejó patidifusa a la audiencia del Festival de Sitges con su segundo largometraje llamado Fish & Cat  (Mahi va gorbeh), una suerte de slasher elíptico y experimental grabado en un único y virtuoso plano secuencia. Con este segundo largometraje, Mokri desafiaba las normas del género para presentarnos un filme tan incalificable como sugerente, tan desconcertante como poético.

Cinco años después, el cineasta repite la proeza con su tercera película. Recurriendo de nuevo al único plano secuencia (en este caso de 100 minutos), Invasión nos muestra una futura sociedad distópica que se enfrenta a un largo eclipse de sol. Una sociedad en la que las vallas y los muros impiden la entrada y salida de los ciudadanos, la rigidez de las normas evidencia una innegable dictadura y una misteriosa enfermedad a la que nadie llama por su nombre está matando a gran parte de la población.

Lejos de intentar construir una distopía al uso, Mokri se lanza al vacío con un planteamiento mucho más arriesgado. Ubicada en su totalidad en el interior de un gimnasio, Invasión juega de modo inteligente y retorcido con las expectativas del espectador, rechazando el uso de una estructura narrativa lineal y haciendo que pasado, presente y futuro se confundan en un mismo instante.

De entrada, la sinopsis de Invasión podría corresponderse con la de un thriller al uso, ya que el punto de partida es nada más y nada menos que un asesinato. Pero no nos dejemos engañar. Al igual que ya hizo en su momento con el slasher en Fish & Cat, Mokri dinamita en este caso los códigos del thriller y nos ofrece de nuevo una obra inclasificable. Porque Invasión no se centra en el asesinato en sí, sino en su eterna, fallida e imposible reconstrucción. Tras la identificación del cadáver por la policía, los agentes obligan al resto de personajes a convertirse en intérpretes y reconstruir, una y otra vez, las circunstancias que propiciaron la muerte de la víctima. Acción y representación se confunden en una suerte de laberíntica función teatral, los roles se intercambian constantemente y la sensación de desorientación es cada vez mayor. La repentina aparición de la andrógina hermana gemela de la víctima complica aun más la historia. La tensión aumenta y las capas de complejidad argumental se acumulan. La censura nos obliga a leer entre líneas, a interpretar la simbología. ¿Se trata de una película de ciencia ficción o de un alegato contra los regímenes totalitarios?

La estructura de Invasión está cuidadosamente planeada para que todo encaje, para que el espectador acabe tan aturdido como fascinado, para que sienta la necesidad de verla una segunda, una tercera, una cuarta vez. La creciente tensión narrativa unida al innegable virtuosismo que implica el acertado uso del plano secuencia aturden los sentidos. La sensación de agotamiento al final de la proyección es solo superada por la impresión de haber visto lo nunca visto, de haber vivido una experiencia única que demuestra que el cine de bajo presupuesto puede sin duda alguna provocar experiencias inolvidables.

        

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