Archivo mensual: febrero 2019

El libro de imágenes (Le livre d’image, Jean-Luc Godard, 2018)

Imagen y palabra

«Esas flores

entre los rieles

en el confuso viento de los viajes»

En los tiempos que corren, el oscuro pensamiento de la muerte surca nuestras cabezas en no pocas ocasiones: las guerras, las injusticias, los asesinatos, el dinero, la industria… la economía, que fagocita hasta el último rincón de luz. Godard, el mismo que nos deslumbrara hace ya más de 50 años con sus primeros trabajos, aun hoy, siente el deber, la imperiosa necesidad, —y nosotros damos gracias— de enseñarnos qué es el cine; qué es la representación; qué es la imagen; qué es la historia; qué es esto, ante lo que nos enfrentamos, la vida y nosotros mismos. Nos acompaña por su sendero lúcido, pétreo de imágenes y reta al poder, a aquello o aquellos que desde allá arriba nos miran con desprecio y cinismo. Nos susurra al oído:«Los amos del mundo deberían desconfiar de Bécassine, precisamente porque guarda silencio», abogando por un silencio de espera y también de culpa que aguarda a que una fuerza cósmica ordene lo que algunos han destrozado.

Godard ensambla la imagen, su collage de realidad, a través de la memoria y de los hechos. Nos coge de la mano con cariño y humildad y nos enseña la violencia de la imagen, del suceso de telediario, del imperialismo destrozando la vida, de la muerte surcando los mares y los terrenos de oriente. Dado un momento nos revela una imagen acompañada por su voz, especialmente conmovedora: una mujer, moribunda, en su último estertor, a la que están reanimando para interrogarla. Es una enemiga del horror, del reino que somete, y tras observarla, la apesadumbrada voz de Jean-Luc se pregunta y se reponde: «¿Qué van a obtener? Insultos, cantos comunistas, o simplemente gritos de dolor». ¿Qué queda después de ver esto, de ser partícipes de ello?. Nada, no queda nada, la más absoluta vergüenza, y Godard lo sabe. Nada más triste y representativo, a modo de síntesis, que este fragmento de memoria, arrojado con melancolía a su collage del mundo.

Aquí, el director, es conocedor de la fuerza de las imágenes, de su agresividad y su terrible contundencia contra la psique y, claro, qué duda cabe, cuando lo terrible y desasosegante está tan presente en el ahora, en la realidad, no queda otra opción que mostrarlo, sí, pero a través de la inteligencia, de un representación transmutada en pensamiento y susurro, ¡de un acto alquímico! Porque, ¿qué es el cine si no?. Es por ello que Godard no cae en lo abyecto, en utilizar el material de su plegaria cinematográfica como un simple alegato pornográfico y emocional. Y nos dice: «es seguro que la representación, especialmente el acto de representar y de reducir siempre implica una violencia contra el sujeto representado». Es así como Godard huye del efecto arrojadizo de sus imágenes sobre la verdad y por lo tanto las corta, las mutila, las ensambla como si fueran reminiscencias de algo antiguo y desconocido. Porque ya todos sabemos qué son y qué nos están diciendo. Están en nuestra memoria, en nuestro día a día, y su acto es puramente conceptual y poético. Lo emocional, lo sentido, no llega por la naturaleza de esa representación, sino por las relaciones y las palabras que cruzan la imagen; los cortes, las superposiciones, ¡los colores!, sobre todo la remembranza. Ya solo queda una fuerza desatada que grita contra las injusticias, y sobre todo, con y para el mundo árabe, óbice y herramienta, a partes iguales, de la tiranía y el horror. Godard se posiciona en su lugar, junto a ese pueblo, y hace gala de ello; él siempre estará de parte de las bombas, como nos dice en su tercio final. Un pueblo denostado y aturdido por los intereses globales, en el que se asienta la parte más poética de la película, donde el canto triste adquiere sus variantes esperanzadas, su calidez más redentora. Parece decirnos que nuestra salvación pasa por ellos, por los hijos de Alá, y contemplamos un chivo trémulo, acariciado por una amable mano, estampa cálida y anaranjada. ¿Quién no se ve representado en el animal?, pues la mano pareciera ser lo único que nos deja dóciles y tranquilos, esperanzados ante un negro presente. Y es que, como mencionara la voz femenina que también nos acompaña, «no estamos lo suficientemente tristes, nunca, para que el mundo sea mejor».

Es Le Livre d'image un acto de culpa y redención ante un mundo que nos ha tocado atravesar, y culpables somos de todo aquello que surca este sueño. Godard nos propone arrodillarnos con humildad y observar entre las cenizas un hálito esperanzador presente en nuestra posibilidad. Y gritar y enfrentarse, como no, ante la injusticia que intenta someternos. Pero no lo olvidemos, hay que estar lo suficientemente tristes.


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