Archivo mensual: septiembre 2018

Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (27/09/2018)

Jornada 7

Entre dos aguas (Isaki Lacuesta)

¿De qué va? Después de salir de la cárcel, Isra vuelve a su pueblo natal para reencontrarse con su familia y tratar de emprender una vida normal. Allí, su hermano Cheíto sirve a la marina.

¿Y qué tal? Doce años después de La leyenda del tiempo (2006), Isaki Lacuesta vuelve a trabajar junto a su protagonista gitano, Israel Gómez. Como en la trilogía Antes de…, de Richard Linklater, Entre dos aguas se organiza sobre la elipsis que ha mantenido a su protagonista ausente durante doce años.

En el reencuentro del realizador y el actor, los flujos entre la ficción y el documental son tan intensos que resulta imposible tratar de descifrar qué corresponde a cada terreno. El respeto y el afecto con el que Isaki Lacuesta filma a todos sus personajes se respira en cada una de sus secuencias. El plus de verdad de Entre dos aguas no hay que buscarlo discriminando cuáles hechos son reales y cuáles ocurrencias, sino en la mirada del realizador y en el lenguaje de sus personajes. Isra y su hermano Cheíto se entregan a la ficción con un realismo y una naturalidad insuperables, y la película convierte su historia íntima en la crónica social de toda una época. Sin duda, se trata de una película monumental. Viendo el resultado, los doce años de espera entre La leyenda del tiempo y Entre dos aguas han valido cada hora de espera.

 

The Sister Brothers (Jacques Audiard)

¿De qué va? En Estados Unidos, en el año 1850, los hermanos Sister (John C. Reilly y Joaquin Phoenix) persiguen por orden del comodoro a un prospector de oro.

¿Y qué tal? Desde el mismo título, el director francés Jacques Audiard rinde homenaje a las películas de cowboys y forajidos de la edad de oro del western. Aunque no falto de un particular sentido del humor, The Sister Brothers es un relato brutal en el que se puede rastrear la huella de los grandes realizadores del género: Ford, Hawks, Peckinpah… Los disparos de los hermanos Sister son certeros y ensordecedores, y no se compadecen de nadie.

Acompañados por la formidable música de Alexandre Desplat, la dupla C. Reilly / Joaquin Phoenix recorre los paisajes de un salvaje oeste hostil y despiadado. Probablemente el amor fraternal entre ambos personajes sea uno de los rasgos más notables de este western fronterizo, donde los hermanos Sister no dejan de ser dos niños grandes que sueñan con volver bajo el porche familiar.

Cómprame un revólver (Julio Hernández Cordón)

¿De qué va? En un futuro no muy lejano, en el que los narcotraficantes se han hecho con el control de México y las mujeres prácticamente han desaparecido, un padre y su hija malviven en un campo de baseball.

¿Y qué tal? La distopía violenta de Julio Hernández Cordón es como el cuento que un padre contaría a su hija para intentar explicarle la deriva contemporánea. No por casualidad, la protagonista de Cómprame un revólver, Matilde Hernández, es la hija del director de la película.

La narrativa de Mark Twain, los niños perdidos de Peter Pan o el mundo postapocalíptico de Mad Max (George Miller, 1979) son algunos de los elementos con los que trabaja Hernández Cordón en Cómprame un revólver. A ellos se suma una notable afinidad con el videoarte, que da lugar a algunas de las imágenes más originales y fantásticas de su relato. Marcada por la violencia, la película está narrada por una ingenua voz infantil, pero es más bien una llamada de atención, en forma de carta, al mundo adulto.

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (26/09/2018)

Jornada 6

 

Vision (Naomi Kawase)

¿De qué va? Jeanne (Juliette Binoche) viaja a Japón en busca de la “vision”, una planta exótica con cualidades curativas.

¿Y qué tal? Naomi Kawase se pone trascendental en un drama donde la visión occidental se cruza con la filosofía asiática. Más que iluminar a sus figuras, Kawase las baña en una claridad en la que se funden figura y fondo. El paisaje se convierte en un personaje más. En Vision, todos los temas de la obra de la directora nipona aparecen concentrados, casi de manera forzada: la cuestión familiar, la búsqueda de la identidad, la memoria privada, la pasión… Kawase incluso se permite el uso de imágenes que bien podrían haber sido extraídas de su propio imaginario íntimo. Sin embargo, el pensamiento zen de Vision no termina de encajar con la afectada presencia de Binoche, que parece una simple turista, de visita, por los bosques místicos de Japón.


Roma (Alfonso Cuarón)

¿De qué va? La vida de una familia mexicana de clase media durante los años 70.

¿Y qué tal? Si al León de Oro en Venecia sumamos que una de las productoras de Roma es Netflix, podemos hacernos una idea del morbo -o la expectación- desatada por la última película de Alfonso Cuarón. Después de Gravity (2013), el director mexicano vuelve a la Tierra para escribir, filmar y dirigir él mismo la que podría ser su obra más personal, si no la mejor. A la altura de la mejor literatura latina, Roma podría ser perfectamente el equivalente cinematográfico de la obra de Rulfo o García Márquez.

En un blanco y negro preciosista, desde una posición prácticamente frontal y tomando siempre la distancia adecuada, cada fotograma de la película de Cuarón es una postal dentro de un sublime álbum fotográfico. Sin duda, Roma prolonga los principales temas que el director mexicano venía planteando desde películas aparentemente tan alejadas como Hijos de los hombres (Children of Men, 2006), e incluso se sirve de ciertos recursos formales que podrían recordar al despliegue visual de sus anteriores producciones. Un ejercicio interesante sería, quizá, recuperar la filmografía anterior del director bajo la luz de Roma, su obra abiertamente más íntima, no tanto para ver cuánto hay de sus otras películas aquí, sino para ver cuánto hay de Roma en sus anteriores películas.


High Life (Claire Denis)

¿De qué va? Monte (Robert Pattinson) y su hija pequeña vagan por el universo, aislados dentro de una nave espacial.

¿Y qué tal? Siendo “tabú” la primera palabra que el personaje de Robert Pattinson enseña a su hija, y teniendo en cuenta la carrera cinematográfica de Claire Denis, uno puede jugar a intuir por dónde va a desarrollarse la acción. La odisea espacial de High Life tiene todos los elementos constitutivos de la ciencia ficción (la nave espacial, la inmensidad del cosmos, el astronauta a la deriva…), pero todo ello no es más que un pretexto para hablar del ser humano desde un sentimiento atávico. La violencia, la soledad, la supervivencia… En el terror espacial de Claire Denis, lleno de crueldad, sangre y esperma, las prácticas de la Dra. Dibs (Juliette Binoche) están más cerca de los rituales oscuros que de la actividad científica.

Justo ahora, cuando la ciencia ficción está cada vez más obsesionada por el rigor y la aprobación científica -con películas como Gravity (Alfonso Cuarón, 2013), Interstellar (Christopher Nolan, 2014), La llegada (Arrival, Denis Villeneuve, 2016) o First Man (Damien Chazelle, 2018), por ejemplo-, High Life se escora en el lado opuesto. Los ordenadores de la película de Claire Denis son conscientemente falsos, la tecnología es obsoleta, los uniformes espaciales son harapos. Se trata de una ciencia ficción de corte humanista que ya no hace tanto énfasis en la palabra “ciencia” sino en la “ficción”: en la capacidad de ensoñación del ser humano. De ahí los pasajes casi oníricos, el mundo pesadillesco o las licencias que Claire Denis se toma para, después de todo, acabar hablando del ser humano más primitivo. Más cercana a la literatura rusa que a la espectacularidad norteamericana, en High Life los siniestros fantasmas de Los canallas (Les Salauds, Claire Denis, 2013) han vuelto a iluminar los pasillos de Solaris (Andrei Tarkovsky, 1971).

 

Blackkklansman (Spike Lee)

¿De qué va? Un agente de policía negro, Ron Stallworth (John David Washington), se infiltra en el Ku Klux Klan con la ayuda de su compañero judío, Flip Zimmerman (Adam Driver).

¿Y qué tal? La broma telefónica de Spike Lee empieza teniendo su gracia, aunque se agota casi tan rápido como el discurso del director. Durante más de dos horas, Lee insiste una y otra vez en la estupidez de la comunidad redneck y la exaltación de la comunidad negra. Mientras artistas como Barry Jenkins, Ryan Coogler o Jordan Peele (productor de la película de Spike Lee), están transformando la representación de la comunidad afroamericana y generando nuevos debates, el cineasta de Atlanta se queda atrapado en su discurso obsoleto. Curioso, que el director que reprochaba a Quentin Tarantino el convertir el holocausto de la comunidad negra en un spaghetti western, haga ahora una buddy movie con el Ku Klux Klan de fondo.

Por el título de la película en su distribución española, Infiltrado en el KKKlan, uno podría imaginarse la película de Lee como un entretenimiento a la altura del díptico Infiltrados en clase (21 Jump Street, Phil Lord y Christopher Miller, 2012) e Infiltrados en la universidad (22 Jump Street, Phil Lord y Christopher Miller, 2014), pero su dirección es perezosa, y su obsesión por erigirse como monumento de denuncia política le hacen caer en una tediosa solemnidad. Como comedia, Blackkklansman habría sido quizá más interesante si, en lugar de optar por dos horas de sermón moralista y un sentido del humor bochornoso, hubiera seguido el modelo mucho más sofisticado de Dos rubias de pelo en pecho (White Chicks, Keenen Ivory Wayans, 2004).

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (25/09/2018)

Jornada 5

In Fabric (Peter Strickland)

¿De qué va? Durante la temporada de rebajas de una siniestra y misteriosa tienda de ropa, una mujer compra un vestido, sin saber que se trata de una prenda maldita.

¿Y qué tal? En Berberian Sound Studio (2012), Peter Strickland jugaba a deconstruir el giallo a partir del oficio de un diseñador de sonido, que llegaba a Italia para completar la edición de una producción de terror. El comentario sobre la manipulación de la banda sonora terminaba por convertirse, en manos de Strickland, en un increíble estudio autorreferencial sobre la materialidad del filme.

Una de las gracias de Berberian Sound Studio era dejar fuera de campo la película de terror que sus personajes ficticios estaban montando. Pero ahora, con In Fabric, casi podríamos decir que Strickland exhibe aquella cinta que Berberian... ocultaba. ¿Y cuál es el resultado? Un giallo plenamente consciente, en la línea estética de las anteriores películas de Strickland, y en el que un vestido maldito se dedica a atentar contra la vida de todo ser vivo.

In fabric puede ser vista como un lúdico ejercicio de terror y, a la vez, como la crítica a una sociedad de consumo en la que los dependientes se dedican a practicar ritos satánicos y los incautos caen bajo el hechizo asesino de la moda.

Illang: La brigada del lobo (Kim Jee-woon)

¿De qué va? En un futuro no muy lejano, las dos Coreas deciden firmar un tratado de paz y una anexión para poder hacer frente al resto de naciones del mundo. Por supuesto, en el interior del país tardan poco en surgir grupos terroristas como el de La Secta, que se opone a cualquier tipo de unión. Para combatirlos, el gobierno decide crear un equipo de Unidad Especial, entre el que se encuentra La brigada del lobo.

¿Y qué tal? Parece que las adaptaciones recientes al live-action de las obras de Mamoru Oshii no han tenido mucha fortuna. Hace apenas un año, Rupert Sanders estrenaba la irregular Ghost in the shell (2017), con Scarlett Johansson al frente. Y ahora Kim Jee-won hace lo propio con Illang: un enrevesado thriller político con alma de blockbuster, y con una extensa trama comprimida en dos horas largas. Dos horas en las que, frente a cualquier posibilidad narrativa, Kim Jee-woon prefiere poner todo el énfasis en las set-pieces de acción.

Realmente sorprende su inclusión en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián… ¿quizá una concesión hacia una de sus productoras, Netflix, para poder incluir también en la programación la Roma de Alfonso Cuarón?

 

Quién te cantará (Carlos Vermut)

¿De qué va? Tras perder la memoria, la estrella musical Lila (Najwa Nimri) recurre a su mayor fan, Violeta (Eva Llorach) para que le ayude a volver a ser ella.

¿Y qué tal? Con una Concha de Oro en su palmarés, Carlos Vermut vuelve a la competición donostiarra con una historia lineal protagonizada por mujeres, más cercana a su primera película, Diamond Flash (2011), que al modelo puzzle de Magical Girl (2014).

Quién te cantará es un drama identitario que relee magistralmente la obra de Ingmar Bergman, con Persona (1966) como pieza clave. Eva Llorach y Najwa Nimri, que comparten nombre de color en la ficción (Violeta y Lila, respectivamente), destacan en dos interpretaciones increíbles. La película de Vermut conjuga bajo su particular mirada la obra de Kafka, Lynch, Mocedades, Alaska… Con tan solo un desenfoque, Vermut es capaz de borrar de un plumazo la personalidad de cualquiera de sus personajes para volver a reconstruirla en un retrato sobre la vampirización, la fama, el individuo y la pasión, que a pesar de su aparente distanciamiento formal, no hace más que acercarse en el recuerdo a medida que pasa el tiempo. Sin duda una de las películas del año, y quién sabe si la próxima Concha de Oro.

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (24/09/2018)

Jornada 4

Tiempo Después (José Luis Cuerda)

¿De qué va? Aproximadamente en el año 9177 (milenio arriba, milenio abajo), la humanidad sobrevive divida entre aquellos que habitan un lujoso rascacielos y los que sobreviven en un campamento de parados. Todo transcurre con normalidad hasta que, un día, José María (Roberto Álamo) visita el Edificio Representativo con su carro de limones, poniendo patas arriba el orden establecido.

¿Y qué tal? En High-Rise, J.G. Ballard reproducía toda la estructura social occidental en un inmenso rascacielos. Evidentemente, la película de José Luis Cuerda -una secuela espiritual de Amanece, que no es poco (1989)-, se encuentra en las antípodas de la novela de Ballard, pero curiosamente también recurre a la figura del edificio como escenario principal de su futuro distópico.

La reclusión en unas pocas localizaciones, los personajes alegóricos y los diálogos declamados hacen de Tiempo Después, junto con su estructura narrativa dividida en actos, una pieza teatral en clave de comedia. El humor absurdo y trascendental de Cuerda, que ha permanecido intacto al paso del tiempo, se sustenta en los juegos de palabras y la extravagancia, pero resulta tremendamente caduco.

En Tiempo Después podría rastrearse la huella cómica e irreverente de los Monty Python, la sátira de Luis García Berlanga y su trilogía de la familia Leguineche o incluso la que surge a partir de los carruseles de cameos de la saga Torrente; pero en el caso de Cuerda se encuentra situado en un tiempo que resulta anacrónico. Fuera de tiempo, y de lugar, resulta sorprendente e incluso paradójico cómo una pieza ambientada en el futuro está tan anclada en el pasado.


Largo viaje hacia la noche (Bi Gan)

¿De qué va? La travesía de un hombre que regresa a la ciudad de Kaili en busca de una mujer a la que conoció mucho tiempo atrás.

¿Y qué tal? Con solo dos películas, parece que Bi Gan ya ha conseguido consolidarse como uno de los nombres a tener en cuenta en el paisaje cinematográfico contemporáneo. Igual que en su primera obra, Kaili Blues (2015), el director chino vuelve a hacer exhibición de músculo y convierte el tramo final de Largo viaje hacia la noche en un tour de force donde el dispositivo es la principal estrella.

Igual que la obra de Eugene O’Neil de la que toma prestado el título, y como ya hiciera en Kaili Blues, Bi Gan concentra la duración de toda la segunda parte de su Largo viaje hacia la noche en una unidad temporal. En este caso, además, Bi Gan redobla la apuesta: añadiendo a la cuestión formal del plano secuencia el uso de la tecnología 3-D. A mitad de la película, el espectador es invitado a colocarse las gafas 3D y el largo viaje hacia la noche se convierte en una aventura hacia un espacio nuevo y desconocido, como aquel al que accedía Orfeo después de atravesar el espejo. Un espacio marcado por una naturaleza eminentemente alucinada y onírica.

Hasta qué punto es necesario este despliegue visual y cuánto hay de demostración de poder es la pregunta que uno podría hacerse al ver el cambio de formato en plena proyección. Curiosamente, la primera parte de Largo viaje hacia la noche es quizá la más interesante. El uso de los espejos en las composiciones, la iluminación fluorescente, el fluir de los personajes en la historia…Toda una serie de elementos que, en la segunda mitad, quedan supeditados a la tecnología, por ejemplo con el frecuente uso de unas diagonales forzadas y aparentemente justificadas bajo cualquier pretexto (como una partida de ping pong o de billar), todo para acentuar la sensación de profundidad ya marcada por el 3D. Un plano y su contraplano. Tal vez así hay que leer el viaje de Bi Gan: como una narrativa y su respuesta alucinada, donde el sueño del cine produce monstruos digitales.


Viaje al cuarto de una madre (Celia Rico)

¿De qué va? Leonor (Anna Castillo) y su madre, Estrella (Lola Dueñas), viven juntas en un pequeño pueblecito. Leonor sueña con independizarse y volar lejos del nido, mientras Estrella se resiste a la idea de dejar marchar a su hija.

¿Y qué tal? El debut de Celia Rico no tiene nada de novato. Las nuevas voces femeninas que están surgiendo en el nuevo cine español demuestran ya desde su primerísima película una madurez y una sensibilidad únicas.

Al terminar la proyección, durante el diálogo con el equipo, muchas de las intervenciones del público trataban de derribar el concepto de "película pequeña", aludiendo que Viaje al cuarto de una madre es, por el contrario, una película muy grande. Curiosamente, una cosa no excluye la otra, y Celia Rico continuaba reivindicando su largometraje como una obra pequeña, pero no en el sentido de insignificante (que suele ser el pensamiento habitual), sino en relación a los aspectos de su producción y el valor artesanal. Y tenía toda la razón. Viaje al cuarto de una madre es una película genuina, realizada con la delicadeza, el cariño y la autenticidad única de los productos artesanales. Quizá por eso la cuestión de lo artesano, en tanto que manual, está tan presente en la película: desde el oficio de costurera de Estrella hasta el acordeón familiar que toca Leonor, en un emocionante recuerdo del padre ausente.

Las interpretaciones de Lola Dueñas y Anna Castillo brillan en esta película de actrices encerradas en una única localización (la casa), pero el plus de realidad solo es posible por la mirada de Celia Rico. La infinidad de detalles diminutos que pueblan la historia de Rico son precisamente los que engrandecen la historia. Quizá sea una cuestión generacional, pero parece prácticamente imposible no sentirse interpelado por la cotidianeidad y la sinceridad de Viaje al cuarto de una madre. Ojo, porque ésta es una de las películas del año.

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (23/09/2018)

Jornada 3

Yuli (Icíar Bollaín)

¿De qué va? El famoso bailarín cubano Carlos Acosta recuerda su vida y su carrera como artista en clave de biopic.

¿Y qué tal? Cuando el Carlos Acosta de la vida real -que se interpreta a sí mismo- abre uno de sus álbumes de fotos durante un ensayo, la ficción de Bollaín entra en juego para reconstruir la vida del bailarín cubano a modo de flashbacks. Desde su más tierna infancia, la reticencia de Acosta por ir a cualquier academia de baile contrasta con la firme voluntad paterna de potenciar el talento de su hijo. La historia del bailarín que más tarde sería conocido como Yuli es la de un relato de sacrificio y éxito. Un drama perfectamente medido, donde la danza se convierte en una herramienta de sublimación de lo real.


First Man (Damien Chazelle)

¿De qué va? Un recorrido por la vida del astronauta Neil Armstrong durante la década de los sesenta, marcado por su paso por la NASA, que por aquel entonces aceleraba su carrera por llegar a la luna.

¿Y qué tal? En Calígula, Albert Camus presentaba a un emperador romano obsesionado con un único objetivo: conseguir la luna, que para él no era otra cosa que la felicidad. Parece que las ambiciones de Chazelle no andan muy lejos de las del gobernante, y que es plenamente consciente de que para ganarse un lugar en el panteón de los grandes directores también tiene que competir en la carrera espacial. De Kubrick a Nolan, pasando por Scott, Bay o Cuarón, todos han abandonado en algún momento la órbita para explorar los confines del espacio.

Chazelle propone, en su particular visión, una alternativa que en lugar de apostar por la inmensidad del espacio, opta por una visión prácticamente claustrofóbica e introspectiva, llena de primeros planos de su hierático Neil Armstrong (Ryan Gosling), intentando desentrañar las intenciones del famoso astronauta. First Man mantiene como núcleo temático la obsesión principal de Chazelle: el sacrificio.


Girl (Lukas Dhont)

¿De qué va? El día a día de una adolescente transexual que sueña con convertirse en bailarina de ballet.

¿Y qué tal? Parece que el dispositivo formal de los hermanos Dardenne en su trabajo sobre el realismo social no es suficiente para su compatriota, el también belga Lukas Dhont, a la hora de aproximarse a los problemas diarios de la joven transexual Lara (Victor Polster). Dhont necesita llevar su retrato un paso más allá, y Girl, que atrajo numerosos comentarios en su paso por Cannes, termina por dinamitar todo su planteamiento estético -más o menos pudoroso- cuando, en sus últimos compases, decide optar por la agresión más directa y explícita. La doble agresión (moral y psicológica) a la que Dhont somete a su personaje durante todo el metraje: desde la perforación de las orejas o las tortuosas clases de ballet hasta el fugaz acoso sufrido por sus compañeras, concluye con una imagen brutal y cuestionable, que parece más vinculada a un gesto de provocación que a un intento real por comprender a su personaje.


Beautiful Boy (Felix Van Groeningen)

¿De qué va? La relación entre un padre (Steve Carell) y su hijo (Timothée Chalamet) adicto a las drogas.

¿Y qué tal? Desde el mismo momento en que David Sheff (Steve Carell) pide ayuda para intentar comprender a su hijo Nic (Timothée Chalamet) la película de Felix Van Groeningen se convierte en un puzzle donde las piezas del pasado y del presente se entrecruzan, tratando de reagrupar una relación paternofilial en descomposición. Van Groeningen adapta una novela basada a su vez en una historia real, donde las recaídas del joven Nic se convierten en un permanente calvario para padre e hijo. Sin embargo, el drama de Van Groeningen se convierte en un monótono sermón por vías muy transitadas. Y, aunque Steve Carell está a la altura de la figura paternal, Timothée no termina de funcionar como ese hijo pródigo que vuelve a tropezar con la misma piedra una y otra vez.

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (22/09/2018)

Jornada 2

Un hombre fiel (L’homme fidèle, Louis Garrel)

¿De qué va? Cuando Marianne (Laetitia Casta) se queda embarazada, decide abandonar a su amante Abel (Louis Garrel) por Paul, el supuesto padre del niño. Ocho años después, con la repentina muerte del marido, Abel vuelve junto a Marianne. Es entonces cuando la joven Eve (Lily-Rose Depp) entra en juego para confesar su amor por Abel, latente desde la infancia.

¿Y qué tal? Garrel propone una actualización de los códigos de la Nouvelle Vague en clave de comedia romántica. En el triángulo sentimental planteado por el actor y cineasta francés, él mismo decide invertir los roles tradicionales para situarse en el papel de hombre-trofeo. Reducido a la función de sujeto pasivo, el personaje de Abel se somete a las decisiones de las dos figuras femeninas.

En la rueda de prensa, el veterano Jean-Claude Carrière, co-guionista de la película junto a Garrel, contaba cómo en más de cien guiones escritos esta era la primera vez que había utilizado la voice over, ¡y por partida triple! Un recurso narrativo que, aunque fugaz, permite poner de relieve la multiplicidad de puntos de vista en lo que a las relaciones se refiere. Y es que Un hombre fiel no busca ser un tratado de nada, pero en su simpática cotidianeidad -y en apenas una hora y cuarto de duración- da con alguna que otra interesante reflexión sobre los entresijos del amor.


El reino (Rodrigo Sorogoyen)

¿De qué va? Cuando los escándalos de corrupción empiezan a salpicar al exitoso vicesecretario autonómico Manuel López-Vidal (Antonio de la Torre) y su entorno le deja caer en picado, Manuel emprende una huida hacia adelante en la que amenaza con arrasar con todo el tejido político que le rodea.

¿Y qué tal? Que Rodrigo Sorogoyen es actualmente uno de los mejores directores a la hora de dirigir un thriller y generar suspense parece indiscutible. Ahí están, como ejemplos destacados, el tour de force de Que Dios nos perdone (2016) o el tramo final de El reino. En ambas películas sobrevuela la sombra de un director de la talla de David Fincher y, al mismo tiempo, cuentan con un protagonista de lujo como Antonio de la Torre, cuya sola presencia confiere a la escena una dimensión extremadamente física.

En El reino, Sorogoyen apunta su objetivo contra la corrupción política, que se propaga bajo todo el poder como un tejido invisible. “El poder protege el poder” es la frase que se repite como un mantra para cuestionar los mecanismos del sistema. Esta violencia a la que alude la película de Sorogoyen tiene más que ver con la sofisticación del mal que con una violencia directa. Quizá es por eso que el personaje de De la Torre parece más verosímil en su perfil animal, cuando por ejemplo se encara a un grupo de jóvenes, que cuando hay que imaginarlo como político corrupto. O quizá es que Sorogoyen se siente más cómodo rodando un thriller policial que un thriller político y, a causa de ello, poco a poco, su película va evolucionando desde un modelo de intrigas hacia uno mucho más cercano a la trilogía de Bourne. Todo para concluir con un epílogo que pone en evidencia cualquier texto, subtexto o doble lectura. Si, efectivamente, el poder protege el poder, tal vez sería pertinente preguntarse cuál es el papel que juega El reino en todo esto.

Cold War (Pawel Pawlikowski)

¿De qué va? A mediados de los años 50, Wiktor (Tomasz Kot) y Zula (Joanna Kulig) se enamoran, pero su relación se encuentra constantemente torpedeada por el destino, y ellos se ven obligados a separarse y volver a encontrarse a lo largo de las décadas.

¿Y qué tal? Como una relectura de Romeo y Julieta con la Guerra Fría de telón de fondo, la historia de Wiktor y Zula avanza entre elipsis desde su primer encuentro. A cada episodio de su relación le precede una pantalla en negro que, durante apenas unos segundos, suspende el sentido para después retomarlo con sustanciales modificaciones. Cada década presenta nuevos obstáculos a los que la pareja de enamorados se enfrenta una y otra vez. Como ya hiciera en Ida (2013), Pawlikowski trabaja una preciosa fotografía en blanco y negro y compone sus imágenes en un formato estrecho (1.37:1).

Igual que un leitmotiv, la canción tradicional cantada por Zula va evolucionando con el paso de los años. Y, de la misma manera, su relación con Wiktor avanza en el tiempo, abocada a la tragedia, para acabar dirigiéndose “al otro lado, donde las vistas son mejores”. No parece casual la doble alusión a Antonioni: en ese local francés llamado “L’éclipse”, ni en ese campo que queda vacío cuando la pareja de amantes se dirigen a un más allá figurativo. Incomunicación, pasión, trauma… la película de Pawlikowski es un poema tan precioso como trágico.


Alpha, The right to kill (Brillante Mendoza)

¿De qué va? La corrupción de filipinas se extiende al cuerpo de policía. Después de una redada contra un importante narcotraficante, uno de los detectives del cuerpo aprovecha para desviar parte de la droga gracias a su “alfa”, la persona infiltrada.

¿Y qué tal? Con una ensordecedora banda de audio, la película de Brillante Mendoza se presenta como una suerte de John Woo sin recursos, en la era digital. La estructura de Alpha, The right to kill plantea un cine de acción anclado en los lugares comunes: el policía corrupto, el teniente irascible, el traficante de buen corazón, el cabecilla de la mafia… Todo podría ser completamente anodino, de no ser porque es precisamente aquí donde resulta necesario resaltar el valor de la película de Mendoza, que se construye sobre una doble ruina. Por una parte, la ruina de unos arquetipos o de un cine de acción casi reducido ad nauseam al exploitation; por la otra, las ruinas de una Filipinas llena de escombros y desechos.

Un asunto de familia (Shoplifters, Hirokazu Koreeda)

¿De qué va? Osamu (Lily Franky) acoge a una niña que parece haber sido abandonada. Aunque apenas tienen dinero para subsistir, la familia de Osamu sobrevive a base de pequeños hurtos y triquiñuelas, manteniéndose al margen de la justicia. Los vínculos afectivos se van estrechando con el tiempo, hasta que una serie de inesperados acontecimientos dinamita toda la situación.

¿Y qué tal? La maestría de Koreeda a la hora de desarrollar vínculos afectivos entre sus personajes es simplemente insuperable. El mayor drama de Shoplifters, quizá, reside precisamente en la capacidad del director nipón para producir un álbum familiar lleno de preciosas estampas que, finalmente, son sacudidas por una realidad dolorosa sin ser lacrimógena. Koreeda convierte el gesto en monumento, y una acción tan trivial como el juego de manos del pequeño antes de cada hurto se convierte en un ritual. Si en Dos o tres cosas que yo sé de ella (1967) Godard concentraba todo el universo en una taza de café, Koreeda hace lo propio con el mundo familiar y la canica que los pequeños de la familia contemplan. A fin de cuentas, todo es una cuestión de mirada: que cada ojo negocie por sí mismo.

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Donostia Zinemaldia – Festival de Cine de San Sebastián (21/09/2018)

Jornada 1

El amor menos pensado (Juan Vera)

¿De qué va? Cuando el hijo de Marcos (Ricardo Darín) y Ana (Mercedes Morán) se marcha a estudiar a España, el matrimonio argentino se enfrenta a una considerable crisis de pareja. Conscientes del deterioro sentimental, deciden divorciarse y buscar el amor en nuevas aventuras.

¿Y qué tal? No era de extrañar que el debut en la dirección de uno de los productores más prolíficos de comedia romántica argentina fuera una comedia romántica. El responsable de El hijo de la novia (Juan José Campanella, 2002), 2+2 (Diego Kaplan, 2012), Me casé con un boludo (Juan Taratuto, 2016) o Mamá se fue de viaje (Ariel Winograd, 2017), por citar algunos ejemplos, dirige una primera película enrocada en la fórmula clásica del boy meets girl, solvente en su perfil cómico y algo más cuestionable en sus reflexiones sobre lo interpersonal. Ahí quedarán, como pequeña muestra de su humor generacional (especialmente dedicado a los no-nativos digitales), la cita a ciegas del personaje de Darín o esa conversación por chat, vía pantalla dividida, digna de Tienes un e-mail (Nora Ephron, 1998).

Que todo el peso de la película recae en su dúo protagonista es algo de lo que Juan Vera se muestra plenamente consciente cuando, en la primera secuencia, la cámara recorre una biblioteca inmensa hasta posarse en el personaje de Ricardo Darín, el auténtico protagonista de toda esta historia.

 

Apuntes para una película de atracos (Elías León Siminiani)

¿De qué va? Con el cine de atracos en el horizonte, la detención de “el Robin Hood de Vallecas” en 2013 sorprende a Elías León Siminiani y le empuja a filmar un documental sobre uno de los ladrones de bancos más buscados de la última década.

¿Y qué tal? Como ya sucediera en las sobresalientes Límites: 1ª persona (2009) o Mapa (2012), Elías León Siminiani funde su experiencia íntima y sus vivencias personales con el objeto de estudio. El desarrollo del proyecto cinematográfico avanza acompañado de todas las interrogaciones y dudas del cineasta. Si, como afirma Alain Bergala, "toda película es un documental de su propio rodaje", Siminiani muestra las costuras de su largometraje para hacer visible todo ese proceso de producción, construyendo un juego de muñecas rusas donde el documental se convierte en el documental del propio documental.

En este caso, además, a todos estos niveles hay que sumar una nueva capa. Esta tiene que ver con la capacidad autorreflexiva en lo que respecta al trabajo sobre el género y su deconstrucción. El uso de elementos propios del cine de atracos como pueden ser los rótulos, los fragmentos de otras películas y las composiciones musicales, elevan Apuntes para una película de atracos a la categoría de estudio o tesis. La ficción afecta a la puesta en escena de manera más o menos directa a través de citas como la de Rififi (Jules Dassin, 1955), las reconstrucciones de diálogos o incluso con la máscara integral que Siminiani usa para proteger la identidad de su entrevistado. No es que la realidad supere a la ficción: es que cada una se nutre de la otra.

 

Asako I y II (Netemo Sametemo, Ryûsuke Hamaguchi)

¿De qué va? Asako (Erika Karata) se enamora de un joven rebelde, Baku (Masahiro Higashide). A pesar de las advertencias de sus amigos, ella decide empezar a salir con él. Un buen día, Baku desaparece y Asako se marcha a Tokio. Allí conoce a Ryôhei, un chico idéntico a su expareja.

¿Y qué tal? En uno de los momentos de Asako I y II, Ryôhei asiste a una representación de El pato silvestre de Henrik Ibsen pero, justo antes de comenzar la función, un terremoto sacude la sala y la obra queda suspendida. Desde luego, hay muy poco de la crítica de Ibsen en la película de Hamaguchi, donde su protagonista se debate entre el amor de dos hombres interpretados por el mismo actor, pero que son llevados a opuestos psicológicos extremos. Una inestabilidad sentimental, la de Asako, que no se traduce tanto en la planificación (donde la cámara se mantiene generalmente estática), como en las alteraciones del romance clásico.


3 Faces (Se Rokh, Jafar Panahi)

¿De qué va? Una directora de cine (Behnaz Jafari) recibe en su móvil la nota de suicidio de una joven aspirante actriz (Marziyeh Rezaei), que ha visto frustradas sus aspiraciones artísticas por la tradición familiar. Así, Jafari y Panahi emprenden un viaje hacia el pueblo natal de la joven para resolver si el vídeo que han recibido es real o un fake.

¿Y qué tal? Instalado como el conductor de esta particular road movie, Panahi se adentra en una pequeña aldea de Teherán. En ella se suceden los diferentes episodios con los habitantes del pueblo, trazando así un retrato costumbrista de la sociedad iraní.

El coche de Panahi se convierte, como en el cine de Abbas Kiarostami, en la cápsula que atraviesa los caminos escarpados y serpenteantes en busca de sentido. Significativamente, en el caso de 3 Faces, el acceso a la aldea en cuestión es tan estrecho que los vehículos solo pueden pasar de uno en uno. El choque entre las caravanas que entran y las que salen, en definitiva, entre la tradición y el progreso, únicamente puede evitarse cediendo el paso. O avisando con antelación.

Sin embargo, si el principio de 3 Faces podría tener concomitancias con una película como Ten (Abbas Kiarostami, 2002), donde el primer plano se sostiene en el tiempo de forma prolongada, negando el convencional contraplano y produciendo sentido precisamente en su duración, pronto el discurso de Panahi evoluciona hacia otras vías expresivas quizá más convencionales, para volver a ese plano fijo de un paisaje en forma de caligrafía, donde los caminos esquivan el sentido único.

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