Braguino (Clément Cogitore, 2017)

Amenazas en la profundidad de la taiga siberiana

Ubicada en lo más remoto de la taiga siberiana, a 700 Km del pueblo más cercano, vive la familia numerosa de Braguino. Junto con su mujer, se alejó de la sociedad en busca de un lugar en el que ser autosuficiente, vivir al margen de los demás y poder establecer sus propias normas. Donde vive la familia de Braguino, solo se puede acceder en barco o helicóptero. No hay carreteras que delimiten el camino. Allí, la naturaleza se muestra en todo su esplendor, y también en toda su crueldad. Braguino y su familia cazan para alimentarse, para subsistir. La naturalidad pasmosa con la que sus hijos se enfrentan a la muerte es producto de una cotidianidad, de una repetición. Nada hay de sorprendente o ajeno para ellos en la caza de un ser vivo. Sujetan el pato muerto y lo despluman entre juegos y risas. Será su sustento, su alimento. Jamás lo han visto envasado ni introducido en una bandeja de poliestireno, tan solo lo han visto volar por la taiga. Tan habituados a la muerte están, que pueden incluso llevar puestas las zarpas de un oso a modo de zapatillas sin que ello les parezca nada raro.

Los hijos de Braguino viven ajenos a las redes sociales, al último modelo de Iphone o al cantante de moda. Sus juegos tienen la naturaleza como eje central. Nada de videojuegos ni gadgets electrónicos, nada de tecnología. Pero, lejos de convertirse este ambiente en un contexto bucólico, sobre la familia de Braguino planea la sombra de una amenaza. Una amenaza que en realidad son dos. Por un lado los Kiline, una familia que vive al otro lado de la valla y hacia la que sienten una total animadversión. Por otro, los cazadores furtivos, que llegan a la taiga en helicóptero para romper, con su desmesurada avaricia, el equilibro del ecosistema. “Los humanos son los animales más peligrosos de la taiga”, afirma (y no sin razón) el protagonista en un momento determinado del filme. Parece que varios factores externos confluyen para evitar que la utopía sea posible.

La cámara de Clément Cogitore se acerca a los hijos de Braguino. Estos, al no estar sometidos a los horarios que implica la escolarización pueden pasar su tiempo jugando, y lo hacen en una tierra de nadie misteriosa, etérea, en una pequeña isla en medio de la nada que los niños de ambas familias utilizan para jugar. Los pequeños, sin ser capaces de racionalizarla, han heredado la animadversión que existe entre los patriarcas de ambos clanes y mantienen las distancias. Se miran, sí, pero no se dirigen la palabra. Una barrera, no precisamente material, les impide relacionarse.

Formado en la escuela de arte Le Fresnoy, Cogitore concibió inicialmente esta obra como una instalación a doce pantallas que expuso en la galería Le Bal de París. El título original de la misma, Braguino o la comunidad imposible, era bastante más explícito y descriptivo que el actual. Una comunidad imposible, dos familias enfrentadas que no tienen a nadie más, que viven aisladas del resto de la sociedad, que se enfrentan cada día, cual personajes de un cuadro de Friedrich, a la inmensidad de la naturaleza. Que no tienen más remedio que asimilar que la autosuficiencia es en realidad inalcanzable, que el hombre es un lobo para el hombre y que, por mucho que intenten huir, la amenaza siempre les perseguirá. En apenas 50 minutos, el director es capaz de condensar un documental etnográfico que deriva de modo sinuoso hacia el relato de fantasmas. Un relato de tintes hipnóticos, perturbador y distópico, que nos muestra una insólita y angustiosa cotidianidad, tan cercana al universo de Jean Rouch como al de David Lynch.

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