Archivo mensual: julio 2018

Happy End (Michael Haneke, 2017)

La mirada herida

Algo más de un año ha tardado en estrenarse en nuestras pantallas Happy End (Happy End, 2017), la última película de Michael Haneke, tras su cuestionada recepción en el Festival de Cannes de 2017. La actividad a la que se ven sometidos los asistentes a los festivales de la magnitud de Cannes implica en ocasiones juicios precipitados, y cada vez con mayor frecuencia las películas se despachan a golpe de Twitter. Tal vez porque Happy End contiene algunos de los temas analizados por el director en sus anteriores filmes, por contar de nuevo con Jean-Louis Trintignant tras Amor (Amour, 2012), o incluso por el propio título, se extendió la idea de que se trataba de un obra testamentaria, una especie de síntesis, e incluso imitación, de sus anteriores largometrajes. Un titular, una definición rápida para pasar a la siguiente película, cuando lo que parece reclamar Haneke en Happy End es tiempo, un espacio y una distancia suficiente para la reflexión, para absorber los meandros por los que circula esta nueva disección de la burguesía francesa.

Haneke dirige en esta ocasión su implacable mirada hacia los integrantes de la familia Laurent, perteneciente a la alta burguesía industrial del norte de Francia. En un principio parece desconcertar con las distintas líneas argumentales que emprende en su retrato de los integrantes de esta familia en aparente descomposición, evitando el impacto de ciertos momentos perturbadores, presentes en otras de sus películas, pero con resultados no por ello menos demoledores. Experto en la construcción de atmósferas desasosegantes, muestra con su habitual frialdad y distancia a unos personajes incapaces de comunicarse y con una extraña pulsión por el suicidio. Y los sitúa en Calais, una ciudad en torno a la que se extienden los campamentos de los refugiados que intentan llegar al Reino Unido, una realidad que se erige en un potente fuera de campo, puntualmente vislumbrado, pero que siempre parece estar presente. Las pequeñas miserias en las que se hallan inmersos los Laurent parecen evidenciar la dimensión de la tragedia que se vive al otro lado del muro que aísla estos campamentos.

El propio Haneke declaró en Cannes que el origen de Happy End fue el deseo de Jean-Louis Trintignant de ponerse por última vez ante las cámaras bajo su dirección, y fue lo que le empujó a escribir el guión. Haneke ha tenido la generosidad de elaborar una digna función de despedida para el veterano actor, y de reservar los últimos fotogramas del film para uno de los rostros emblemáticos del cine europeo. Presencia en películas fundamentales, Trintignant ha colaborado con cineastas como Rohmer en Mi noche con Maud (Ma nuit chez Maud, 1969), Lelouch en Un hombre y una mujer (Un homme et une femme, 1966) o Bertolucci en El conformista (Il conformista, 1970). Actor de mirada herida, tanto en la pantalla como en la vida –él mismo ha declarado que se siente muerto desde que su hija Marie Trintignant fuese asesinada hace quince años–, realiza un conmovedor esfuerzo en una interpretación que lo vincula a su personaje de Amor. Da vida a Georges Laurent, patriarca de esta familia, embarcado en un viaje hacia el olvido y que desea morir, o al menos, encontrar a alguien que le ayude en ese tránsito.

Happy End parece adquirir su verdadero sentido en la relación que surge entre Georges y su nieta Eve (Fantine Harduin). Este vínculo, recorrido por pulsiones trágicas pero también afectivas, se convierte en el verdadero eje del film, sobre el que confluyen las distintas líneas argumentales y en torno al que el resto de los intérpretes cumplen su cometido de manera impecable. Trintignat y Fantine Harduin son los únicos que tienen verdaderos primeros planos, y los únicos también sobre los que Haneke abandona su luz quirúrgica para arrojar algo de calidez.

Los aires de decadencia de los Laurent recuerdan lejanamente a la familia de industriales retratada por Luchino Visconti en La caída de los dioses (La caduta degle Dei, 1969). Guardan ciertas similitudes, en especial el personaje de Anne (Isabelle Huppert) y la ambigua relación con su hijo Pierre (Franz Rogowski). Este último remite al papel interpretado por Helmut Berger en el film de Visconti, con una similar debilidad de carácter y la duda de que pueda heredar el imperio familiar –si Berger imitaba a Marlene Dietrich, aquí Rogowski se marca un delirante baile en un local nocturno–. El destino de la grotesca familia de La caída de los dioses quedaba ligado al nazismo, mientras que los Laurent se entregarán a una amenaza actual como es la globalización financiera. En cierto momento, no es fortuita la imagen de dos de los personajes de Happy End ante un cartel médico que alerta sobre la transmisión de los virus. La propia familia parece inocular uno de estos virus, que se extiende silenciosamente y que puede acabar por destruirlos. Tal vez sea este el siniestro significado del “happy end” que propone Haneke.

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Braguino (Clément Cogitore, 2017)

Amenazas en la profundidad de la taiga siberiana

Ubicada en lo más remoto de la taiga siberiana, a 700 Km del pueblo más cercano, vive la familia numerosa de Braguino. Junto con su mujer, se alejó de la sociedad en busca de un lugar en el que ser autosuficiente, vivir al margen de los demás y poder establecer sus propias normas. Donde vive la familia de Braguino, solo se puede acceder en barco o helicóptero. No hay carreteras que delimiten el camino. Allí, la naturaleza se muestra en todo su esplendor, y también en toda su crueldad. Braguino y su familia cazan para alimentarse, para subsistir. La naturalidad pasmosa con la que sus hijos se enfrentan a la muerte es producto de una cotidianidad, de una repetición. Nada hay de sorprendente o ajeno para ellos en la caza de un ser vivo. Sujetan el pato muerto y lo despluman entre juegos y risas. Será su sustento, su alimento. Jamás lo han visto envasado ni introducido en una bandeja de poliestireno, tan solo lo han visto volar por la taiga. Tan habituados a la muerte están, que pueden incluso llevar puestas las zarpas de un oso a modo de zapatillas sin que ello les parezca nada raro.

Los hijos de Braguino viven ajenos a las redes sociales, al último modelo de Iphone o al cantante de moda. Sus juegos tienen la naturaleza como eje central. Nada de videojuegos ni gadgets electrónicos, nada de tecnología. Pero, lejos de convertirse este ambiente en un contexto bucólico, sobre la familia de Braguino planea la sombra de una amenaza. Una amenaza que en realidad son dos. Por un lado los Kiline, una familia que vive al otro lado de la valla y hacia la que sienten una total animadversión. Por otro, los cazadores furtivos, que llegan a la taiga en helicóptero para romper, con su desmesurada avaricia, el equilibro del ecosistema. “Los humanos son los animales más peligrosos de la taiga”, afirma (y no sin razón) el protagonista en un momento determinado del filme. Parece que varios factores externos confluyen para evitar que la utopía sea posible.

La cámara de Clément Cogitore se acerca a los hijos de Braguino. Estos, al no estar sometidos a los horarios que implica la escolarización pueden pasar su tiempo jugando, y lo hacen en una tierra de nadie misteriosa, etérea, en una pequeña isla en medio de la nada que los niños de ambas familias utilizan para jugar. Los pequeños, sin ser capaces de racionalizarla, han heredado la animadversión que existe entre los patriarcas de ambos clanes y mantienen las distancias. Se miran, sí, pero no se dirigen la palabra. Una barrera, no precisamente material, les impide relacionarse.

Formado en la escuela de arte Le Fresnoy, Cogitore concibió inicialmente esta obra como una instalación a doce pantallas que expuso en la galería Le Bal de París. El título original de la misma, Braguino o la comunidad imposible, era bastante más explícito y descriptivo que el actual. Una comunidad imposible, dos familias enfrentadas que no tienen a nadie más, que viven aisladas del resto de la sociedad, que se enfrentan cada día, cual personajes de un cuadro de Friedrich, a la inmensidad de la naturaleza. Que no tienen más remedio que asimilar que la autosuficiencia es en realidad inalcanzable, que el hombre es un lobo para el hombre y que, por mucho que intenten huir, la amenaza siempre les perseguirá. En apenas 50 minutos, el director es capaz de condensar un documental etnográfico que deriva de modo sinuoso hacia el relato de fantasmas. Un relato de tintes hipnóticos, perturbador y distópico, que nos muestra una insólita y angustiosa cotidianidad, tan cercana al universo de Jean Rouch como al de David Lynch.

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