Las Guardianas (Xavier Beauvois, 2018)

Después de la Guerra

El director y actor francés Xavier Beauvois logró su mayor reconocimiento, hasta el momento, hace ocho años con la muy estimable De dioses y hombres (Des hommes et des dieux, 2010) –Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes–. Una obra que exploraba, con rigor y lucidez, las trágicas circunstancias desencadenadas por la decisión de un grupo de religiosos franceses de no abandonar el Atlas argelino durante la guerra civil de aquel país. Aquel drama reflexivo, de marcado carácter coral, determinado por el aislamiento de sus integrantes y unas circunstancias históricas concretas, guarda algunos vínculos con su última película Las guardianas (Les gardiennes, 2017). En esta ocasión, Beauvois parte de la novela homónima de Ernest Perochon, publicada en 1924, que se sitúa en la Francia rural durante los años en los que se prolongó la Primera Guerra Mundial, y que refleja el trabajo, tradicionalmente masculino, que tuvieron que asumir las mujeres mientras miles de hombres eran enviados al frente.

Las guardianas remite a aquello que sucede en la transtienda de la historia, y se sitúa en una granja regentada por una mujer, Hortense –Nathalie Baye– y su hija –Laura Smet–, junto a Francine –Iris Bry–, una joven criada en un orfanato, a la que contratan para poder hacer frente al trabajo. El escenario prácticamente único, los vínculos entre mujeres de distintas generaciones y el latente trasfondo bélico remiten, inevitablemente, a De dioses y hombres. Beauvois intenta un nuevo ejercicio de reflexión, de conjunción entre el drama personal y el devenir histórico, creando para ello un marco de exquisita factura y proporcionando el tiempo que considera preciso. Sin embargo, en esta ocasión carece de los profundos dilemas morales a los que estaban sometidos los personajes de De dioses y hombres, limitándose a una trama que resulta endeble y en todo momento previsible.

De esta forma, los personajes de Las guardianas quedan algo perdidos en la sucesión de prolongadas secuencias que recrean con extremo detalle las labores del campo. Unos hermosos planos, inundados por la luz dorada de la siega y los matices cromáticos de las sucesivas estaciones, en los que se repite la soledad de las siluetas femeninas. Resulta innegable la convicción de Beauvois en su planteamiento y en su forma de narrar, en el aliento clásico que pretende imprimir a la historia. Estos planos sostenidos y sus imperceptibles movimientos de cámara consiguen transmitir la sensación de una especie de parálisis. Un periodo de espera en el que todo está supeditado a las noticias del frente, aunque en última instancia, la cámara de Beauvois dilate en exceso este tiempo.

Beauvois confía el papel de Hortense a Nathalie Baye, actriz que acumula una excelente carrera y rostro habitual de su cine, que en esta ocasión se ve perjudicada por un exceso de caracterización. Pese a su entrega, ni su presencia ni la de Laura Smet –madre e hija también en la vida real–, parecen encajar en unos personajes criados en los rigores de un entorno rural, y éste es otro de los obstáculos del film. Una impresión que contrasta con la credibilidad que desprende el resto de los intérpretes, en especial la extraordinaria naturalidad de la debutante Iris Bry, sin duda el mayor acierto de la película.

“Después de la guerra”, “Cuando la guerra termine”… Son palabras que repiten los personajes a lo largo del metraje, y que inciden en esa sensación de la vida en suspenso. El film ha sido recibido en general como un reconocimiento –que lo es– al trabajo no visibilizado de estas mujeres. Además de esta lectura, colocada por el director en un primer plano, el anhelo de ese “después de la guerra” revelará, cuando los hombres vuelvan del frente, el restablecimiento de una prosaica realidad, en la que apenas cambian las circunstancias y los papeles asignados.

El último tramo, construido en torno a la radiante presencia y hermosa voz de Iris Bry, triste y esperanzador al mismo tiempo –y que remite en cierta forma a la escena final de Senderos de gloria (Paths of glory, 1957)–, deja en el aire varias preguntas sobre su incierto futuro. Unas imágenes recorridas por una sugerente ambigüedad, ausente durante el resto del film, que conducen a cuestionarse si algo puede cambiar. Un espléndido acto final de la contienda que compensa, en parte, el vacío en el que parece perderse Beauvois a lo largo del metraje.

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