Archivo mensual: junio 2018

“Xcèntric Cinema. Conversaciones sobre el proceso creativo y la visión fílmica” (Edición de Gonzalo de Lucas, 2018)

Algunas anotaciones sobre todo aquello que las imágenes pueden llegar a ser

Vivimos en una sociedad que funciona cada día de un modo más y más acelerado. Los avances tecnológicos pueden facilitarnos la realización de muchas tareas tediosas, sí, pero también pueden hacer que nos olvidemos del contacto directo con la materia prima durante los procesos de realización (en este caso, de una obra cinematográfica). El uso de técnicas analógicas se ha convertido –en un mundo conquistado por el monopolio del píxel– en una suerte de resistencia no solo física, sino también política e ideológica; en una declaración de principios de aquellos que reivindican la fisicidad del celuloide frente a la inmediatez digital.

Ha quedado ampliamente demostrado que los registros guardados en formato analógico ofrecen una mayor resistencia al paso del tiempo que los digitales (concebidos y diseñados –como cualquier producto realizado en un contexto neoliberal– para durar poco). Sus autores son conscientes de que, probablemente, dichos registros analógicos les sobrevivirán. Tal vez por este motivo cuiden en extremo sus procedimientos creativos, llegándolos incluso a transformar en una suerte de ritual. El libro Xcèntric Cinema. Conversaciones sobre el proceso creativo y la visión fílmica nos introduce en el universo de quince cineastas que han trabajado principalmente con el medio analógico y han desarrollado un corpus cinematográfico que trasciende el hecho narrativo para centrarse en la poesía que las imágenes pueden llegar a destilar, en la reflexión sobre la fisicidad del medio, en conceptos como el montaje, el color, el sonido o la luz. Quince cineastas que abordan la relación del ser humano con el espacio, con la naturaleza, con el paso del tiempo, con el propio medio cinematográfico. Mediante extensas entrevistas a autores como Jonas Mekas, Michael Snow, Carolee Schneemann, Jan Švankmajer o Laida Lertxundi entre otros, este libro reflexiona en profundidad sobre las implicaciones de seguir utilizando el celuloide como materia prima para la elaboración de una obra. Pero también reflexiona sobre las implicaciones de dejar al margen los cánones y códigos impuestos por el cine más narrativo y convencional y adentrarse así en el terreno de la fisicidad y las sensaciones. Un terreno en el que, como dice Gonzalo de Lucas en la introducción del libro, se sustituye la narración por la asociación. Un terreno en el que se invita al espectador a reapropiarse de nuevo de su tiempo y dedicarlo a la reflexión sobre las imágenes que transcurren en pantalla y las relaciones que se establecen entre ellas, a reocupar ese espacio de incertidumbre habitándolo con diversas interpretaciones, a pensar en la infinita potencialidad de las imágenes en movimiento, a ser conscientes de su origen y a preguntarse por sus posibles destinos.

Carolee Schneemann, "Fuses" (1967)

En inglés, la palabra reflection significa tanto reflexión como reflejo. Un hecho aparentemente intrascendente que en realidad nos descubre la posibilidad de asociar diversos aspectos del proceso de percepción de las imágenes. Imágenes que, constituidas a menudo como un supuesto o pretendido reflejo de la realidad, no sirven en el fondo más que para reflexionar sobre la misma. Imágenes latentes, imágenes autobiográficas, imágenes oníricas, imágenes poéticas, imágenes polisémicas, imágenes incompletas, imágenes fantasmagóricas, imágenes libres. Imágenes de la resistencia, de la persistencia, de la fuga y la reinterpretación. Imágenes que podemos tocar con nuestras propias manos, que son capaces de conformar utopías y provocar emociones. Imágenes que resultan, en estos tiempos tan revueltos, más necesarias que nunca.

Michael Snow, "Wavelenght" (1967)

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La fábrica de nada (Pedro Pinho, 2017)

En estas últimas décadas, el cine portugués ha demostrado estar a la vanguardia de un cine social que ha sabido aprovechar las facilidades que brindan las nuevas tecnologías para conjugar sus temáticas comprometidas con propuestas visuales imaginativas y creativas. Esta conexión atípica entre cine social y estéticas innovadoras es también debida a nuevas formas de organización más transversales y flexibles en sus procesos de producción cinematográfica. Un ejemplo claro de ello es la participación del propio director de La fábrica de nada en el diseño de producción de este film.

La fábrica de nada nos explica cómo, en plena noche, los empleados de una factoría de ascensores de Portugal descubren que la cúpula directiva de su propia empresa está sacando la maquinaria a escondidas con el fin de cerrar la fábrica. Mientras empiezan los procesos de despido (a cambio de una mísera retribución después de décadas de trabajo dedicado) los empleados deciden amotinarse en la fábrica y emprender una reivindicación por sus derechos sin saber cuál va a ser el resultado de su lucha.

La fábrica de nada, ganadora del Giraldillo de Oro en la última edición del Festival de Sevilla, nos descubre un cine que de alguna manera exigía su sitio. La productora Terratrema Films, que nace en 2008 en Portugal con una vocación colaborativa entre distintos realizadores y que busca que las necesidades de cada película determinen su modo de producción, trata de mostrarnos en este film de tres horas de duración los cambios en los procesos de producción y organización empresarial actuales producto de esta etapa de transición que nace con la crisis económica y el cambio social y tecnológico. A medida que avanza la película podemos ver cómo la situación de estos trabajadores vive una evolución inesperada: de empleados rasos a desempleados y, finalmente, empresarios involuntarios dueños de una fábrica con exportaciones internacionales.

Pedro Pinho (director de otros documentales como son Bab Sebta, 2008, Um fim do mundo, 2013 y As Cidades e as Trocas, 2014) nos muestra un film híbrido que transita de manera natural y perfectamente entrelazada entre el cine social, el documental y el musical. Una de las imágenes más llamativas del film nos muestra el pueblo en el que viven los empleados con la fábrica que emerge de él como si se tratara del campanario de una iglesia. La fábrica humeante aparece sobre los tejados como símbolo a partir del cuál se han organizado los pueblos y ciudades occidentales desde las colonias industriales hasta la actualidad. La fábrica de nada trata de reflexionar entorno a una etapa de transición hacia un postcapitalismo ya presente y en donde afloran las perversiones del capitalismo ya caduco. Aborda esta etapa de transición entre una época que parece terminar y otra que comienza y que trae consigo el contraste entre las olas de despido despiadadas y las nuevas formas de organización que se alejan de la globalización para acercarse a un modelo de autogestión comunitaria y local.

Nos hallamos, por lo tanto, ante un film político, no solo en su contendido sino también en su forma. Como si siguiera los postulados del Grupo Dziga Vertov, en el que Jean-Luc Godard reivinidicaba que el cine político había que hacerlo políticamente, el film de Pedro Pihno desjerarquiza las imágenes del film igual que los trabajadores deconstruyen la jerarquía capitalista en que se organiza la fábrica.

Esta descontextualización formal de las imágenes se aprecia en su narrativa cambiante que afecta a todos los elementos que conforman la puesta en escena, desde interpretaciones que parecen improvisadas y que se entremezclan con entrevistas mirando a cámara con un evidente tono documental, hasta la forma en la que los obreros se reapropian de la maquinaria y del espacio, convirtiendo la fábrica en un espacio de recreo. De igual modo, escenas musicales a modo coral en los escenarios de la fábrica de ascensores encumbran irónicamente la figura  rasa del obrero a la altura de una gran estrella del star system.

La fábrica de nada, por lo tanto, mantiene los postulados de un cine político no solo en su contenido y en su estructura de producción cinematográfica, sino también en su forma,  en su proceso creativo y su narrativa.  Podemos decir, más que nunca en este caso, que la estética se ha convertido en una ética.

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