Archivo mensual: enero 2018

‘El mundo invisible de Hayao Miyazaki’ de Laura Montero Plata. T. Dolmen Editorial

El libro El mundo invisible de Hayao Miyazaki es uno de los títulos con los que la editorial Dolmen engrosa su colección de publicaciones especializadas sobre cine, entre las que figuran varios títulos centrados en el cine japonés, varios de ellos referidos a la figura de uno de los padres del Studio Ghibli. La edición que Dolmen ha realizado de la obra de Laura Montero Plata, de 256 páginas y tapa dura, hace bastante apetecible su lectura. El formato del libro, que abierto se asemeja a un A4 apaisado; y su maquetación, con imágenes en los márgenes e inclusión de citas, gráficos y tablas que aclaran o esquematizan el contenido, hacen que El mundo invisible de Hayao Miyazaki se asemeje ligeramente a la imagen que podemos concebir de un libro de texto, lo cual facilitará la tarea del que quiera adentrarse en él como una herramienta de trabajo bibliográfica.

La obra de Montero Plata es un concienzudo trabajo de investigación que da como resultado esta monografía sobre todos aquellos condicionantes y referentes que han moldeado la personal obra del director japonés. La autora es exhaustiva en su texto, apoya su discurso en referentes visuales y citas bibliográficas que dotan de profundidad a su estudio. El tono empleado a la hora de escribir responde a las exigencias académicas, en tanto que es un abordaje de la materia que implica una profunda pormenorización de cuantiosa información; sin embargo, aunque haya una gran densidad de conocimiento en juego, no está puesto sobre el papel de manera  pretenciosa o intencionadamente farragosa, sino con la mayor claridad, lo que facilita una lectura con tantos datos.

Montero Plata divide el texto en cinco capítulos —más introducción y epílogo—que, a su vez, se subdividen en varios epígrafes. Los capítulos conforman una catalogación de los diferentes tipos de referentes y condicionantes de la obra de Miyazaki que la autora ha encontrado. Así, los capítulos se ocupan de la historia general del anime, de los referentes provenientes de la literatura, de los provenientes de la cultura y el folklore, de la construcción y el funcionamiento narrativo de los personajes de Miyazaki, y de los flujos autorreferenciales que se producen dentro de su propia obra.

Este viaje compartimentado a través de la obra de Miyazaki no solo permite comprenderla mejor como creación aislada, sino también como una manifestación artística en contacto y retroalimentación con muchas otras, sacando a la luz conexiones y retroalimentaciones que no siempre son evidentes. Montero Plata ha escarbado más allá de los presumibles antecedentes de la ilustración japonesa y el manga para establecer otros diálogos, por ejemplo, con la ilustración occidental de libros como “Alicia en el País de las Maravillas” o de las series de dibujos animadas clásicas estadounidenses.

De la misma manera, en el capítulo dedicado a la influencia del riquísimo folklore japonés en el cine de Miyazaki, se explora un asunto que, si bien puede intuirse superficialmente al ver las películas —no solo las de Miyazaki; es bastante común que el cine y la animación japonesa beban mucho de sus tradiciones y leyendas populares—, se profundiza y se pormenoriza, diseccionando, de nuevo, los referentes y exponiéndolos de una manera realmente atractiva.

Como comentaba, en el último capítulo Montero Plata se dedica a crear una red de conexiones internas de Miyazaki con el propio Miyazaki, a crear puentes entre las piezas de su obra, lo que, ante todo, resulta una prueba irrefutable de la solidez y consistencia de la obra del director japonés, que resiste —y permite— un análisis interno tan exhaustivo y extenso.

Es de agradecer que Laura Montero Plata se haya puesto el traje de buzo y se haya inmerso en un océano tan basto y fascinante. Hubiera sido fácil —y no la primera vez que se hiciera— hacer acopio de los muchos lugares comunes y superficiales que se han generado ya sobre la figura y obra de un director tan popular de Miyazaki. Afortunadamente, no es el caso, y El mundo invisible de Hayao Miyazaki nos permite ir maravillándonos página a página, aprovechándonos de su estructura para poder ir abordándolo de una manera consultiva y de estudio; disfrutando, no solo de un sinfín de datos y conclusiones interesantes, sino de un buen trabajo de investigación realizado desde la vocación de enseñar y no desde la de llenar páginas. Lo cual, es mucho.

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Tres anuncios en las afueras (Three Billboards Outside Ebbing, Missouri; Martin McDonagh, 2017)

La importancia de los personajes

El sur de Estados Unidos se ha convertido en el escenario cinematográfico predilecto para la exploración de todo tipo de traumas, individuales o de pequeñas sociedades cerradas. Tensiones acrecentadas por una filosofía de vida muy marcada por el individualismo radical, que acrecenta el odio hacia el otro a la vez que justifica cualquier acción, fuera de lo legal o lo ético, que vaya en beneficio propio. Es en este contexto de pensamiento —y acción— en el que se sitúa Tres anuncios en las afueras, la última película de Martin McDonagh (Siete psicópatas (2012), Escondidos en Brujas (2008)), una película que muestra la historia de una madre coraje (Frances McDormand) dispuesta a que el escabroso crimen que acabó con la vida de su hija no caiga en el olvido y la inactividad policial. Una antiheroína que, sin duda, haría las delicias de todas las «reinas de las mañanas» televisivas de este país.

Quizás la apuesta más fuerte que ha realizado McDonagh en esta película, y la causa de la mayoría de sus alabanzas, es una hibridación de géneros bastante atípica, en la que el thriller policiaco y la comedia negra se unen de manera bastante tosca. No hay un thriller paródico ni una fusión en degradado de elementos de uno y otro género, sino una superposición de escenas en las que varía drásticamente el tono, creando un resultado final efectivo pero desconcertante.

En este vaivén tonal se diluye considerablemente cualquier intención crítica o moralista que McDonagh pudiera haber diseñado. Es cierto que hay apuntes críticos con las formas y los abusos de poder de la policía, especialmente contra la población negra, pero también es cierto que eso termina por ser no más que una débil señalización, que acaba con una cierta redención de todo punto incomprensible.

Igualmente tosco resulta en ocasiones un guión que recurre, en demasiados momentos, a giros drásticos que terminan por no producir ningún efecto sobre la evolución de una trama policial bastante ramplona, llena de lugares comunes en los que cualquiera hemos estado un centenar de veces. Más acierto hay, sin embargo, en la parte cómica de la película, capaz de generar un humor tremendamente oscuro y ácido, por lo general bastante bien hilado, que da frescor y un punto de interés bastante importante a la cinta.

Pero, sin duda, el gran acierto de Tres anuncios en las afueras son sus personajes. Aquí no solo no hay ningún pero, sino que no cabe otra cosa que la alabanza. La reducida pero potente fauna de Ebbing, Missouri, es el gran potencial de la película. Una serie de personajes que, de modos diferentes, definen y encarnan el individualismo sureño, a la vez que tienen que convivir entre ellos y, de algún modo, complementarse. Todos ellos dignamente defendidos por un muy buen reparto, del que sobresalen sobremanera Frances McDormand y Sam Rockwell, encarnando a la madre coraje y a un policía excesivamente violento y torpe. Ambos son los grandes pilares sobre los que se sostiene todo el edificio de Tres anuncios en las afueras, Sus gestos, sus acciones, su presencia en la pantalla, todo lo que tiene que ver con su trabajo interpretativo eleva la película a otro nivel y, sin duda, justifica una parte de la lluvia de buenas críticas que está recibiendo.

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