El sacrificio de un ciervo sagrado (The Killing of a Sacred Deer, Yorgos Lanthimos, 2017)

Justos por pecadores

El cine griego siempre ha tenido una cierta situación de fragilidad dentro del ámbito europeo. Pese a que en su mercado interno las cifras no son malas, no posee una industria especialmente prolífica, y los conflictos sociopolíticos de su historia reciente no le han ayudado. Así, el éxito internacional de la cinematografía griega ha dependido en gran parte de la emersión de algún autor de renombre, como fue el caso de Theo Angelopoulos en la última parte del siglo XX. Tras la  muerte de Angelopoulos, y con Costa-Gavras realizando la práctica totalidad de sus obras en el entorno francés, Grecia se enfrentaba a un posible vacío internacional por ausencia de un autor con presencia en el mercado europeo. Afortunadamente para los griegos, apareció una figura que evitó este vacío: Yorgos Lanthimos.

Lanthimos dio el gran salto al éxito de crítica con su segunda película, Canino (2009), que tuvo presencia en varios festivales internacionales, entre ellos Cannes y los Oscar. Desde entonces, el griego es uno de los nombres fijos del circuito festivalero que sustenta la industria cinematográfica europea. En sus dos últimas películas, Langosta (2015) y esta El sacrificio de un ciervo sagrado, Lanthimos ha empezado a experimentar un viaje que le aparta del contexto griego, apostando por varios nombres del star-system hollywoodiense e, incluso, trasladando la producción al Reino Unido. Está por ver si esta emigración es definitiva y al cine griego le toca buscar un nuevo hijo pródigo.

En El sacrificio de un ciervo sagrado, Lanthimos no solo continúa con la deriva anglosajona que inició en Langosta. Además, prueba con un tono diferente al que nos tiene acostumbrados, renunciando a un cierto humor muy oscuro que recorría sus otras cintas, y apostando más por la creación de una atmósfera tensa a partir de la angustia, bastante bien reforzada por una incómoda banda sonora que recuerda a las estridencias de Mica Levi o György Ligeti.

La película es una historia de venganza que envuelve a un neurocirujano (Colin Farrell), su mujer (Nicole Kidman), sus dos hijos, y el hijo de uno de los pacientes del primero, fallecido en quirófano (Barry Keoghan). Todo enmarcado en unos espacios que transitan entre un hospital privado de lujo y una gran mansión, creando una suerte de marco aséptico cuyas luces y tonalidades blancas aumentan la sensación de extrañeza incómoda.

El tono aséptico no se limita a una concepción visual del espacio. También las interpretaciones del reparto adquieren este cariz. Hay que esperar hasta bien avanzada la situación para ver a Colin Farrell sufrir un impulso pasional y, por otro lado, Nicole Kidman sigue en su habitual estado de aparente eterna apatía. Solo Barry Keoghan es capaz de transmitir —siempre desde la calma y renunciando a lo histriónico— los complejos sentimientos que asolan a su personaje.

Lanthimos crea una película en la que no solo está presente el concepto de venganza. El rencor, los secretos familiares, los pequeños gestos de desprecio cotidiano, las iras sofocadas durante años…Todo un mapa de pequeños generadores de violencia que se retroalimentan y se alinean en silencio formando frágil una hilera de fichas de dominó a la espera de que caiga la primera. La violencia, por tanto, en todas sus formas, sobrevuela la cinta, la permea, y es tratada de una manera que hibrida lo doméstico con lo aséptico, lo que hace que la obra de Lanthinos se aproxime más que nunca a un thriller de los que acostumbra a proponer Michael Haneke.

El sacrificio de un ciervo sagrado hace un uso exitoso de los mecanismos del suspense, con un tono deliberadamente sobrio, frío y, en ocasiones, inexpresivo, que puede resultar por momentos fallido pero que, en otros, refuerza una incomodidad y una incapacidad de empatía con cualquiera de los personajes si  n los cuales la atmósfera pretendida por Lanthimos sería inalcanzable.

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