Sólo se vive una vez (Federico Cueva, 2017)

Cine sin ganas

El director argentino Federico Cueva debuta en el largometraje narrando la historia de Leo (Peter Lanzani), un estafador de poca monta que se ve envuelto en un truculento asunto relacionado con las mafias de la industria cárnica. Para huir de la persecución de diversos y peligrosos sicarios, Leo se refugia —como el Harrison Ford de Único Testigo (Peter Weir, 1985)— en el seno de una comunidad religiosa, en este caso, judía.

Solo se vive una vez se articula así como una comedia de acción en la que el protagonista, con la destreza que le ha dado la vida en la calle, debe sobreponerse a una persecución armada y una serie de intentos de atentar contra su vida; a la vez que debe intentar preservar una identidad judía que, a todas luces, es absurda e insostenible.

La película de Cueva no se desprende de los tópicos habituales relacionados con el género, ni como comedia de enredo ni como cinta de acción. El uso de los mecanismos recurrentes, por otra parte, tampoco se produce de una manera notable o mediante una ejecución virtuosa. No hay más que ver, por ejemplo, las sucesivas escenas de tiroteos, en las que cientos de balas de gran calibre —disparadas entre dos personas que no se encuentran a más distancia que 50 metros y sin prácticamente ningún obstáculo entre ellos— sobrevuelan el total del espacio excepto, claro, el blanco. Escenas que dejan aquellos tiroteos inverosímiles de la acción ochentera del Equipo A[1] como divertidas exageraciones. La pirotecnia habitual de este tipo de dispositivos no logra ocultar una falta de sentido estético a la hora de utilizar unas imágenes que, por otra parte, son del tipo que permite crear un mayor despliegue visual.

Como comedia, si cabe, las flaquezas son más evidentes. Los diálogos del protagonista carecen del carisma achacable a un héroe de acción, mientras que los secundarios, incluso los destinados a ocupar el rol de compañero cómico —el más destacado, un rabino paranoico que busca destapar la identidad del protagonista— tampoco consiguen que los numerosos intentos de momentos cómicos lleguen a buen término.

La guinda al despropósito en la ejecución de Solo se vive una vez quizá viene de la mano de la inclusión de las «estrellas europeas» que, sin duda, obedece a lógicas empresariales de la industria. Gérard Depardieu, Santiago Segura, Carlos Areces y Hugo Silva dotan al cartel de la película de un cierto caché internacional —atendiendo, sobre todo, al mercado español— pero, desgraciadamente, su aportación se queda ahí: en el papel. Depardieu interpreta al rudo jefe de la mafia, al villano, limitándose a ser una presencia desagradable que infunde miedo. Segura, por su parte, es una suerte de Waylon Smithers, el asistente del villano; un papel que desempeña con una actuación algo histriónica e incómoda que hace ver al actor algo desconectado de su personaje. Areces y Silva ponen un plus a sus actuaciones imitando acentos (argentino y árabe, respectivamente) que, seguro, se podían haber evitado.

Se puede entender que hay muchas decisiones económicas que han llevado a esta película a ser lo que es. Es más fácil achacar el fracaso de una obra cinematográfica a su mal entendimiento por parte de los que buscan únicamente su rentabilidad, que provoca que la gente con real talento o vocación que participa en su producción active el piloto automático y no se implique demasiado con su calidad. Desconozco si es el caso de Solo se vive una vez, pero, desde luego, sería su única excusa posible.

[1] Serie de TV creada por Stephen J. Cannell y Frank Lupo, y que se emitió originalmente en Estados Unidos entre 1983 y 1987.

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