Wilson (Craig Johnson, 2017)

Benditos desgraciados

Daniel Clowes es uno de esos dibujantes de cómic que ha conseguido desarrollar un estilo propio con marcas autorales tan definidas que es fácil reconocerle solo viendo una de sus viñetas. Lógicamente, no es el único autor de cómic que lo ha conseguido. Sin embargo, sí que hay algo más de mérito y excepcionalidad en el hecho de que las adaptaciones cinematográficas de sus trabajos sean capaces de trasladar esas marcas desde la página hasta la pantalla, hasta el punto que, con ver una imagen, se intuye la presencia de Clowes en la producción. Sus dos primeros trabajos adaptados, Ghost World (2001) y Art School Confidential (2006) corrieron a cargo del mismo director, Terry Zwigoff, por lo que podía presumirse que la «estética Clowes cinematográfica» era fruto de una fuerte comunión entre el tándem Zwigoff-Clowes. Esta presunción se desmonta cuando, ahora, aparece el tercer trabajo adaptado del dibujante, Wilson, y en la dirección ya no figura Zwigoff, sino Craig Johnson (The Skeleton Twins, True Adolescents)[1], pero la esencia de las viñetas de Clowes sigue estando intacta.

Wilson, protagonizada por Woody Harrelson, es la historia de uno de esos personajes cuyo maltrato de las convenciones sociales convierte en un auténtico bicho raro. La aburrida y desdichada vida de Wilson se altera cuando se reencuentra con su ex-mujer, Pippi (Laura Dern), y esta le confiesa que no abortó el bebé que ambos esperaban hace diecisiete años. Dio a luz y entregó a la niña en adopción: Wilson es padre y quiere conocer a su hija.

Muchos pueden apresurarse a tildar a Wilson de misántropo o asocial, cuando lo que le confiere el punto peculiar de su personalidad es, curiosamente, ser tan social que no respeta los límites establecidos en las relaciones interpersonales, algo especialmente molesto para una cultura como la estadounidense, en la que esos límites son especialmente marcados e importantes: habla con desconocidos, inicia conversaciones con gente que lee, escucha música o mira el ordenador, o se pone al lado de otro hombre en unos servicios públicos y habla sobre ello. En cualquier caso, Wilson es un personaje repudiado de entrada que, sin embargo, logra obtener su sitio en la vida de los demás a través de una personalidad que, aunque torpe y molesta, denota una nobleza excepcional.

La construcción de este personaje es de vital importancia, no en vano las tiras cómicas y la película llevan su nombre. Clowes se encuentra cómodo —especialmente en este caso— creando historias mixtas entre aquella división de “tramas” y “personajes”: no estamos ante el soberbio Paterson (2016) de Jarmusch —aunque ambos protagonistas comparten una importante cantidad de parecidos—, en el que se pone en juego la supervivencia de un conductor de autobuses a través de la rutina. Tampoco estamos ante el Kong: la isla calavera (2017) de Vogt-Roberts, en el que la acción se sucede sin descanso y los personajes quedan relegados a elementos accesorios y casi planos. Wilson se mueve en ese medio camino entre los personajes fuertes que centran la atención en cómo sus personalidades se adaptan al entorno, y los giros de guión que les colocan como protagonistas de sucesos alejados de la cotidianidad.

La esencia de Wilson es la desgracia. Todos los personajes, incluso los que aparecen con vidas teóricamente satisfactorias, son unos desgraciados, y donde los habitantes de Paterson tenían que pelearse con la rutina, los compañeros de aventuras de Wilson deben hacerlo con la desdicha. “No siempre seremos unos desgraciados”, dice la espectacular Laura Dern en un momento determinado. Parece que Clowes ha sido más benevolente trabajando con Johnson que cuando lo hacía con los rotuladores, y, al final, sí que hay algo de esa redención que en el cómic no queda tan clara. Sea como fuere, el potencial de Wilson es sumergirte y aprender a vivir —conformismos a parte— en un mundo en el que, probablemente, siempre seas un desgraciado.

[1] Films de 2014 y 2009, respectivamente.

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