Archivo mensual: marzo 2017

Últimos días en el desierto (Last Days in the Desert, Rodrigo García, 2015)

Vagando hacia ninguna parte

Últimos días en el desierto relata el pasaje bíblico en el cual se produce el peregrinaje de Jesucristo por el desierto. Ewan McGregor da vida a Jesús en su vagar, esperando la llamada de Dios para encontrar el sentido a su viaje en ayunas hacia ninguna parte. Durante este ir y venir entre paisajes terrosos y áridos, Jesucristo tendrá que enfrentarse a algo aún más peligroso que el sol, el hambre o la sed: las tentaciones del diablo, personaje que también encarna el propio McGregor. En su caminar, el hijo de Dios se cruza con una familia, una pareja y su hijo, que luchan por sobrevivir al agresivo entorno y a la enfermedad. Jesús permanecerá con ellos, ayudándoles en sus tareas y resistiéndose a un diablo que no se lo pondrá fácil.

La dirección de Últimos días en el desierto corre a cargo de Rodrigo García, director colombiano que ha empleado la práctica totalidad de su carrera colaborando en grandes proyectos televisivos estadounidenses, como Los Soprano[1], A dos metros bajo tierra[2] o Carnivàle[3], y que afronta con el presente filme, su séptimo largometraje. Parece, a pesar de ello, tratarse de un director con poca presencia autoral en su trabajo, más cercano a la figura de un artesano profesional que a la de un autor con fuerte personalidad. La falta de un estilo fuerte desde la dirección, puede ser el factor que determine que la gran presencia estética que marca una forma reconocible en la película, venga de otro departamento de la producción del filme, concretamente, desde la dirección de fotografía.

A nadie se le escapa, a poco que transcurren unas pocas escenas de la película, que tras la fotografía de Últimos días en el desierto se encuentra el aclamado Emmanuel Lubezki, al menos, no para quién sepa intuir el reconocible estilo del director de fotografía mejicano. Imágenes en las que el paisaje cobra un gran protagonismo, en el que las formas trazan unas líneas de fuga que sitúan el horizonte casi en el infinito, donde se juega continuamente con las fotogénicas luces del amanecer y el atardecer. Una fotografía que en las escenas nocturnas apuesta por la arriesgada, aunque bellísima, iluminación natural mediante velas y hogueras. En definitiva, todas las marcas que Lubezki imprime en sus películas que permiten reconocer una manera de hacer.

Hay algo llamativo en el estilo de Lubezki. Algo que se puede observar en sus últimas colaboraciones. Uno podría pensar que un director de fotografía, incluso uno con un hábito de trabajo tan claro como el suyo, solo influiría en el apartado visual de la cinta, en su “estética”. Sin embargo, las películas con participación del mejicano suelen tener algo más, su estilo parece afectar a toda la narrativa de la obra; como si ese uso de la luz y del espacio solo pudiera dar cabida a un cine “trascendental”, metafísico, en el que personajes vagan contra los elementos y los diálogos, que se vuelven escasos, solo pudieran emitirse mediante susurros. Piensen en El Renacido (Iñárritu, 2015), en Gravity (Cuarón, 2013) y, sobre todo, en el cine de Terrence Malick, que es donde parece que se sitúa el origen de su estilo.

Últimos días en el desierto sigue esta lógica de explorar lo místico y lo humano “a lo Malick”, con su estilo visual, pero también con su estilo narrativo. McGregor camina, sufre y susurra. Ayuda a quien lo necesita y resiste al mal. La historia la sabemos, también su desenlace, al que nos lleva una elipsis que nos transporta de las puertas de Jerusalén a la cruz. En la última escena se introduce una coda, un salto al presente en el que unos turistas se fotografían en el valle donde dos mil años atrás se hallaba el sepulto del hijo de Dios: ¿Crítica a la frivolidad?, ¿reivindicación de una figura que considera García no está debidamente puesta en valor? Queda abierto a interpretaciones.

[1] The Sopranos (David Chase, 1999-2007)

[2] Six Feet Under (Alan Ball, 2001-2005)

[3] Ídem (Daniel Knauf, 2003-2005)

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La comunidad de los corazones rotos (Asphalte, Samuel Benchetrit, 2015)

La soledad llama a hacerse compañía

Un edificio cuya fachada indica que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que alguien se preocupó por repararlo. Gris, como el cielo de cualquier barrio anónimo de extrarradio en el invierno francés. Este es el emplazamiento en el que van a sucederse una serie de encuentros curiosos. Esta es La comunidad de los corazones rotos. La película de Samuel Benchetrit, basada en la novela “Corazones de asfalto”, del propio Benchetrit, nos presenta las historias de tres extrañas parejas. La conjunción de personajes que, a priori, son incompatibles, lleva dando frutos en multitud de géneros cinematográficos desde el principio de los tiempos: desde las parejas cómicas del slapstick, hasta las buddy movies policiacas o de acción, pasando por las incombustibles comedias románticas. La comunidad de los corazones rotos no explora de manera purista ninguno de estos géneros, sino que transita entre el drama de seis personas solitarias y la comedia de la convivencia entre desconocidos.

Sternkowitz (Gustave Kervern) es un grandullón solitario que tiene la mala fortuna de sufrir una lesión en las piernas justo después de ser el único vecino en oponerse a pagar el arreglo del ascensor y estar vetado a su uso. La utilización clandestina del ascensor le obliga a salir de madrugada a buscar comida en las máquinas del hospital cercano donde conoce a una enfermera (Valéria Bruni-Tedeschi) que acostumbra a salir a fumar en el descanso de sus guardias.

Jeanne Meyer (Isabelle Huppert) es una actriz venida a menos que decide mudarse al edificio mientras experimenta un tiempo muerto en su carrera profesional. Allí conoce a su vecino de enfrente, Charly (Jules Benchetrit), un adolescente que subsiste sin más presencia materna que una nota y un poco de dinero.

La señora Hamida (Tassadit Mandi) vive sola en compañía de la televisión y las telenovelas hasta que recibe la más extraña de las visitas: la de John McKenzie (Michael Pitt) un astronauta de la NASA que en su retorno del espacio aterriza en la azotea.

El amor entre mentiras e inseguridades de Sternkowitz y la enfermera, la extraña conversión de los encuentros entre Jeanne y Charly en momentos materno-filiales, y la comprensión emocional —a pesar de la incomprensión idiomática— entre Hamida y McKenzie, son las tres peculiares relaciones que se configuran a partir de una base común: la necesidad del otro que sufre un corazón solitario. Tres encuentros entre polos opuestos que, como tales, se atraen necesariamente, en torno a los que gira una cinta sin moralejas ni finales felices. Incluso podría decirse que sin finales de ningún tipo, porque la vida —siempre que no intervenga la muerte— no se acaba: cambia y continúa, y nunca se sabe si una despedida va a convertirse en reencuentro o un encuentro en despedida.

La película va intercalando las historias casi a modo de gags largos, con un tono humorístico con cierto aire de extrañamiento e, incluso, de surrealismo. Un humor muy similar al explotado en el cine del director sueco Roy Andersson[1]. También la factura visual de la película de Benchetrit es similar a la del cine de Andersson, con planos fijos y relativamente abiertos, una composición normalmente estática, interpretaciones sólidas y serias (pese a estar experimentando en ocasiones momentos cómicos) y una paleta de color que tiende a los grises y a la desaturación.

La comunidad de los corazones rotos es una ventana por la que asomarse brevemente a cómo vivimos y gestionamos la soledad. Es un viaje por la construcción de una relación desde sus cimientos, asistiendo a las pequeñas comodidades y confianzas que van surgiendo de la tensión incómoda del desconocimiento. Es una comedia que no está pensada para aliviar un momento dramático, sino para acompañarlo indisociablemente. Una película irónica, que consigue la empatía y la ternura hacia sus personajes sin un ápice de compasión, lo cual, es mucho.

[1] Guionista y director de Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (En duva satt på en gren och funderade på tillvaron, 2014) y La comedia de la vida (Du Levande, 2007), entre otras.

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Doña Clara (Aquarius, Kleber Mendonça Filho, 2016)

Amar en tiempos del dinero

Doña Clara (Sonia Braga) es una crítica musical retirada que, a sus 65 años, vive en su casa de toda la vida, en el edificio Aquarius, frente a una de las playas de Recife. Una empresa constructora ha comprado todo el viejo edificio de apartamentos para derribarlo y construir un nuevo proyecto. Clara, como aquellos irreductibles galos, resiste y se niega a abandonar su casa, aunque ello suponga un fuerte enfrentamiento con la empresa.

El director Kleber Mendonça Filho ha declarado que la idea para llevar a cabo Doña Clara le vino tras recibir varias llamadas de teleoperadores intentando venderle suscripciones. “Me sentí atacado por el mercado, que obliga a la gente a comprar cosas que no quieren”. En efecto, a Clara el mercado y el “progreso” le obligan a hacer algo que no quiere: desprenderse de sus raíces en virtud del beneficio del capitalista de turno. Su oposición al cambio, sin embargo, no es fruto de una mentalidad reaccionaria que tome por mantra aquello de “lo antiguo es siempre mejor que lo nuevo”. Esto queda magistralmente expuesto cuando, al atender una entrevista en su casa, rodeada de una inmensa colección de vinilos y cintas de cassette que haría las delicias de cualquier melómano, explica que no tiene ningún reparo en utilizar también formatos digitales, reproductores portátiles o consumir música en streaming. La tradición y la modernidad, el apego por las raíces y el disfrute de lo que la modernidad aporta, conviven casi de manera utópica en Clara.

En efecto, Clara es una suerte de Juana de Arco que lucha contra el mercado y transmite una lección de la importancia del afecto a los lugares, a los momentos y a los objetos —afecto, este último, especialmente presente en la película—, por encima de la importancia del dinero. No es menos cierto, sin embargo, que es una mujer económicamente acomodada, que vive en un buen barrio, que cuenta con una asistenta y que, en definitiva, puede permitirse —en el sentido económico de la palabra— rechazar suculentas cantidades de dinero. Creo que es importante tener esto presente, puesto que no es lo mismo poder luchar por tu dignidad que tener que luchar por tu dignidad, como podría ser el caso de la estupenda La estrategia del caracol (Sergio Cabrera, 1993) en la que una comunidad de vecinos de uno de los barrios más pobres de Bogotá deben enfrentarse, como Clara, al especulador capitalista. Digo esto, no como motivo de menosprecio a la película de Mendonça Filho, sino como invitación a la reflexión sobre cómo representamos las realidades, sobre qué implicaciones tiene que, cuando un director de un país con tanta desigualdad como Brasil decide contar una historia sobre oposición al capital, la sitúe en un contexto socioeconómico determinado y no en otro, y cómo puede afectar esto al discurso.

Mendonça Filho construye sabiamente su particular edificio imagen tras imagen. Lo llena de elementos visuales de los que nos suelen gustar a todos, como habitaciones acogedoras, estanterías llenas de música, un tocadiscos o una vieja cómoda llena de historias. Lo hace habitar por personajes fáciles de querer, ya sea por su constante amabilidad y ternura en el trato, o porque, de un modo u otro, todos son guapos y agradables de ver. Lo sitúa en primera línea de una playa tropical, inundando sus ventanas con la inimitable luz que otorga el sol veraniego en los parajes costeros. Y, por si fuera poco, hace sonar una bella selección musical, propia del lugar donde vive una apasionada de la música. ¿Quién no iba a querer, en estas condiciones, quedarse a vivir y a resistir por siempre en el Aquarius?

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Kong: La Isla Calavera (Jordan Vogt-Roberts, 2017)

Vuelve el rey

Después de rescatar a Godzilla en el 2014, Warners Bros. y Legendary Pictures vuelven a traer a la pantalla a uno de los grandes monstruos del cine, el legendario King Kong. El gorila de proporciones desorbitadas fue una de las primeras criaturas en habitar lo que luego se ha denominado como «cine de monstruos», que conforma por sí solo una suerte de subgénero híbrido entre acción y aventuras. Desde aquella primera versión de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack estrenada en 1933, son innumerables los remakes, adaptaciones y guiños que se le han hecho, por lo que, para afrontar una nueva cinta sobre el legendario animal, había que introducir alguna variación.

Kong: La Isla Calavera toma el testigo del King Kong de Peter Jackson (2005), que supuso la irrupción de la animación y la imagen digital en la historia de Kong. Esta nueva película, dirigida por Jordan Vogt-Roberts —un director con escaso recorrido en la industria cinematográfica de los que suele gustar para poner al frente de un blockbuster en el que la autoría del realizador es lo de menos—, ahonda en el uso de la técnica digital, llenando la película de paisajes, criaturas y movimientos de cámara imposibles en los que se intuye la pantalla verde.

La trama de Kong: La Isla Calavera da un cambio significativo con respecto al clásico de 1933 y la película de Jackson. Esta vez no nos encontramos ante un equipo de rodaje que visita una isla en busca de localizaciones y encuentra una tribu que venera a un gorila gigante, que acaba siendo capturado para su exhibición y posterior lío. Esta vez estamos ante un grupo de investigadores —de uno de estos grupos secretos y extravagantes del gobierno americano que tan fácil nos resulta imaginar— que conocen la existencia de la isla y del monstruo, y emprenden una expedición para recopilar pruebas. A su expedición se suman una periodista (Brie Larson) y un guía mercenario (Tom Hiddleston) que acaba siendo el prototipo de personaje aventurero que siempre tiene todo bajo control. El último elemento que le falta al grupo viene dado por la nueva ambientación temporal de la película: comienza el día en que termina la guerra de Vietnam. Cuando el destacamento del general Packard (Samuel L. Jackson) está listo para volver a casa, reciben la orden de escoltar a la expedición de la Isla Calavera.

Esta nueva temporalidad es el gran condicionante para todo el dispositivo formal de la película, que nos presentará la atmósfera del sudeste asiático con todos los clichés que estableció Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979): grandes soles ardientes, formaciones de helicópteros, napalm, música rock, barcazas por los ríos y soldados con un repertorio infinito de frases ocurrentes. Al cambiar Vietnam por la Isla Calavera (una isla teóricamente situada en el Pacífico sur), los paisajes son prácticamente idénticos, por lo que Kong: La Isla Calavera se convierte en una película con estética de cine bélico sobre Vietnam en la que combaten criaturas inmensas. No es poca cosa.

Como se decía en un momento de Jurassic World (Colin Trevorrow, 2015) bastante autorreferencial: cuando uno se acostumbra a los dinosaurios hace falta darle uno más grande, más espectacular y más terrorífico. Efectivamente, el gorila es más grande. “Kong sigue creciendo”, dice en un momento de la película Hank Marlow (John C. Reilly) —un piloto de la Segunda Guerra Mundial que se estrelló en la isla y aparece en la ayuda de la expedición, como el marinero Ben Gunn en La isla del tesoro—, como si dicha frase apelara a que en cada entrega de Kong existiera una necesidad de hacerlo más grande y más espectacular. Pero no solo el monstruo es más grande, sino que hay más monstruos. Todo tipo de seres gigantescos en la superficie y bajo la misma, que darán alguna escena de lucha titánica entre monstruos al más puro estilo del cine de kaiju japonés.

Esta nueva entrega acelera los tiempos respecto a la original de 1933, pese a ser considerablemente más larga. En aquella, el monstruo tardaba cuarenta y tres (!) minutos en aparecer. Casi media película, en la que su presencia se va anunciando mediante fueras de campo, insinuaciones en los diálogos y por medio de una banda sonora que reproduce con percusión los pasos de un ser gigante. En Kong: La Isla Calavera, el monstruo aparece en toda su magnitud en el primer minuto de película. No se hace de rogar, porque mientras que en 1933 se jugaba con el suspense y la tensión de lo desconocido (“qué será lo que espera ver”, dice uno de los marineros cuando la actriz de la expedición está ensayando un grito desbocado a bordo del barco), en 2017 lo que prima es la acción, que el monstruo se vea y cuanto más mejor, y haciendo cosas lo más espectaculares posibles. La película de Vogt-Robers sigue, por tanto, la lógica del cine de acción, por lo que imprime un ritmo bastante rápido a la trama, con diversas escenas de lucha (alguna realmente digna de contemplar sin pestañear), pero también con los momentos necesarios para respirar, reposar y dejar asentar la trama antes de seguir haciéndola avanzar.

Kong: La Isla Calavera renuncia a las imágenes más icónicas que se asocian al personaje: no habrá paseo por el Empire State ni saldrá ninguna rubia de su apartamento por la ventana. Porque eso ya se ha hecho, y mucho. Parece que alguien ha tomado la inteligente decisión de renunciar a explorar territorios ya visitados y se ha limitado a utilizar la potente figura del icónico King Kong para crear una película de aventuras más que interesante.

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