Animales fantásticos y dónde encontrarlos (Fantastic Beasts and Where to Find Them, David Yates, 2016)

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Mismo universo, distinta forma

En estos tiempos en los que secuelas, precuelas, reinicios y remakes se suceden a un ritmo vertiginoso, en los que pocas películas del ámbito de gran presupuesto y público objetivo masivo son concebidas como un producto aislado, sino como una pieza dentro de una serie a explotar, llega Animales fantásticos y dónde encontrarlos, la primera parte de una trilogía que surge como un spin-off y precuela, a la vez, de la saga de Harry Potter.

Cinco años después de la última entrega de la saga original, David Yates vuelve a ser el encargado de llevar a la gran pantalla —grandísima, pues es la primera de la saga en apostar por el rodaje en formato IMAX— el universo mágico escrito por J.K. Rowling. En esta ocasión para situarnos setenta años antes de que se iniciaran los periplos de Harry Potter y narrar las aventuras de Newt Scamander (Eddie Redmayne), un mago que recorre el mundo en busca de criaturas fantásticas para su estudio y protección.

Esta vez la historia se emplaza en Estados Unidos, en el Nueva York de principios de siglo XX. Un Nueva York mágico y muggle (no-mágico) que, a diferencia del fantasioso, colorido y exótico Reino Unido mostrado hasta ahora, se construye a partir de la estética del thriller de gángsters, dando un paso más en la evolución visual que Yates había ido desarrollando en las cuatro últimas entregas del joven mago: una progresiva pérdida del protagonismo de tonos cálidos, colores vivos, iluminación suave y ciertos momentos de planos cuyo único objetivo era el deleite visual de un universo apacible y familiar, creado por Chris Columbus en las dos primeras entregas, para dar paso a un aumento de tonos fríos, sombras más acusadas, cierta sensación de tenebrosidad y una menor riqueza de colores. Sólo se rescata esta estética cálida y luminosa en la única escena que recrea un espacio mágico totalmente al margen de la vida no-mágica, como podía ser aquel Hogwarts o aquel Callejón Diagon: la presentación del despacho-zoológico de Newt Scamander, el interior de su maleta.

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El resto, como decimos, recuerda al cine de gángsters, pero no sólo en lo visual, también en lo narrativo: todo el primer acto narra la trama de una detective apartada de sus funciones por mala praxis pasada que, excediendo sus funciones, atrapa a un delincuente (más culpable de salirse de la norma burocrática que de haber delinquido de verdad) y ambos se ven envueltos —y obligados a cooperar— en una trama mayor que involucra corruptelas políticas y conflicto de intereses, pero con varitas mágicas en lugar de promocionar a Smith&Wesson. Se produce así una sensación de extrañamiento: una película que muestra un mago persiguiendo a todo un bestiario imposible —desde una especie de ornitorrinco cleptómano hasta una serpiente alada que cambia de tamaño, pasando por un hipopótamo-ballena en celo—, diluye la sensación de fantasía para potenciar la de thriller.

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Quizás, tras cinco años de vacío en el mundo de Harry Potter, que han servido para la generación de un fenómeno fan y de un contenido externo al de las novelas y las películas, uno podría esperar una enorme dosis del llamado fanservice, o una retahíla de guiños y citas a la saga original, comunes en otras secuelas y spin-off, pero no es así, y, probablemente, es el mayor acierto de la película: el fanservice se limita a un par de nombres mencionados y un par de reminiscencias sonoras puntuales a la potente e icónica banda sonora compuesta por John Williams para las tres primeras entregas. Yates, o Rowling, o ambos, no han querido hacer un greatest hits, ni una vuelta a los elementos que dieron éxito —aunque presumiblemente en próximas entregas habrá más guiños y citas—. Han apostado por ir a un sitio distinto, por cambiar las formas, por empezar otra historia y reducir los ecos de la saga original al mínimo, sin ser ingenuos, sabiendo que aquellos ecos son los que garantizan o facilitan estos posibles éxitos. El producto final puede ser de mejor o peor calidad, pero hay una intención de valentía, aunque sea moderada, que considero digna de aplaudir. Es un buen paso para salir de un bucle de eterna auto-referencia cinematográfica que empieza a marear.

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