Archivo mensual: mayo 2016

The Tribe (Myroslav Slaboshpytskyi, 2014)

Cuando sobran las palabras

Tras cosechar innumerables premios en festivales de todo el mundo, llega por fin a las carteleras españolas la polémica The Tribe, opera prima de Myroslav Slaboshpytskyi y primera película de ficción que puede presumir de estar filmada íntegramente en lengua de signos y protagonizada por actores no profesionales. No hay subtítulos, voz en off ni traducción alguna para el espectador que desconozca dicha lengua. En concreto, la lengua de signos ucraniana, que es la que utilizan los protagonistas del filme y que poco o nada se parece a la lengua de signos utilizada en otros países. De hecho, ni siquiera el propio director es capaz de utilizarla, y por esta misma razón tuvo que recurrir a la mediación de intérpretes durante todo el rodaje. Pero, aunque en The Tribe no haya palabras, persiste el sonido. El sonido de los golpes, los portazos, los pasos, el motor de la camioneta, las palizas, la respiración de los personajes. El silencio se niega pues, a hacer acto de presencia.

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Uno de los mayores méritos del filme de Slaboshpytskyi es alejarse de todas esas visiones condescendientes que a menudo da el cine respecto a colectivos con alguna minusvalía. Películas que convierten a dichos personajes en santos o en héroes, películas plagadas de buenas intenciones que equivocan la estrategia y acaban dando complacientes visiones distorsionadas que poco o nada tienen que ver con la realidad. The Tribe se posiciona en el lado opuesto y plantea la posibilidad de que el núcleo de uno de estos colectivos pueda esconder tanta podredumbre como cualquier otro. Porque al fin y al cabo, todos somos igual de humanos.

The Tribe es un film arriesgado y excesivo, una pedrada en la cabeza del incauto espectador, una propuesta que no admite opiniones comedidas y es capaz de levantar pasiones y animadversiones a partes iguales. Lo que resulta innegable es, eso sí, la contundencia del resultado. Slaboshpytskyi estructura el filme mediante 34 magistrales planos secuencia que narran la integración de Sergei, un adolescente sordomudo, en una escuela de educación especial que, más que una escuela, parece un infierno en toda regla. En este ambiente considerablemente hostil, robos, violencia y prostitución están a la orden del día, y si Sergei quiere sobrevivir tendrá que adaptarse a las circunstancias, aunque ello implique convertirse en proxeneta de dos adolescentes sordomudas.

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La cámara de Slaboshpytskyi mantiene la distancia respecto a los personajes y huye de los primeros planos y los detalles. Las idas y venidas de los alumnos por los interminables pasillos y escaleras del desvencijado edificio nos hacen pensar en Elephant (Gus Van Sant, 2003), y la sordidez de las relaciones que se establecen entre los protagonistas nos recuerda a Harmony Lessons (Emir Baigazin, 2013). La comunicación entre ellos es, más que gestual, agresiva. Caminan con agresividad, gesticulan con agresividad, se comunican con agresividad, ocupan el plano con agresividad. No sabemos lo que están diciendo, pero sí entendemos lo que está sucediendo. O al menos, eso es lo que queremos creer.

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Hay quien ve en esta decisión de evitar el subtitulado una cierta actitud de prepotencia por parte del director, aunque personalmente (y después de mucho reflexionarlo), me inclino a pensar que no, que su principal intención es demostrar que la comunicación universal es posible, incluso cuando el idioma (en este caso, la lengua de signos de Ucrania) actúa como impedimento. Tal vez se pueda acusar al filme de un excesivo efectismo, de ser algo repetitivo, de buscar la controversia o de abusar de los tics autorales, pero lo que no se puede negar en ningún caso es la radical valentía de tan insólita propuesta.

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Treinta y cinco cosas que recordaré del D’A 2016

Pasada ya la sexta edición del Festival Internacional de Cinema d’Autor de Barcelona y ante la imposibilidad de hablar de todo lo que me gustaría, decido realizar un pequeño ejercicio perequiano y destacar un solo recuerdo de cada una de las películas vistas durante el festival. Ignoro si serán estos los recuerdos que más perdurarán en mi mente. Tal vez, dentro de un par de años, algunos de ellos se hayan borrado y otros permanezcan. Sea como sea, a día de hoy, estas son mis primeras remembranzas cuando la distancia temporal es todavía escasa.

Objetos y palabras

OBJETOS

Recordaré el poster de la película Boy Meets Girl de Leos Carax que aparece en la película Ahora sí, antes no, de Hong Sang–soo, y mis infructuosos intentos de establecer conexiones entre ambas. Abandoné tras el suicidio de 35 neuronas y pensé que tal vez, el director coreano la había elegido tan sólo por el título: Boy Meets Girl. Al fin y al cabo esa es la definición perfecta de muchas de sus películas, ¿no?

Recordaré las dos ollas en las que cocinaba la protagonista de Mountain y la persistente dualidad a la que se aferra la directora de la película durante todo el metraje. Recordaré el Monte de los Olivos, el cementerio judío y, sobre todo, un final tan ambiguo como demoledor.

Recordaré esa infame obra de videoarte que realiza el simpático protagonista de Nasty Baby, y el persistente empeño de numerosos directores en ridiculizar el arte contemporáneo. ¿Qué nos sucede? ¿Por qué no pueden tener el arte contemporáneo y el cine una relación más armónica? ¿Tan difícil es?

Recordaré la frase más impactante y demoledora dicha en Francofonia, el último experimento de Alexandr Sokurov: “Los museos han de estar preparados para la guerra.”

Canciones

CANCIONES

Recordaré la letra de la canción Si un Jour que escucha la protagonista de Baden Baden cuando está conduciendo ese magnífico coche que no es suyo. “Renunciar a la moulinex, convertirse en unisex…” y conducir libre y feliz a toda velocidad. Al menos, hasta que te detenga la policía.

Recordaré los escotes de vértigo que llevaba la predicadora de Mate-me por favor, sus anonadantes modelitos y su desaforado entusiasmo al cantar esas imposibles canciones religiosas de inspiración kitsch.

Recordaré el completo manual de supervivencia que ofrece El perdut y también la irrupción inesperada, dolorosa e innecesaria de la música, arruina­–clímax sin anestesia. Recordaré también cómo cocinar un jabalí. Otra cosa es que sea capaz de hacerlo, claro.

Recordaré a un par de buscadores de tesoros sin demasiado glamour en la Bulgaria contemporánea, un enorme jardín y una suerte de fábula que nos remite de algún modo a la historia del país en cuestión. Especialmente, recordaré la inclusión en la banda sonora de El tesoro del Life is life de Laibach. Un final cuanto menos sorprendente.

Indignaciones

INDIGNACIONES

Recordaré que mi nivel de irritación aumentó considerablemente cuando, al final de la película Bang Gang (Une histoire d’amour moderne), apareció esta temida frase en pantalla: “Este filme está basado en una historia real”. Y yo que pensé que no se podía ser más moralista…

Recordaré un largo listado de frases sonrojantes dignas de manual de tópica historia de amor a la francesa que aparecían en Trois souvenirs de ma jeunesse: “Nunca te olvidaré”, “¿Crees que soy hermosa?”, “Me siento un tonto cada vez que te veo.”, “¿Me llamarás?”, “¿Me escribirás?”, “¿Alguien te amó más que a la propia vida?”, “Si me necesitas, por ti iré al infierno.”, “Si tú existes, significa que no estoy preso dentro de un sueño.”, “Tu rostro contiene todo el sentido del mundo en sus trazos.”, “Tú me haces reír.”, “Estoy feliz cuando te veo.”, “No quiero que te vayas. Siento que me voy a morir.”, “Tengo miedo de perderte.” En fin, a lo mejor había ironía en el asunto y yo no lo entendí.

Recordaré la necesidad imperante del director Guy Édoin de mostrar los pechos de Monica Bellucci en la película Ville-Marie, aunque no fuese siquiera por exigencias del guión. La protagonista va al baño a lavarse la cara, para ello se quita el jersey (¡¡¡!!!) y lleva, como no, ropa interior transparente. ¿En serio era necesario?

Recordaré el continuo sufrimiento que me provocó el no saber si el perro de la familia protagonista de The Fourth Direction lograría sobrevivir entre tanta tensión. Tiros, intentos de envenenamiento, golpes… Siempre cargan con las consecuencias los que menos culpa tienen.

Interrogantes

INTERROGANTES

Recordaré el desconcierto que me provocaba el constante cambio de tono de la película Cegados por el sol y la incertidumbre respecto al personaje que interpreta Tilda Swinton. Cercana a David Bowie si atendemos a los flashbacks de los conciertos en la película, cercana a Céline Dion si nos fijamos en la portada del CD que aparece en un momento del film.

Recordaré el estupor inicial que me provocó John From, mezclado posteriormente con un reconocible sentimiento de empatía. Recordaré también mi propia adolescencia y me lamentaré de que no tuviera tanta magia como la de la protagonista del film de João Nicolau.

Recordaré la infinita curiosidad que han despertado en mí las diversas opiniones respecto a Sangue del mio sangue, película que finalmente no he tenido oportunidad de ver. “Obra maestra”, “bazofia inconmensurable”, “película inclasificable”, “extremo ejercicio de estilo”.

Recordaré las manifestaciones que se muestran en The Event, imágenes de la Rusia de 1991, la desintegración de la unión soviética, el found footage grabado por ocho personas distintas en San Petersburgo. Me recordaré a mí misma buscando la huella autoral de Loznitsa en todo esto.

Momentos

MOMENTOS

Recordaré los guiños cinéfilos de Nos parecía importante. A Godard, a Fassbinder, a Kaurismäki y a muchos otros. Guiños low cost mezclados con metacine tan surrealista como cotidiano.

Recordaré el análisis de sangre que se hacen los protagonistas de Chevalier; sin duda el momento más hilarante de la película, tan absurdo como la vida misma.

Recordaré las conversaciones telefónicas de los marineros de Dead Slow Ahead con sus esposas. El tiempo, la distancia y el vacío. Los silencios, las interferencias y los lugares comunes en las conversaciones. En definitiva, la incomunicación y el dolor.

Recordaré el mágico plano secuencia de Kaili Blues y mi piel de gallina, aun a pesar de las limitaciones técnicas. Recordaré la poesía, el valor intrínseco de los objetos y sus respectivas historias. Recordaré la importancia del tiempo y su efecto irreversible en nuestras vidas. Recordaré comprarme un molinillo de papel y colocarlo junto a la ventana, para que se mueva cuando haga viento y me recuerde que sigo viva y, por lo tanto, todavía puedo soñar.

Recordaré las persistentes reminiscencias presentes en Aloys. Tal vez un poco a Kaurismäki, pero ante todo al cine de Roy Andersson. La sombra del maestro sueco es alargada.

Tensiones

TENSIONES

Recordaré muchos silencios, pocas palabras bastante crípticas, una mujer que aparece de la nada y desaparece sin dejar rastro. Una Helada negra que estropea las cosechas. Una tensión creciente que requiere de una catarsis.

Recordaré la obsesión por el Cosplay de la protagonista de Las plantas, y también sus bailes y coreografías con canciones japonesas de fondo. Recordaré su descubrimiento de la sexualidad. Recordaré esta película como un filme iniciático y turbador.

Recordaré la inquietante ambigüedad del protagonista de La propera pell y la constante tensión que crea a su alrededor. Recordaré el caos idiomático: castellano, catalán, francés… Recordaré lo difícil que nos resulta a los seres humanos comunicarnos. Con palabras o sin ellas.

Recordaré que mi falta de instinto maternal se acentuó durante el visionado de Mi amiga del parque de modo inevitable. Sí, ya sé que el bebé no tiene la culpa de nada de lo que sucede en la película, pero…

Recordaré que mi aversión a las bodas creció un poquito más si cabe tras ver Demon, y que también entendí que la única solución viable para ciertos problemas en ciertos momentos es recurrir a la ingesta de alcohol. De más de 30º, a ser posible. Ya sabéis, si os sentáis en el próximo convite al lado de un endemoniado, tened a mano el vodka. Solo por si acaso.

Satisfacciones

SATISFACCIONES

Recordaré la verborrea incontenida de los protagonistas de Cosmos, el surrealismo elevado a la enésima potencia, el gorrión, el palito, los labios de Catherette, los ojos del protagonista y el espíritu de Wombrowicz, juguetón y autorreferencial.

Recordaré mi dolor de espalda y síndrome de la clase turista tras los 317 minutos de Happy Hour (los años no pasan en balde y yo ya empiezo a tener una edad). Pero por encima de todo recordaré la sencillez y honestidad de la película, la increíble actuación de cuatro mujeres que afirman no ser actrices profesionales y ese momento cumbre del film en el que vemos a un Salaryman llorando en plena calle. Inolvidable.

Recordaré La casa que parece abandonada, pero que no lo está. Esa casa atestada de recuerdos, de imágenes, de apariciones y metáforas. Una casa inaccesible, una historia indescifrable, un director lituano de pocas palabras y un buen puñado de momentos hipnóticos.

Recordaré la extrema fragilidad del anciano Oleg cuando habla y su desbordada energía cuando toca el piano. Recordaré las mucosas y las disonancias, los entrañables y contradictorios ataques al clasicismo y ese mágico recorrido por el pasado de alguien tan excepcional que nos cuesta creer que pueda existir.

Personajes

PERSONAJES

Recordaré al protagonista de Neon Bull y su desubicada obsesión por la moda en un entorno árido y polvoriento. Pensaré en toda esa gente que nunca ha tenido su oportunidad por el mero hecho de no nacer en el lugar adecuado en el momento preciso.

Recordaré la amarga ironía de L’ombre des femmes, su visión desencantada de las relaciones amorosas y también a Pierre, el protagonista, comiéndose una baguette en plena calle. Así, sin aceite ni nada. Pan con pan, comida de tontos. ¿Y quién no ha sido tonto alguna vez en su vida?, ¿eh?, ¿quién?

Recordaré la deriva situacionista de El rastreador de estatuas y su total ausencia de intérpretes en pantalla. Recordaré una voz en off y una serie de anécdotas que acaban por definir el inesperado destino de un viaje sin rumbo aparente.

Recordaré el inconmensurable sufrimiento de la protagonista de Sunset Song; mujer nacida para padecer, aguantar y perdurar, aunque ella misma diga constantemente que lo único que perdura es la tierra.

Recordaré la amistad incondicional de las protagonistas de Much loved. A pesar de las circunstancias adversas, a pesar de que la supervivencia se convierta en todo un reto, a pesar de que ser prostituta en Marruecos no implique en absoluto una vida idílica.

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