D’A 2014 – ‘White Shadow’ (Noaz Deshe, 2013)

Los límites de la comunicación

Diversos minitornados se desplazan sobre un árido paisaje. Parecen surgidos de la nada, coordinados en una misión de limpieza, de depuración. Nuestro protagonista corre a su lado sonriendo hasta que, en suave contrapicado, se funde con uno de ellos. Esta secuencia, que cierra White Shadow, es significativa en cuanto a su retórica poética porque de algún modo metaforiza y ejemplifica todo lo que la película debería haber sido y no es. Este es un cierre de liberación, deliberadamente abierto y que quiere romper con la oscuridad y angustia claustrofóbicas que han presidido el conjunto del film.

En este sentido podríamos hablar de una planificación metódica, de tener las cosas muy claras al respecto de cómo vehicular una película, y en cierto modo su director, el debutante Noaz Deshe, demuestra que tiene una alta capacidad de absorción en cuanto a bagaje y conocimiento del medio cinematográfico. Lynch, Mann, Winding Refn, son algunos de los nombres que resuenan durante todo el metraje, y lo hacen de forma tan evidente que la duda asalta de inmediato al respecto de las intenciones de su director. Porque la sensación es que hay tanta necesidad de mostrar el referente que se olvida por momentos si es necesario usarlo, si narrativamente funcionará. Es por ello que White Shadow, en lo formal, da la impresión de ser un denso y abigarrado conglomerado de pasión cinéfila a destiempo. Algo que podría ser natural en un director novel, como es el caso, pero que, dado su negociado con el contenido argumental, la denuncia sobre los abusos que los llamados albinos sufren en Tanzania, siembra muchas dudas sobre las verdaderas intenciones de lo mostrado.

Y es que la posición de la cámara, su uso, lo que revela y oculta tienen siempre, o deberían tener, una significación más allá de la filigrana estilística. El paradigma de la moralidad del travelling, por antiguo que parezca, sigue vigente, y más cuando hay una pretensión de relacionar causalmente el fondo y la forma. Si se quiere denunciar algo la forma en cómo se muestra es tan importante como qué (y qué no) se muestra, y en White Shadow hay demasiados momentos en que se nota una ausencia clamorosa de sutileza ejemplificada en la visión unidireccional y morbosa de la violencia y la miseria. Por poner un ejemplo, no se entienden las razones por las cuales es oportuno mostrar cuerpos infantiles desmembrados pero ocultar en cambio las barbaridades ejercidas sobre adultos. ¿Es lo mismo mostrar una patada a un adulto vivo que un cuerpo mutilado sin vida de un niño? ¿Se pueden equiparar?

Por desgracia la conclusión última a la que nos induce el film es que su alegato se pierde demasiado en las mareas de lo que podríamos llamar “pornomiseria”. Una tendencia esta en el cine de denuncia social que parece tomar al espectador como un sujeto alienado que necesita una dosis de desgracias al por mayor para captar un mensaje que de otra forma no sería capaz de entender. Y sí, está la cámara, pero tampoco faltan la voz en off y la música subrayadora de la emoción. Y sí, también están el desvío digresivo, la deconstrucción narrativa y la poética del plano evocativo, pero con una funcionalidad más cercana a la coartada artística, al pretexto de inteligencia, que a la construcción sincera.

Como decíamos al principio la secuencia final funciona en tanto que representa las dos almas de la película. La que debiera haber sido, metaforizando claramente el desenlace, contrastando diáfanamente el recorrido vital del protagonista con su destino final, y la que finalmente acaba siendo, una secuencia que dada la amalgama de recursos vistos anteriormente se acaba diluyendo como una más, y que desdibuja toda la poética en un efectismo hasta cierto punto irritante cuando no risible. Ese es quizás el drama de White Shadow, que la película que podía haber sido se intuye y nos apetece verla, la lástima es que quede sepultada bajo el exceso de triunfalismo formal.

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