Sitges 2013 – ‘The Congress’ (Ari Folman, 2013)

Mirando hacia el futuro con ira

El exitoso trabajo previo de Ari Folman, Vals con Bashir (Vals im Bashir, 2008), no invitaba precisamente a esperar de The Congress una fábula optimista acerca de lo que nos depara el futuro. El director israelí explicaba en aquella película un tenebroso episodio de principios de los años ochenta en la Primera Guerra del Líbano en el que el propio director se vio implicado. Aunque me da la impresión de que no se le otorga tanta importancia como, por ejemplo, al esfuerzo de Pixar por dignificar y ampliar los límites del cine de animación, Vals con Bashir juega un papel capital en el desarrollo de este género al conseguir cruzar, con pasmosa habilidad, el cine de animación con el documental y la autobiografía. Es por eso que, personalmente, esperaba mucho de The Congress

… Que, vaya por delante, no es ni una decepción ni una mala película, aunque no me parece digna de tantos elogios como su anterior cinta. Tengo la sensación de que Folman, un poco presionado por ese éxito artístico y comercial que supuso Vals con Bashir (nominación al Oscar incluida), ha decidido poner la directa e intentar sorprender con una combinación de imagen real y de animación. Formalmente, los primeros 45 minutos de película se nos presentan con actores de carne y hueso, para pasar luego al mundo imaginario representado mediante la misma animación lánguida y existencialista de Vals con Bashir.

Hay que reconocerle a The Congress una buena excusa para introducir el mundo real en un contexto que se presupone (por la anterior película de Folman y también por su estrategia de promoción) animado: en un futuro distópico, Robin Wright (que se interpreta a sí misma) decide, ante la falta de papeles y bajo la presión de una carrera plagada de fracasos, aceptar la oferta que le ofrece un poderoso estudio de digitalizar su persona, que pasará a ser propiedad del estudio y hará las películas que al estudio le dé la gana, mientras la verdadera Robin Wright no podrá nunca más volver a actuar en ningún medio y en ninguna parte del mundo y deberá retirarse de por vida a una (bien pagada) existencia anónima. Este argumento permite a Folman exponer una visión desesperanzada y deprimente del futuro, donde las grandes corporaciones han deshumanizado la cultura (notable es, en este sentido, la caracterización del siempre excelente Danny Huston como el ejecutivo depredador del estudio), y donde apenas hay espacio para el contacto personal.

Contra todo pronóstico, esta primera parte de The Congress tiene un peso dramático y una solidez narrativa de la que carece la parte animada. Es en esta primera mitad cuando Robin Wright y Harvey Keitel ofrecen un verdadero recital interpretativo, donde Folman consigue transmitir esa desesperación de la que hablaba antes de un futuro donde la tecnología es capaz de eliminar la vida de las personas, y donde el talento de los tres confluye en la que, sin duda, es la mejor escena de toda la película, la del escaneo del cuerpo de Wright: hay que estar muy atentos aquí tanto a la realización de Folman (que filma el momento alejando o acercando la cámara a la actriz según conviene a la narración) como a las demoledoras interpretaciones de Keitel y especialmente de Wright, en una escena que no cualquier actriz podría haber dotado del dramatismo y la sensibilidad obtenidos.

A partir de la inmersión en el mundo animado, The Congress resbala demasiado y la pérdida de interés es evidente. El discurso futurista de Folman, que en la primera mitad había revelado todas sus intenciones, deviene reiterativo con una progresión argumental predecible y no demasiado original. Seguramente recortando buena parte de sus (a todas luces) excesivos 120 minutos de duración no habría tanto desequilibrio entre una parte y la otra y el balance final sería bastante más satisfactorio. Con todo, estamos ante una apuesta valiente tanto por contenido (algunos de los temas tratados, como la pérdida de identidad o la incomunicación social que provocan los avances tecnológicos, no son agradables y se muestran frontalmente) como por forma (la animación lánguida de Folman está muy, pero que muy lejos de lo que estamos habituados con el cine occidental) y que debería tener una oportunidad en taquilla. Se la merece.

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