Sitges 2013 – ‘Coherence’ (James Ward Byrkit, 2013)

El rompecabezas infinito

Hace unas pocas ediciones, en Sitges se proyectó una película alemana que aún hoy continúa inédita en cines españoles (y van ya…) y a la que poca gente prestó atención en el festival, Die Tür (Anno Saul, 2009). En esta incontestable joya del fantastique del siglo XXI (protagonizada además por el hoy célebre Mads Mikkelsen) se proponía un perverso juego de realidades paralelas y viajes en el tiempo que, créanme, es con toda probabilidad la exploración más compleja y apasionante de este tipo de paradojas temporales desde que Robert Zemeckis sentara cátedra con el díptico que forman Regreso al futuro (Back to the Future, 1985) y Regreso al futuro II (Back to the Future, Part II, 1989). Espero que este año una película de temática adyacente como es Coherence corra mejor suerte y que pueda estrenarse en España, y en este sentido aviso a distribuidores: los responsables corretean estos días por Sitges, así que persíganlos, acósenlos, asédienles, porque aunque la película que se traen entre manos es una cosita muy pero que muy pequeñita en lo que a tamaño se refiere (rodada cámara en mano, con un reducido grupo de actores, apenas una localización interior en una casa, y con una más que evidente modestia de recursos económicos), es muy pero que muy grande en cuanto a resultados.

El arranque de la película es un pelín moroso ya que se toma su tiempo en mostrarnos una reunión de amigos en una casa en la misma noche en la que un cometa pasa tan cerca de la Tierra que es claramente visible sin necesidad de usar telescopio. Pero Coherence, cuando finalmente se decide a enseñar sus cartas, lo hace de una manera frontal que, como espectador, obliga a un visionado activo, una expresión que seguro entenderán los que lean esto y estuvieran en las proyecciones en Sitges de dos célebres películas: Cube (Vincenzo Natali, 1997), y Memento (Christopher Nolan, 2000). Lo que comienza entonces es un endiablado puzzle de realidades paralelas y duplicadas que pone a prueba la capacidad del espectador no tanto para descifrar el misterio que entraña el argumento, un ejercicio que en realidad acaba importando poco, sino –y esto es lo importante y lo realmente apasionante de este tipo de películas– para seguir la narración decodificando cada nuevo paso que enreda aún más el ya de por sí complicado punto de partida. Estamos, pues, ante un sensacional desafío mental que fuerza a proyectar posibles explicaciones a lo que se está viendo en función de los datos que la película va dosificando poco a poco. Y obliga a hacerlo en tiempo real mientras estos acontecimientos pasan en pantalla, lo que lleva a una necesaria agilidad deductiva que convierte a Coherence en un juguete apasionante, una de esas películas que, vistas en cine con público, fácilmente devienen una especie de epifanía colectiva, una revelación, tal y como ocurrió en la proyección en Sitges de las citadas Cube y Memento.

Este juego de realidades paralelas le permite a la película plantear una interesante reflexión acerca de la pérdida de identidad de las personas en el mundo tecnológico 2.0 en el que estamos inmersos. El hecho de que el primer síntoma de que pasa algo raro sea la rotura de las pantallas de los teléfonos móviles de los protagonistas es un indicio acerca de esta crítica a la despersonalización a la que nos arrastran las nuevas tecnologías. Una crítica que adquiere tintes de verdadero terror cuando la situación desemboca en un caos de suplantación múltiple de identidades que remite directamente a La invasión de los ultracuerpos (Invasion of the Body Snatchers, Philip Kaufman, 1978) [1]. Centrada en este ir y venir de doppelgänger, Coherence se convierte en un rompecabezas infinito, un puzzle que no termina ni mucho menos con el final de la proyección sino que se extiende mucho más allá, ya que permite seguir jugando con él y fabricar teorías explicativas cuando la película ya se ha terminado.

Notas:

  1. Por citar una de las cuatro adaptaciones cinematográficas (la que sin duda me parece mejor) de la novela de Jack Finney. 
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