‘Kauwboy’ (Boudewijn Koole, 2012)

Vuelta a una mirada incorrupta

El título de Kauwboy nos sugiere que se trata de una historia relacionada con el western, pero no, esta película no tiene nada que ver con ningún vaquero, sino más bien con un niño que podría jugar a serlo. Jojo es un niño de unos diez años que vive con su padre, ya que su madre está ausente. Según el chico, ella está de gira, pero se hace evidente desde un principio que murió y este recuerdo ha quedado cubierto por una explicación más agradable. El padre de Jojo pasa gran parte del tiempo trabajando fuera de casa, por lo cual no presta demasiada atención a su hijo y, cuando está con él, éste sólo le provoca estallidos de violencia por sus ocurrencias infantiles. Jojo vive, en definitiva, solo y desprovisto de ningún tipo de cariño, por lo cual adoptará como amiga a una cría de grajilla que encuentra en el campo, tan desamparada de su familia como él mismo.

Se podría hablar de la historia de dos crías sin madre, unidas para respaldarse en sus carencias afectivas, o bien de la transición que experimenta un niño en aceptar la falibilidad de los seres vivos, incluso de los más queridos; podríamos hablar sin duda de un proceso hacia la madurez, del encuentro inocente del primer amor y de la dificultad de las relaciones familiares, pero hay algo más allá de todo esto, algo más esencial en cuanto a lo cinematográfico de Kauwboy.

Vivimos de lleno una nueva infancia. Corremos por campos y nos manchamos de pies a cabeza sin que importe lo más mínimo; recreamos pequeñas guerras entre figuras de plástico y objetivos lejanos que no han sido avisados del conflicto; convertimos el hogar en un espacio de experimentación, de ensayo y error de aquello que parece hacer la gente adulta. Volvemos a nuestro origen perceptivo, al punto de vista de un niño.

Cada plano está esbozado con una depuración y una naturalidad analgésicas. El balance, la mirada limpia que equilibra contenido de forma con contenido de vacío se palpa en la esencia vital de las imágenes. Todo parece presentarse con respiración propia, tal y como es en su estado natural.

La forma de mirar, de mostrar, que Koole consigue tiene algo de curioso, de incorrupto. Lo que aquí alcanza parece poder desvincularse de cualquier referencialidad cinematográfica. Como mirada inmaculada, pura, transporta la imagen a un estadio previo de la percepción. Lo que vemos está por descubrir, está pendiente de ser parte significante como lenguaje de un arte. Las formas aprendidas se suspenden parcialmente, y la percepción regresa a un estado básico, en el cual todas las concepciones de lo subconsciente están aún por formarse. El pánico a aquello ajeno, desconocido, como el mismo pájaro, se torna en una curiosidad despreocupada que descubre por primera vez cada elemento y le da el valor que se precia justo, sin prejuicios. Ninguna de las figuras icónicas que podríamos identificar es todavía lo que creemos que es. El padre dominante y furioso y la relación de amor-odio con su hijo es algo que está modelando al propio niño, y la respuesta de éste son berrinches, y no traumas que repercuten a largo plazo. Todo es inevitablemente infantil, pero en un sentido positivo, de frescura, y afrontamos la realidad naturalista que se nos presenta con una perspectiva diferente, la de un niño.

De esta forma, Kauwboy nos plantea muchas cuestiones vitales, repetidas hasta la saciedad en cualquier relato, pero de una forma primigenia, con la ternura de algo por conocer. En cada momento redescubrimos ideas en estado embrionario, mucho menos desarrolladas de lo que ya las creíamos, pero esa simplicidad es lo que les da brillo y pureza. La separación entre lo civilizado y lo salvaje; la plasticidad de los juegos de infancia y el primer beso; el medio acuático como espacio meditativo. Todo tiene un cariz aliviador, algo que aleja el barroquismo de lo construido y nos devuelve a una mirada pura y limpia.

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