‘El último desafío’ (‘The Last Stand’, Kim Jee-woon, 2013)

Arnold a la coreana o el irresistible encanto de paletolandia

No hay que engañarse, el principal reclamo del film es la vuelta de Arnold Schwarzenegger al cine de acción como protagonista absoluto. Más allá de sus simpáticos cameos (aunque más pudiéramos hablar de tanteo, a ver cómo se sentía de nuevo con una ametralladora en las manos) en las dos partes de Los mercenarios (The Expendables, Sylvester Stallone, 2010 / The Expendables 2, Simon West, 2012), El último desafío supone no solo el regreso de Arnie al cine, sino un retorno al terreno del control absoluto de la función. Arnold se erige como el cebo, como el motivo único y exclusivo de que el espectador vaya al cine, entre esperanzado y morboso, para ver si el viejo Arnold sigue siendo el mismo de siempre, es decir, si dispara y reparte estopa con la misma alegre y a la vez hierática forma que antaño.

Una inquietud que podemos resolver satisfactoriamente. No solo estamos ante un regreso en plena forma del ex gobernador de California, sino que lo hace amparándose en los códigos de la vieja escuela: argumento simple, planicie absoluta de los personajes, cero ambigüedades. El bien contra el mal con un único resultado posible. Líneas de diálogo tan acartonadas que más parecen escupidas que habladas. En fin, una galería de tópicos y estereotipos (la galería de secundarios y sus roles respectivos son de traca, especialmente lo de Eduardo Noriega como narcotraficante con menos credibilidad que en su anuncio de tónica) que nos retrotraen a un cierto estilo de cine de acción ochentero, algo demodé, pero que al mismo tiempo provoca ciertas sonrisas cómplices por la ternura de la propuesta. Sí, puede que todo tenga una cierta pátina de caspa, pero que más que molestar casi se agradece por una falta de vergüenza tan absoluta que acerca al film más al grindhouse de culto que al mainstream tradicional.

Y a todo esto, ¿qué pinta Kim Jee-woon en una producción de este estilo? No es desdeñable la curiosidad que producía ver qué podría hacer en Hollywood uno de los directores más personales del cine coreano con los medios, el estilo y los actores (y también las imposiciones comerciales) más puramente hollywoodienses. Cierto es que por momentos se puede acusar al director de que, más allá de algunos movimientos de cámara marca de la casa (especialmente en el alejamiento y aproximación en panorámico de los personajes), hay una ausencia de personalidad manifiesta. No es que esté mal rodada, de hecho el ritmo es trepidante y hay una gran capacidad para saber lo que se tiene entre manos, primando la acción y dejando de forma concisa cuatro pinceladas definitorias para unos personajes que no necesitan mucho desarrollo para conocerlos. Sin embargo, salta a la vista la ausencia de una marca visual que separe el film de otros de su género. Quizás sería pedirle peras al olmo, pero en este sentido se puede afirmar que la marca autoral de Jee-woon no se hace apenas sentir en ningún momento.

Pero a pesar de esta ausencia visual Jee-woon consigue generar, de forma subterránea, aunque identificable, puntos de interés argumental que dotan al conjunto de una profundidad que trasciende el esquema de simple film de acción. Detrás del aparente mecanismo de reloj de cuco (simple pero preciso) se esconde una cierta visión romántica (en el sentido más conservador del término) tanto del hecho cinematográfico como de los valores ideológicos a exportar. Sí, cierto es que aunque el arquetipo del latino como narcotraficante puede hacer pensar en un cierto racismo cultural no deja de ser cierto que el multiculturalismo aparece en el equipo de Arnold y sus adláteres y aliados. Pero no nos dejemos engañar, esto es un fenómeno inscrito en la propia peculiaridad geográfica del desarrollo. Un marco fronterizo donde la mezcla es la norma siempre y cuando se siga el american way of life más tradicional. Aquí caben todos y todo se perdona: paletos, borrachos, amantes de las armas y descastados en general forman una gran familia, un equipo porque en el fondo ese last stand del título es algo más que el sitio geográfico, es el último baluarte de una forma de vida en extinción.

Los paralelismos son evidentes, rudeza rural contra sofisticación urbana, armas antiguas contra alta tecnología. Cada cosa alineada con su correspondiente valor moral; una vez más el bien contra el mal. Solo el FBI puede permitirse ser tan moderno como “los malos”, pero solo para constatar su propio fracaso y corrupción y para acabar rendido a la superioridad de los métodos “de toda la vida”. Todo ello enmarcado en un halo de género que se acerca por momentos al western fronterizo o a ser casi una especie de revisitación conservadora de Solo ante el peligro (High Noon, Fred Zinnemann, 1952).

Puede que esta sea una película a la que le falte la mala uva de títulos como I Saw the Devil (Akmareul boatda, 2010) o la espectacularidad visual de The Good, the Bad and the Weird (Joheunnom nabbeunnom isanghannom, 2008), ambos de Jee-woon. No obstante ofrece suficiente material degustable tanto para cinéfilos como para amantes del cine (aparentemente) mononeuronal. Y es que es bien sabido que el placer por la comida coreana nunca ha sido, o al menos no debería ser, incompatible con una buena hamburguesa con queso. Eso sí, al estilo sureño por favor.

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