‘Desafío total’ (‘Total Recall’, Len Wiseman, 2012)

Remake y Rekall: El difícil arte de versionar

Cuando la actriz Jessica Biel dijo ante las cámaras durante la promoción del filme, que Desafío total (2012) no sería una mera revisión del original de Verhoeven sino una adaptación completamente nueva del cuento, no pocos pensamos que Len Wiseman tenía la oportunidad de dirigir un filme único. Mezclar el género de acción con el argumento del relato original (Philip K. Dick) y su vibrante final alternativo, poseía un potencial literario tan singular como el que tuvo Blade Runner en su día (Ridley Scott, 1982). Aunque preferiblemente más comercial.

Las palabras de Biel pronto fueron desmentidas cuando se confirmó que Wiseman había decidido hacer un remake del original noventero. Doble problema, pues por un lado se sobresaturaba la película de acción fácil para dejar corto a Schwarzenegger, pero sería difícil alcanzar un nivel de malabarismos balísticos lo suficientemente alto como para contentar a los fans de lo que hasta hoy sigue siendo uno de los filmes emblema del austriaco.

Desafío total comienza presentándonos una rica y fascinante imagen del futuro, tan alejada de aquel futurismo ochentero teñido de marciano de la primera. Los nerds cinéfilos reconoceremos motivos visuales de otros clásicos de la ciencia-ficción: Desfiles interminables de “clones” de Star Wars: Episode II (George Lucas, 2002), el pistolero que, como un Blade Runner, atraviesa cristales a cámara lenta en gabardina y con pistola, y definitivamente (no podía ser de otra forma) coches voladores como en Minority Report (Steven Spielberg, 2002). Aparte, veladas referencias al Incal, cómic de Jodorowsky y Moebius, con sus omnipresentes “robo-polis” y atmósferas que recuerdan a videojuegos como los post-apocalípticos Metro 2033 o Deus Ex.

Tal mezcla parece funcionar bien, con Wiseman plasmando imágenes de ciudades que a ratos nos llevan a las megalópolis orientalizadas de Blade Runner y El quinto elemento (The Fifth Element, Luc Besson, 1997), y a ratos a las vanguardias de los veinte y Metrópolis (Fritz Lang, 1927). A ello se le suma aquel argumento noventero que había sido escrito por los también guionistas de Alien (Ridley Scott, 1979) y Minority Report. Los guiños al original son evidentes, pensemos en detalles como la prostituta con tres senos, o la señora gorda que todo el mundo espera sea el protagonista disfrazado. El director, sin embargo, decide marcar las distancias de cuando en cuando, y entonces se desmarca de la trama exacta: ese sensor de control mental que Schwarzenegger pugnaba tanto por extraerse en la famosa escena de 1990 se convierte ahora en un simple teléfono móvil subcutáneo.

La selección de actores es concienzuda, y también discutible. Colin Farrell resulta apto, nada nuevo hasta ahí. Pero el filme sustituye el reducido papel de muñeca de la Sharon Stone de 1990 por un perpetuum mobile de Kate Beckinsale haciendo de sí misma: la chica está atrapada en vestidos ceñidos y pistolas desde sus apariciones en la saga Underworld (Len Wiseman, 2003). Mientras, Jessica Biel resulta poca cosa comparada con lo que podrían haber sido otras de las elecciones (¡Eva Green!). Y Cranston resucita su papel de malvado, esta vez con menos credibilidad que en Breaking Bad (2008). Todos ellos tienen una desconcertante predilección por comunicarse mediante diálogos insulsos en los que cada dos minutos se repite la palabra shit. De fondo, una banda sonora olvidable, a pesar de que su precursora (tema de Jerry Goldsmith) fue premiada por su calidad.

Los fallos lastran el resultado, y el rencor de los fans de la original hará el resto. Wiseman aprende tarde que versionar un clásico (por delirante que sea) no resulta tan fácil como someterse al programa Rekall. Por lo demás, un buen manual de manejo de cámara, color y fotografía; en lo que no deja de ser una reinvención trascendental del conflicto entre el Brit Empire y Australia.

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