‘El alucinante mundo de Norman’ (‘ParaNorman’, Chris Butler y Sam Fell, 2012)

Regreso al futuro

El alucinante mundo de Norman puede verse como otro episodio más en esta apuesta recuperadora de cierto tipo de cine, el de los años 80, en la que se han embarcado últimamente títulos tan dispares como Super 8 (Super 8, J.J. Abrams, 2011) o Rock of Ages. La era del rock (Rock of Ages, Adam Shankman, 2012), apuesta que en este caso estaría centrada en el cine adolescente de los años 80 que se inscribía en el fantástico, tipo Gremlins (Gremlins, Joe Dante, 1984) o Noche de miedo (Fright Night, Tom Holland, 1985). Grave error. Aunque podría considerarse incluso un remake encubierto de Una pandilla alucinante (The Monster Squad, Fred Dekker, 1987), ya que sus argumentos no difieren demasiado y en ambas una pandilla de chavales ha de salvar a la típica small town estadounidense del ataque nocturno de las fuerzas malignas desatadas, no encuentro por ninguna parte esa afectación tan típica de los homenajes, esa condescendencia distante y contradictoria que lastraba (por ejemplo) a Super 8: aunque asumía como propias algunas claves de aquel cine (cf. la compartimentación de roles en los personajes principales), en la aparatosa secuencia del accidente de tren (que ninguna película de los años 80 se habría atrevido a mostrar de esa manera) se evidencian unos recursos visuales que delatan a una película del siglo XXI copiando a una película de los años 80. El alucinante mundo de Norman no es un homenaje al cine adolescente fantástico de los años 80, es cine adolescente fantástico de los años 80. Todo en esta película destila honestidad, sinceridad abrumadora, no es un ejercicio del alumno más listo de la clase que demuestra que se sabe la lección. Al contrario de lo que suele ocurrir en los homenajes, donde hay una cierta actitud (¿automática?) de condescendencia, los responsables de El alucinante mundo de Norman no plantean la película como un juego de referencias –que las hay, y muy jugosas [1]–, sino que adoptan el trazo narrativo simple y lineal típico de los años 80 para esbozar una de esas odas a la marginalidad tan del gusto de Tim Burton. Aunque lo acaba siendo, Chris Butler y Sam Fell no han concebido la película como una fiesta para los fans, y por eso las citas funcionan como chascarrillos ornamentales más que como objetivo finalista per se, que es el principal problema de muchos de estos homenajes: su acentuado carácter referencial acaba fagocitando la misma propuesta y les resta alcance dramático y entidad como obras independientes.

Lo que desde luego no es muy propio de los años 80 es el uso de la técnica stop motion en una propuesta, esta sí, enmarcada de pleno en el siglo XXI: en los 80 apenas se hicieron largometrajes exclusivamente a partir del stop motion, y tan solo artesanos como Jan Svankmajer o los hermanos Stephen y Timothy Quay usaban esta técnica, la mayor parte de las ocasiones en cortometrajes y combinándola con imágenes de acción real [2]. Con la actual “regularización” del género, El alucinante mundo de Norman hace gala de un virtuosismo técnico con el que Selick y Burton apenas podían soñar en 1993. Y aunque a estas alturas ya no sorprende la adopción de figuras propias del cine de acción real “adulto” (como el montaje, los movimientos de cámara o la profundidad de campo) puesto que las películas de animación hace años que las utilizan, sí que llama la atención que, aunque el tono es jocoso en general, no se evitan los aspectos más tenebrosos de la historia, que por momentos abraza un inquietante oscurantismo con imágenes que se adentran sin titubeos en el terror adulto (cf. la bruja encarnada en un cielo infernal o la iluminación nocturna de las calles del pueblo). Todo pasado por el filtro de una creatividad desbordante que (again) habría firmado gozoso el Tim Burton de Bitelchús (Beetle Juice, 1988) o Eduardo Manostijeras (Edward Scissorhands, 1990) y que convierte El alucinante mundo de Norman en una fuente inagotable de imaginación.

Notas:

  1. La lista de películas referenciadas es rutilante, y va desde la obvia iconografía de las películas de muertos vivientes de George A. Romero hasta La noche de Halloween (Halloween, John Carpenter, 1978) pasando por Viernes, 13 (Friday, the 13th, Sean S. Cunningham, 1980), sin olvidar las descacharrantes parodias físicas de Tom Savini, reencarnado en el padre de Norman, y del Josh Brolin de Los Goonies (The Goonies, Richard Donner, 1985), que cobra vida gracias al cachas Mitch. 
  2. Aunque hubo tímidos intentos de presentar una película de larga duración exclusivamente a través del stop motion, e incluso aunque Wallace & Gromit aparecen con su primer corto en 1989, realmente podríamos datar el inicio de la popularidad de este formato en 1993 con la extraordinaria Pesadilla antes de Navidad (The Nightmare Before Christmas, Henry Selick). 
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