Venecia 2012 (5)

Mirar a casa y encontrar buen cine...

Seguimos, esta vez de vuelta en la sección Orizzonti, donde encontramos la única representación española en el Festival: El cortometraje de Celia Rico Clavellino Luisa no está en casa.

En él se percibe la intención de utilizar recursos exclusivamente cinematográficos para narrar. Luisa… es la historia de una abuela, Luisa (Asunción Balaguer) que aprende a levantar la voz ante su marido, Esteban (Fernando Guillén), que la tiene sometida a una de esas dictaduras del silencio y la rutina que tanto se estilaban en otros tiempos. En este sentido, Luisa tiene algo de retrato de una España antigua pero todavía presente. Y sin embargo, el espacio narrativo en que se ubica el corto es menos concreto. Concebido en sus primeras versiones del guión como una especie de cuento, más tierno y suave que el producto final, conserva todavía algo de ese halo irreal, simbólico o puro. Nada se dice, por ejemplo, de si esa pareja tiene hijos o nietos esparcidos por el mundo, pero en el universo de Luisa no está en casa no importa este vacío de información, porque estamos en una realidad fílmica muy robusta que se justifica a sí misma.

En el corto, los objetos, que en un principio son invocados para describir un ambiente domestico, adquieren pronto y de manera muy natural significados precisos, muy orgánicos respecto de sus personajes y cargados de potencialidad narrativa: Al estropearse la lavadora, que parecía un yugo más para Luisa, se desencadenan las situaciones y el corto se abre a nuevos espacios, más allá de la butaca presidencial que ocupa siempre Fernando Guillén.

La avería de esa lavadora es una lanzadera argumental y también un núcleo de sentidos que todavía hay que explotar y que permanece en escena para seguir perjudicando a la protagonista, ahora dificultándole la movilidad.

En los nuevos espacios que el gatillo narrativo ha desvelado (cromáticamente diferenciados) aparecen con fuerza el diálogo y la voz que se destapa, tema y materia del corto. Luisa se abre a nuevas realidades y empieza a respirar más allá del ambiente conyugal, dominado por el marido, siempre ubicado en los encuadres en un mismo espacio central (alrededor del que todo pivota) e inamovible (en el que descansa siempre como una presencia estática que no quiere ser arrancada de su trono).

Menos aparente que el juego de espacios y la puesta en escena cargada de sentido es el control del suspense: Lo que en su primer tercio se dibuja como una observación de rutinas y dinámicas va creciendo en densidad hasta que los interrogantes de la trama se condensan en una escena final resuelta en dos planos largos y que anudan todo lo que se ha planteado en lo visual. En el primero, el marido de Luisa la ve llegar a casa a través de una ventana. Cruzando ella la puerta en el mismo encuadre, las líneas verticales les separan, aislándolos a cada uno en un mundo que se aprieta cuando él la aborda para exigirle una vez más que colabore para reinstaurar el orden doméstico.

La negativa de ella puede formularse en voz alta, pero no cara a cara. La violencia de la mirada de Esteban, audazmente establecida en un eje que la expone a la del espectador, se puede comparar con la temerosa luminosidad de la mirada de Luisa.

La intensidad dramática, llegados a este punto, es muy elevada, pero queda un plano, en el que de alguna forma se reposa y se abre espacio a la emoción. Otro plano estático, largo, en el que el juego de tensiones de la puesta en escena decae ante el valor simbólico de la misma: Luisa toma, por primera vez, y casi sin querer, el trono de Esteban, y en ese espacio central, parece relajarse. Se permite también levantar otra voz, esta vez no la suya propia, sino la de su música, con la que se cierra el cortometraje, no sin antes apuntalar la liberación de Luisa con un acto, el de cerrar la puerta ante las reclamaciones de Esteban, sino definitivo, sí lo suficientemente tajante.

Una vez más, falta información para completar del todo el periplo de los personajes (el corto implica más episodios de la historia que cuenta), pero en la diégesis los elementos importantes (capacidad por expresarse, por adueñarse de un espacio que también le pertenece a la mujer por derecho humano) estaban tan bien subrayados que la sensación de final redondo es completa.

Luisa no está en casa es puro cine, y a juzgar por los aplausos que recibió del público de la sala Perla, cine que llega al espectador y cuya fórmula actúa con naturalidad, sin amaneramientos, pero con mucha potencia.

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