Sitges 2012 – ‘John Dies at the End’ (Don Coscarelli, 2012)

Mientes más que hablas

Goya no dudó en asegurarlo, hace ya más de 200 años: el sueño de la razón produce monstruos. Quizás alguien verá en John Dies at the End una especie de plasmación cinematográfica del famoso grabado, una versión 2.0 de aquellos murciélagos y aquellos búhos. Y quizás, sólo quizás, no le falten motivos para establecer esta conexión, porque al fin y al cabo lo que hemos visto en esta película no es otra cosa que una alucinación lisérgica provocada por una droga. En este caso, y dado el historial previo del director, estaba cantado que este delirio se adentraría en los límites del infierno. Paranoia total. Los “dos colgaos muy fumaos” salvan a la humanidad entera de una extinción segura. Los murciélagos y los búhos aquí son monstruos de texturas infernales, muertos que se resisten a morir, y me olvidaba, Bruce Willis en un cameo acreditado no con su nombre sino con el de un reconocido actor orondo. A diferencia del grabado de Goya, en John Dies at the End los protagonistas ni siquiera necesitan estar dormidos para fabricar sus monstruos, les basta con inyectarse salsa negra para viajar al otro lado.

Coscarelli no es el primero –ni será el último– en explicar una historia desde el punto de vista de la mente perturbada de sus protagonistas. La película es, en ese sentido, graciosa a ratos, especialmente al principio, cuando su caligrafía modernilla te coge desprevenido con el gag recurrente del hacha que se rompe cada vez que es usada para cometer un asesinato. Es un buen inicio, no lo dudo. Luego ese nervio narrativo se mantiene mientras conocemos a los dos protagonistas y rápidamente entramos en sus mentes y empezamos a ver lo que ellos ven, su realidad, su dimensión paralela, es decir, los monstruos de su razón. Es aquí cuando John Dies at the End, que hasta ese momento era simpática y hasta ingeniosa, se vuelve monótona y pesada, el ritmo se atasca en una sucesión de chorradas alucinadas a cual más extravagante y absurda. Para cuando llega el final, hacía ya mucho metraje que la película había desvelado su verdadera naturaleza: detrás de su rabioso trazo moderno y de su tufillo friki-cachondo se esconde una historia que navega hacia ninguna parte o, mejor aún, que aparenta movimiento cuando en realidad no progresa de ninguna manera. Atragantada con su propia originalidad y parapetada en la coartada del “todo vale” que le proporciona el hecho de que estamos ante alucinaciones de dos yonquis, John Dies at the End se recrea en el absurdo, en gags visuales inconexos, en un sentido del humor referencial que pacta con el espectador una necesaria tregua de cualquier tipo de rigor cinematográfico: como estamos en un mundo onírico, no le pidamos coherencia interna al producto.

Es sorprendente y al mismo tiempo desolador comprobar cómo un director digamos que “clásico” se deja doblegar ante el lenguaje narrativo de esta post-modernidad engendrada por Quentin Tarantino en la que los géneros se desmoronan atomizados por una salvaje relectura descreída, desmitificadora y deconstructiva. Vale, no es que Don Coscarelli sea precisamente el responsable de ninguna obra maestra, pero su clasicismo se entiende en base a que desarrolló sus mejores trabajos en una época, finales de los 70 y principios de los 80, donde a los géneros aún se les respetaba. Y ¡eh!, que El señor de las bestias (The Beastmaster, 1982) era una imitación parida a rebufo de Conan, el bárbaro (Conan The Barbarian, John Milius, 1982) que acababa, por su delirio y su desacomplejada violencia, siendo mejor que su modelo, y Phantasma (Phantasm, 1979) conseguía, con su modestia de medios y de resultados, ser mucho más terrorífica que buena parte de las series A de terror que se estrenaron en aquella época. El tipo no marcó la historia del cine, pero al menos demostró una personalidad en sus trabajos que en John Dies at the End brilla por su ausencia, así de ordinaria es la película.

Y si alguien se está preguntando a cuento de qué viene el título de esta crónica, lo único que puedo decir es que yo también me quedé igual al final de esta película, preguntándome, con cara de no haber entendido nada, el motivo de que se llame John Dies at the End.

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