Sitges 2012 – ‘Invasor’ (Daniel Calparsoro, 2012)

Guerreros

La trayectoria de Daniel Calparsoro es ciertamente curiosa. Iniciado en películas con un marcado acento local –basta recordar los escenarios donde se ubicaban tanto Salto al vacío (1995) como Pasajes (1996)–, de estética tosca y medios limitados, de repente se produce una brusca ruptura con este estilo y, como si fuera un director completamente diferente, con Guerreros (2002) ofrece un producto de vistosidad formal indudable, y lo más importante, un producto que reniega del localismo previo exhibido en sus películas y abraza una cierta internacionalización que arranca en lo formal (su factura es equiparable a la de películas similares de otras cinematografías europeas, incluso similar a algunas estadounidenses) y se extiende en lo argumental (las dramáticas vicisitudes de un pelotón de soldados españoles en la post-guerra de Kosovo). Calparsoro ya no abandona este cuidado formal y esta concepción exportable de sus películas ni en la siguiente, la fallida Ausentes (2005), ni en la que nos ocupa. Conviene tener muy en cuenta esta progresión porque, a mi modo de entender, denota un deseo explícito del director barcelonés por abrirse a un público más amplio. De ahí que, por ejemplo, su camino le haya llevado desde los seres marginales en un barrio poblado de yonquis y putas hasta los soldados en Kosovo o en Irak o hasta una familia de clase media-alta azotada por extrañas apariciones fantasmales. Un esfuerzo por hacerse entender y por llegar al denominado mainstream que es necesario alabar en un país, España, y un continente, Europa, donde estas actitudes son generalmente menospreciadas por la crítica.

Desde su propia concepción, Invasor es una rara avis en el cine español, puesto que combina dos géneros, el bélico y el thriller de acción, que no son precisamente muy frecuentados por nuestra cinematografía. De entrada, pues, nos encontramos ante una propuesta atrevida: dos soldados españoles en Irak sobreviven a una carnicería y, ya de vuelta en La Coruña, uno de ellos sospecha que no vio todo lo que realmente ocurrió y comienza a investigar mientras un siniestro agente gubernamental (excepcional, como casi siempre, Karra Elejalde) les presiona a los dos intentando comprar su silencio. Aunque la mayor parte de la acción transcurre en España, las escenas en Irak son memorables porque están rodadas por Calparsoro con un dinamismo que recuerda al último –y mejor– Paul Greengrass combinado con la crudeza explícita propia del cine bélico actual desde que la instauró Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, Steven Spielberg, 1998). Toda la trama española está, por otra parte, muy bien hilvanada y se va dosificando la información al espectador para generar la necesaria tensión que mantiene el interés hasta el final. La película incluso se permite una persecución automovilística (¿cuántas secuencias de este tipo deben haber rodado nuestros directores en España?) resuelta por Calparsoro con una planificación más que sobresaliente.

Invasor, pues, es cine mainstream, que quede claro, y es cine mainstream del bueno, pero no por ello esquiva la crítica, que en este caso no es tanto hacia la locura de las guerras sino más bien hacia los que las promueven desde sus despachos. A diferencia de Guerreros, cuyo rechazo hacia cualquier tipo de conflicto bélico se filtraba en sus crudas y violentas imágenes, en Invasor no importa tanto la violencia de la guerra (que también) sino los oscuros tejemanejes que mueven a un gobierno –el español, en este caso– a ocultar un terrible asesinato en masa cometido en Irak por soldados españoles y estadounidenses. El invasor del título es el ejército en tierra extraña, pero el invasor es también –y muy claramente– el gobierno que pretende controlar las vidas de sus soldados pagándoles por su silencio, un invasor que aparece en las vidas de estos soldados y literalmente se cuela en sus cocinas, con las familias, con los niños, generando incomodidad e inestabilidad (las peleas y discusiones entre el protagonista y su mujer crecen desde el momento en que aparece el agente del gobierno en sus vidas). Este es el invasor del que quiere hablar Calparsoro, el que tenemos aquí, en nuestras casas, vigilándonos, controlándonos y, si es necesario, aplicando métodos extremos para que el orden establecido permanezca inalterado.

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