Archivo mensual: octubre 2012

Sitges 2012 – ‘John Dies at the End’ (Don Coscarelli, 2012)

Mientes más que hablas

Goya no dudó en asegurarlo, hace ya más de 200 años: el sueño de la razón produce monstruos. Quizás alguien verá en John Dies at the End una especie de plasmación cinematográfica del famoso grabado, una versión 2.0 de aquellos murciélagos y aquellos búhos. Y quizás, sólo quizás, no le falten motivos para establecer esta conexión, porque al fin y al cabo lo que hemos visto en esta película no es otra cosa que una alucinación lisérgica provocada por una droga. En este caso, y dado el historial previo del director, estaba cantado que este delirio se adentraría en los límites del infierno. Paranoia total. Los “dos colgaos muy fumaos” salvan a la humanidad entera de una extinción segura. Los murciélagos y los búhos aquí son monstruos de texturas infernales, muertos que se resisten a morir, y me olvidaba, Bruce Willis en un cameo acreditado no con su nombre sino con el de un reconocido actor orondo. A diferencia del grabado de Goya, en John Dies at the End los protagonistas ni siquiera necesitan estar dormidos para fabricar sus monstruos, les basta con inyectarse salsa negra para viajar al otro lado.

Coscarelli no es el primero –ni será el último– en explicar una historia desde el punto de vista de la mente perturbada de sus protagonistas. La película es, en ese sentido, graciosa a ratos, especialmente al principio, cuando su caligrafía modernilla te coge desprevenido con el gag recurrente del hacha que se rompe cada vez que es usada para cometer un asesinato. Es un buen inicio, no lo dudo. Luego ese nervio narrativo se mantiene mientras conocemos a los dos protagonistas y rápidamente entramos en sus mentes y empezamos a ver lo que ellos ven, su realidad, su dimensión paralela, es decir, los monstruos de su razón. Es aquí cuando John Dies at the End, que hasta ese momento era simpática y hasta ingeniosa, se vuelve monótona y pesada, el ritmo se atasca en una sucesión de chorradas alucinadas a cual más extravagante y absurda. Para cuando llega el final, hacía ya mucho metraje que la película había desvelado su verdadera naturaleza: detrás de su rabioso trazo moderno y de su tufillo friki-cachondo se esconde una historia que navega hacia ninguna parte o, mejor aún, que aparenta movimiento cuando en realidad no progresa de ninguna manera. Atragantada con su propia originalidad y parapetada en la coartada del “todo vale” que le proporciona el hecho de que estamos ante alucinaciones de dos yonquis, John Dies at the End se recrea en el absurdo, en gags visuales inconexos, en un sentido del humor referencial que pacta con el espectador una necesaria tregua de cualquier tipo de rigor cinematográfico: como estamos en un mundo onírico, no le pidamos coherencia interna al producto.

Es sorprendente y al mismo tiempo desolador comprobar cómo un director digamos que “clásico” se deja doblegar ante el lenguaje narrativo de esta post-modernidad engendrada por Quentin Tarantino en la que los géneros se desmoronan atomizados por una salvaje relectura descreída, desmitificadora y deconstructiva. Vale, no es que Don Coscarelli sea precisamente el responsable de ninguna obra maestra, pero su clasicismo se entiende en base a que desarrolló sus mejores trabajos en una época, finales de los 70 y principios de los 80, donde a los géneros aún se les respetaba. Y ¡eh!, que El señor de las bestias (The Beastmaster, 1982) era una imitación parida a rebufo de Conan, el bárbaro (Conan The Barbarian, John Milius, 1982) que acababa, por su delirio y su desacomplejada violencia, siendo mejor que su modelo, y Phantasma (Phantasm, 1979) conseguía, con su modestia de medios y de resultados, ser mucho más terrorífica que buena parte de las series A de terror que se estrenaron en aquella época. El tipo no marcó la historia del cine, pero al menos demostró una personalidad en sus trabajos que en John Dies at the End brilla por su ausencia, así de ordinaria es la película.

Y si alguien se está preguntando a cuento de qué viene el título de esta crónica, lo único que puedo decir es que yo también me quedé igual al final de esta película, preguntándome, con cara de no haber entendido nada, el motivo de que se llame John Dies at the End.

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , | Comentarios desactivados en Sitges 2012 – ‘John Dies at the End’ (Don Coscarelli, 2012)

Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (04/10/2012)

Teorías, rugosidades, irregularidad

Abrimos la edición 2012 del Festival de Sitges con la nueva película de Im Sang-soo, The Taste of Money. El director coreano insiste en su ácida visión de las clases altas coreanas. Siguiendo la estela de The Housemaid (2010) se hace una investigación fría, aunque no exenta de mala baba, de la corrupción y conflictos internos de una familia poderosa. Los ingredientes son los habituales: dinero, sexo y obsesión por el control absoluto, tanto de lo familiar como de los estamentos más influyentes tanto a nivel político como económico o judicial.


Nos hallamos ante un filme que peca de coreografiado. Sang-soo demuestra un gusto impecable por la estética, por jugar con las simetrías y por saber dotar al conjunto de una cierta precisión quirúrgica, lo que acaba por conformar un film con una factura impecable. El problema está en que esta misma ejecución formal acaba por derivar en una artificiosidad que resta naturalidad al desarrollo. La película combina surrealismo con crudeza, drama con crónica de intencionalidad social, pero todo ello de forma un tanto desigual que, a la postre, desemboca en un resultado final excesivamente átono y con un plano final tan desconcertante como innecesario. Sí estamos ante un film correcto pero un tanto desastrado, con demasiadas costuras por coser y que viene a demostrar que no estamos ante el mejor momento del cine coreano.

Como si vinieran a confirmar este extremo dos son las otras producciones de este país que hemos podido ver hoy. Por un lado Nameless Gangster: Rules of the Time de Yun Jong-bin y la esperada Doomsday Book dirigida por el dueto formado por Kim Jee-won y Yim Pil-sung. En el primer caso, nos hallamos ante un ejercicio argumental que nos sitúa en el territorio Uno de los Nuestros (Goodfellas, 1990) de Scorsese: Una historia de ascenso, lucha y caída de un jefe mafioso contada en sucesivos flashbacks por él mismo. Y aunque el film brilla por instantes gracias a la, como casi siempre, impactante actuación de su protagonista, Choi Min-sik, se resiente de una estructura excesivamente mecanizada, de una filmación un tanto rutinaria y plana, y una historia que no aporta absolutamente nada novedoso al género. Aunque a veces la novedad no es sinónimo de punto positivo para una película, como queda patente en el caso de Doomsday Book, un film con el Apocalipsis como hilo argumental de 3 episodios independientes que nunca acaban de funcionar como un todo orgánico coherente. Estamos ante unos ejercicios de estilo que transitan entre lo alucinatorio propio de Pil-sung, el humor de brocha gorda de Jee-Won, y una sorprendente sobriedad formal en un capítulo segundo que no acaba de cuadrar con ninguno de los directores mencionados, pero que se erige como la historia con más empaque formal, mejor tratamiento argumental y mayor precisión en lo que se quiere contar. Así el resultado final decepcionará especialmente a los fans de Jee-won que esperaban con ansia este proyecto tras el éxito de I Saw the Devil (Akmareul boatda, 2010).


Más alla de las fronteras coreanas dos son los propuestas visionadas: Room 237 de Rodney Ascher y The Butterfly Room del debutante Jonathan Zarantonello con la presencia de Barbara Steele, protagonista de filmes como, por ejemplo, La maschera del demonio (1960) de Mario Bava. En el primero entramos en el terreno del documental, en este caso centrado en las múltiples teorías sobre los significados ocultos del film El resplandor (The Shining, 1980) de Kubrick. Un ejercicio que entretiene a ratos por lo marciano de algunas de las explicaciones mostradas, pero que satura con demasiada información, da por sentado que el espectador conoce todo lo expuesto y acaba provocando un cierto agotamiento por la reiteración de lo explicado. En el otro lado The Butterfly Room pretende recuperar una atmósfera de psycho-slasher ochentero a través de su ambientación, de su iluminación casi onírica, su propuesta argumental y la recuperación de algunos iconos tipo Ray Wise. Sin embargo, y condicionada por una factura televisiva muy pobre y un montaje paralelo-temporal nada oportuno, se queda en una película fallida que no interesa ni en cuanto a las intenciones ni por unos resultados que, por momentos, acaban derivando en escenas que bordean el ridículo por su inadecuado timing y acompañamiento musical nada acorde ni con la imagen ni, especialmente, con el tono general del film.

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , , , , , , , , , , , , , | Comentarios desactivados en Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (04/10/2012)

Venecia 2012 (4)

En el interior de la fortaleza. La frontera de al lado

Seguimos considerando el festival de Venecia como un espacio hermético y casi repugnantemente ignorante de todo lo que sucede en el mundo, y que juega toda su legitimidad ideológica a la carta del cine que pretende proyectar y amplificar. Observamos y valoramos las películas que nos ofreció Venecia 69 en función de su capacidad para ofrecernos algo de esas realidades que, cada vez más, conforman el momento histórico que vivimos y llaman a las puertas de nuestras privilegiadas posiciones con fuerza creciente.

Empecemos por lo light, Passion, de Brian De Palma. Una pequeña violación cinematográfica: sexo sin amor, Passion parece una formalización generosa de sensaciones en base al esquema del thriller, con un subtexto que conduce a una reflexión acerca de la manera en que se gestionan las emociones. En la película, una misma situación resulta risible cuando debería ser triste (cuando la trama la ubica en un clímax emotivo, y la puesta en escena roza lo paródico por la extrema radicalidad del dramatismo) y sólo entristece cuando, vista de nuevo desde un punto de vista mucho más frío, afecta retrospectivamente a su protagonista (todo muy De Palma). En Passion, las mujeres con poder van enseñando a las demás a ignorar cualquier nobleza o humanidad que contamine sus instintos y a sustituirlas por anhelo de más poder y control sobre los seres humanos de su entorno. El juego de luces, los desequilibrios de los encuadres y los tonos oníricos de brocha gorda son vetustos, básicos y potentísimos para quien no vea la película con el martillito de juez de la historia del cine.

Todavía más interesante resulta Spring Breakers, de Harmony Korine. Volvemos al corazón mismo de la fortaleza occidental: los Estados Unidos de América. El plan de la película es uno de sus elementos más importantes: Korine ha escogido a las 3 niñas buenas y cursis de las pelis de Disney y las ha metido en un fregado tremendo que incluye: tetas mojadas de whisky, braguitas espolvoreadas de cocaína, anarquía sexual absoluta, pistolas, morbo... Se establece, de entrada, una antigua dicotomía entre el deber y el placer, el recato y el desenfreno. Emerge del torbellino visual y sonoro de Spring Breakers una suerte de canto al hedonismo superficial de una generación, la de los Beliebers y sus distintas encarnaciones por todo el espectro de los países desarrollados, que los intelectuales tienden a obviar, preocupados por la de los treintañeros y sus múltiples carencias.

Entre el puritanismo disfrazado de transgresión y algunas ideas fuertes sobre los límites del viaje iniciático hacia lo puramente dionisíaco que puedan emprender las niñitas blancas americanas, Korine hila su discurso. Llegados a cierto punto, las chicas protagonistas topan con SU otredad, en forma de EL NEGRO, auténtica frontera interna de la sociedad norteamericana. Insinuaciones potentes de los grilletes que todavía someten occidente a la polaridad moral que emana del cristianismo.

El punto flojo de Spring Breakers es su incapacidad para MOSTRAR. No es lo videoclipesco de sus imágenes lo que molesta, sino que nunca enseña lo que realmente están haciendo esas chicas. Sólo vemos retazos esterilizados, lomographicos, de su actividad. El estilo fluido, “popero”, del director, escamotea la visualización (que Tarantino, por poner un ejemplo pertinente, nunca nos negaría) de la violencia, física o psicológica, que producen los desmadres de las protagonistas. Sólo en momentos en que las situaciones violentas son “recreadas” por las chicas y narradas a otros personajes, sentimos de manera indirecta las consecuencias que tendría una “REALIDAD” parecida. Es una estrategia interesante (empleada por Korine ya en Gummo -1997-) pero que evade las implicaciones profundas del contenido. El flagrante y cobarde off en que las familias se ubican, formidable estrategia narrativa, es el epítome de esta ambivalencia creada por la desaparición de algunos de los agentes importantes de la trama, una decisión deliberada que quiere remarcar lo independientes que las nuevas generaciones son del influjo paterno. Por omisión, la no-presencia de los padres es importante, pero también nos priva de una de las dimensiones más estremecedoras de una escapada como la de las protagonistas: el daño que produce en los seres queridos.

Última apreciación sobre esta obra maestra, polémica y potente como el mejor Houellebecq: quizás todo sea, en el fondo, un STATMENT acerca del advenimiento y triunfo de una cierta forma de feminidad que pervierte incluso lo masculino mientras transmuta los valores (haciéndole comer su propia polla/pistola a James Franco) en busca de algo que no se sabe muy bien lo que es. Chicas como ménades del siglo XXI lanzadas a un caos moral esplendoroso.

Publicado en Jump cut | Etiquetado , , , , , , , | Comentarios desactivados en Venecia 2012 (4)