Archivo mensual: octubre 2012

Sitges 2012 – ‘Wrong’ (Quentin Dupieux, 2012)

Cuando la nada se hace cine

El Sitges-Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya fue uno de los certámenes cinematográficos que en 2010 acogieron con los brazos abiertos la tercera película de Quentin Dupieux, Rubber, que, como el resto del trabajo cinematográfico de este músico electrónico (conocido en este ámbito como Mr. Oizo), se caracteriza por un surrealismo brutal e incondicional llevado a unos límites tan absurdos que la propuesta –un neumático con poderes telepáticos se dedica a ir asesinando a personas– no puede ser digerida amablemente por cualquier tipo de público. Aunque Rubber era graciosa, su premisa no daba para un largometraje, y en consecuencia se agotaba pronto y se volvía redundante. Este 2012, Sitges presenta en sección oficial a concurso Wrong, que, por si alguien lo dudaba, no abandona la línea marcada por Dupieux sino que más bien al contrario la lleva a un paroxismo estomagante ante el que es muy fácil llegar a atragantarse.

Curiosamente, la propuesta de Wrong, aun siendo obviamente especial, parece a priori menos surrealista que la de Rubber: un hombre pierde a su perro y descubre que lo ha secuestrado una empresa que se dedica precisamente a eso, a secuestrar animales de compañía para que sus propietarios, ante la ausencia del animal, les vuelvan a querer como al principio. Desde luego es un argumento más “normalizado” que poner a un neumático a reventar cabezas, que es lo que ocurría en Rubber. Sin embargo, esta apariencia de una mayor convencionalidad se disipa en cuanto asistimos a los primeros minutos de proyección de Wrong: un despertador marca las 07:59 y cuando todo el mundo espera que cambie a las 08:00 cambia a las 07:60, un vecino niega que haga jogging aunque lo practica cada mañana, un detective encargado de encontrar al perro necesita todo tipo de detalles –algunos de tipo escatológico– pero rehúsa una fotografía del animal porque ya tiene todo lo que necesita… Este es el mundo al revés de Wrong, y la película se articula en base a que todos los personajes hacen o dicen cosas sin sentido excepto el protagonista, que es el centro de la acción y el único elemento digamos de cordura en toda la historia.

Lo que de ninguna manera se le puede negar a Dupieux, vistas sus dos últimas películas, es la consecución de un universo muy particular en el que no existe la lógica tal y como la conocemos, en el que se cuestiona cualquier norma tanto a nivel formal (en Rubber, por ejemplo, se establecía un diálogo metalingüístico con el espectador ya que la misma narración principal era visionada por un público desde una colina) como a nivel narrativo (en Wrong, por citar uno de los innumerables ejemplos, un excremento de perro tiene memoria y esta memoria es grabada en vídeo para visualizar todo el trayecto a través del intestino hasta la defecación en el jardín). Pero en su última película, este enfant terrible radicaliza la propuesta y la ubica en la frontera de lo inadmisible. El desfile de personajes y situaciones imposibles puede que haga gracia a mucha gente (en realidad, el pase en el Festival de Sitges se ha saldado con continuas carcajadas y una ovación final), pero en realidad es una bochornosa oda a la nada más absoluta, un ejercicio de desprecio absoluto por la narración cinematográfica a la que dinamita sin piedad. Dupieux pretende ahogar la convencionalidad en el absurdo más absoluto, y lo consigue a base de no explicar nada, de fusilar la lógica narrativa interna en cada escena, casi en cada plano. Reduciéndolo todo a un sinsentido, Wrong deviene una pieza autoral rebosante de una estupidez insoportable, una chorrada que no va a ninguna parte y que a los quince minutos agota la paciencia de quien espera que le expliquen algo.

Me queda la duda, sin embargo, de si Wrong es una mera provocación o si Dupieux se cree que ha confeccionado un fresco del sinsentido con el que se pueda establecer un diálogo. En este último caso, le recomiendo que se mire alguna de las películas que han sentado cátedra en esto del humor absurdo, empezando por Aterriza como puedas (Jim Abrahams, David Zucker & Jerry Zucker, Airplane!, 1980), a ver si la próxima vez, por lo menos, es menos redundante y más ingenioso.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (11/10/2012)

Juego de supervivencia

En algún momento habría que empezar a reflexionar sobre si el interés del Festival de Sitges por crecer y expansionarse vale el precio que está pagando. Más películas en la sección oficial, más cine asiático, más categorías y por ende más capacidad de elección. Todo parece ir in crescendo, ¿Todo? Pues lamentablemente la respuesta es no, y más triste aún cuando esta negativa va referida a lo que nos ocupa: la calidad de las películas.

Cierto que ni el programador ni el espectador pueden esquivar el factor suerte. El caso paradigmático sería The Lords of Salem. Programar a Rob Zombie es un acierto, que su film sea mejor o peor es otra cosa. Lo que resulta más preocupante es que el nivel general cinematográfico ha bajado alarmantemente. Dos ejemplos paradigmáticos de ello los hemos podido ver hoy. Son A Fantastic Fear of Everything (Crispian Mills y Chris Hopewell) y Tai Chi Zero (Stephen Fung), que parecen expresamente proyectados para fans de Simon Pegg y del wu xia sin haberse parado a revisar si realmente, por mucho público que pudieran atraer a priori, son buenas o, al menos, interesantes.

En el primer caso nos hallamos ante un film de la factoría Simon Pegg, es decir una combinación de humor y terror para mayor gloria del actor británico que, en este caso, se adueña prácticamente en su totalidad del show. Un espectáculo consistente en amontonar gags y creer que en el efecto acumulación está la gracia. Una película que pretende ironizar sobre los miedos propios y cómo los trasladamos y acaba por parecerse más a una de las peores películas de los hermanos Farrelly que no al producto inteligente que aspiraba a ser. Si algo positivo en cambio tiene Tai Chi Zero es su nula voluntad de trascender; quiere ser un producto divertido a la par que ambicioso en su estética steampunk. Una voluntad que queda truncada por un 3D espantoso y un desarrollo visual que consiste en atiborrar al espectador de información en la pantalla cortando todo atisbo de ritmo. Junto a ello la no menos incoherente transformación de muchas de las escenas en meras pantallas de un videojuego con el que, naturalmente, el espectador no puede interactuar. En Tai Chi Zero no hallamos atisbo alguno de lo cinematográfico, haciendo así irónicamente honor a su título.

No todo han sido decepciones en la jornada de hoy, especialmente destacable el mediometraje Mekong Hotel de Apichatpong Weerasethakul. Una muestra más del universo particular del director tailandés. Un film coherente con su estilo, que se balancea entre lo documental y lo fantástico y que tiñe situaciones con un aire de suave y relajante ironía. Una película que sugiere más que explicita y que invita a la reflexión a través del desconcierto. Todo lo contrario es lo que Kim Ki-duk nos ofrece en su última película, Pieta. Este es un regreso al Kim de lo excesivo, de lo casi pornográfico en su explotación visual de las miserias humanas. Una cinta que remite a primeros trabajos del director coreano como Bad Guy (Nabbeun namja, 2001) tanto argumental como estéticamente. Un descenso a los infiernos y la mugre de las bajezas humanas que consigue mantener un interés alto. No obstante, Pieta se resiente de una poesía visual muy impostada dando la sensación de que, aunque Kim recupera en parte el pulso, aún no ha vuelto al nivel de, por ejemplo, Hierro 3 (Bin-jip, 2004).

En una modesta pero necesaria equidistancia visionamos el esperado anime Wolf Children (Okami kodomo no ame to yuki) de Mamoru Hosoda, autor de las deliciosas The Girl Who Leapt Through Time (Toki o kakeru shôjo, 2006) y Summer Wars (Samâ uôzu, 2009). Este, aunque con una factura igual de preciosista, no es un trabajo a la altura de los anteriores. Demasiado edulcorado y alargado, se recrea en un drama y en unos acontecimientos muy obvios que llevan al espectador a sentir el peso de un metraje excesivo para lo que la historia pide. Una película a la que sin duda le hubiera convenido una mayor concreción argumental y mejor exposición en el desarrollo del drama, especialmente a la hora de no hacer tanto hincapié en el subrayado musical.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (10/10/2012)

Herencias, clásicos, saldos

Lo que está pasando en esta edición de Sitges con el cine coreano empieza a ser realmente preocupante. Observamos cómo cada año las producciones que nos llegan son inversamente proporcionales a la calidad de las mismas. Si ayer hablábamos de Deranged (Yeon-ga-si, Park Jeong-woo) como ejemplo de ello hoy ha continuado esta tendencia con The Weight (Jeon Kyu-hwan), película que además venía expresamente recomendada por el director del certamen, Ángel Sala. Muchas son las cosas negativas de las que hablar, como de su nulo sentido del tempo cinematográfico, de su nula preocupación por desarrollar un guión y un montaje que tengan sentido entre sí o su continua confusión entre lo que se supone debe ser lírico y la absurdidad kitsch de sus imágenes. Pero lo peor de todo es que este es un film sin rumbo, desganado, que no sabemos lo que pretende decir a pesar de que queda claro que algo intenta transmitir, lo que no sólo le confiere el calificativo de vacío sino que le adjudica un barniz de pretenciosidad absolutamente insoportable.

Quentin Dupieux es probablemente una de las voces más originales dentro del panorama actual, y con Wrong confirma lo ya apuntado en películas como Rubber (2010). Este es un director que sabe perfectamente construir un universo propio, unos códigos humorísticos basados en lo surrealista, en lo subversivo y en las repeticiones de gags, sean sonoros o visuales, como marcas principales de la casa. Asimismo parece también que la irregularidad sea constante, y es que igual que sucedía con Rubber, Wrong nunca consigue redondear la faena. Es esta una película de momentos, golpes de efecto, argumentales o humorísticos, muy por encima de la media en cuanto a inteligencia y tratamiento. Sin embargo mantener estos altos resulta ardua tarea, lo que acaba por configurar un conjunto con demasiados altibajos que facilitan la desconexión del espectador con lo acaecido en pantalla demasiadas veces.

Con Vous n'avez encore rien vu Alain Resnais ofrece un auténtico recital de generosidad cinematográfica. Por un lado rinde un cálido homenaje a los colaboradores habituales en sus películas como Sabine Azéma o Pierre Arditi, entre otros, regalándoles un producto bello, compacto y por qué no decirlo denso en su complejo entramado metateatral. Así es, con un desarrollo aparentemente sencillo (actores que acaban fundiéndose con su personaje) se construye un diálogo apabullante entre el actor y su interpretado, entre el rol y el espectador que lo ve. Un juego de miradas amparado por la relación que se establece entre el Resnais director de cine y el Resnais que dirige una representación de Orfeo. Un entramado de complicidades multidireccional complejo, árido por momentos, pero que sabe conjugar la lírica teatral con el análisis de las relaciones maestro-alumno y sus derivaciones paternofiliales o de pareja.

Mucho se esperaba de Antiviral, debut de Brandon Cronenberg, que hace honor a su apellido con un film deudor de Cronenberg padre en muchos sentidos. Por un lado una estética aséptica, fría, con un aire de irrealidad de Apocalipsis de baja intensidad que nos remite a esos páramos médicos aislados de por ejemplo Cromosoma 3 (The Brood, 1979) o Rabia (Rabid, 1977); por otro tenemos un argumento que nos sitúa en el territorio de la nueva carne más en la línea de Videodrome (1983). Con estas herramientas se construye una película que pivota sobre la crítica a la sacralización del famoso, de su explotación comercial y de la vulgar adoración que la sociedad siente por estos seres. Calificativo este duro, pero así presentado en la película. Los famosos son objeto de adoración y explotación en tanto que objetos, no tienen valor per se más que por lo que pueden vender, llegando en el caso del film al extremo de vender sus enfermedades. En todos estos aspectos Antiviral funciona perfectamente, y traza una línea de continuidad con el primer David Cronenberg respetuosa y exigente con el referente a partes iguales. Si algo se le puede achacar a Antiviral es su desarrollo algo deslavazado, con demasiada tendencia a la dispersión, producto quizás del excesivo celo con el que se ha enfocado la parte estética.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (09/10/2012)

Confirmaciones esperadas, realidades decepcionantes

Se esperaba con impaciencia la jornada de hoy debido a la presentación de 3 de los títulos con mayores expectativas del festival. Después de triunfar en Sitges con Surveillance (2008) se esperaba mucho de lo nuevo de Jennifer Chambers Lynch, Chained. Un título que arranca con una fuerza inusitada sumergiéndonos en el mundo amoral e irracional de un secuestrador y asesino múltiple de mujeres. Un inicio de película que poco a poco se deshace al buscar los motivos de tal comportamiento y así, en cierto modo, tratar de buscar una empatía con el personaje que nuca se consigue. Finalmente el film cierra en falso con uno de esos giros de argumento finales que no sólo son innecesarios sino que sumergen la cinta en una vulgaridad que fácilmente podría haber evitado con un desarrollo más enfocado a la intimidad de los personajes y sus psiques desquiciadas.

Una pequeña decepción. Esa es la sensación final después de ver Cosmopolis, último film de David Cronenberg. No es que nos encontremos ante una mala película, la mano del director canadiense se nota en la potencia visual y en la habilidad para sacar petróleo incluso de un hasta ahora intérprete bajo sospecha como Robert Pattinson. No obstante Cosmopolis confunde en su tono general la metáfora de la caída del capitalismo con una intelectualización excesiva, lo que confiere al film un tono árido, denso y por momentos exasperante. Sí, se parece mucho a un film de David Cronenberg, pero lo que de verdad parece es un guión de Eduardo Punset.

Mucha atención estaba depositada en Berberian Sound Studio (Peter Strickland), una película que venía siendo anunciada como la bomba de este año del festival y respaldada por críticas muy positivas. La sensación final, con gran división entre abucheos y aplausos, posiblemente viene marcada por esta alta expectativa. En el fondo Berberian Sound Studio es un producto casi de orfebrería, trabajado hasta el extremo en el estudio de sonido, la atmósfera y recreación de esos estudios cutres italianos donde el giallo alcanzó sus mayores éxitos. Lo que hace tambalear el resultado final es la frialdad con la que se aborda su temática; hay demasiado distanciamiento entre el fondo y la forma de la película y por ello se echa de menos un poco más de arrojo, de valentía o locura si se quiere. Una cinta que transita por los caminos del Carpenter de En la boca del miedo (In the Mouth of Madness, 1994), por ejemplo, pero a la que le falta ese punto de ironía autoconsciente para refrescar una propuesta un tanto acartonada por su seriedad.

Pero no solo de grandes nombres vive el festival, así que también hemos podido contemplar la ópera prima del realizador catalán Marçal Forès, Animals, cuyo punto de partida nos podría remitir a la reciente Ted (Seth MacFarlane, 2012) pero cuyos caminos argumentales nos aproximan más a Donnie Darko (Richard Kelly, 2001). Una película un tanto alambicada argumentalmente pero que sabe crear atmósfera e inquietud y que transmite hábilmente de forma sutil un cierto aire de Apocalipsis final muy íntimo. Lejos de esta propuesta queda el remake de ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976) a cargo del director mexicano Makinov. Precisamente el nombre del realizador ilustra perfectamente la realidad de Juego de niños: un remake maquinal, sin alma, frío, que no aporta absolutamente nada a destacar. Cierto es que si se hace abstracción del original, Juego de niños puede resultar correcta, sin alardes. El problema está en que tal abstracción resulta imposible. Es lo que pasa cuando se intenta recrear una obra maestra, que todo sabe a poco.

Finalizamos con la enésima producción coreana presentada. En este caso se trata de Deranged (Yeon-ga-si), una película que argumentalmente se emparienta directamente con Contagio (Contagion, Steven Soderbergh, 2011). Hasta aquí las similitudes porque si el film de Soderbergh no era perfecto lo que nos ofrece el director Park Jeong-woo es un desastre en toda regla. Cámara epiléptica, guión obvio, personajes cliché bordeando la caricatura, etc. En definitiva, si no supiéramos que es una película seria podríamos hasta pensar que estamos ante un “Contágialo como puedas” filmado en Corea y ya sin el mítico Leslie Nielsen. Lo positivo, es que filmes como este vienen a confirmar lo apuntado en otras crónicas: como dijo Leo Benhakker cuando entrenaba al Real Madrid y perdió con el Torino, “La época bonita se ha acabado”.

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Sitges 2012 – ‘The Viral Factor’ (‘Jik Zin’, Dante Lam, 2012)

Coreografiando la violencia

El cine de acción no pasa precisamente por uno de sus mejores momentos. Cuesta encontrar una película de este género que no aburra o que no sea una mera sucesión de persecuciones y tiroteos. En este contexto, la producción asiática está claramente ganándole la partida a la estadounidense, y es que las propuestas más osadas e interesantes vienen de aquella parte del mundo. The Viral Factor es el último ejemplo de esta supremacía oriental, un apabullante y excesivo actioner que ni tan sólo se despeina para dejar en pañales a toda la producción hollywoodiense de este año en este género.

Una de las claves de The Viral Factor es que se preocupa por sus personajes: los protagonistas son dos hermanos que, separados cuando eran niños y sin verse durante 20 años, tropiezan en una espiral de violencia convertido uno en un policía y el otro en un ladrón. Una trama paralela a la principal que consigue que la audiencia se sienta implicada con los protagonistas. No es el único mecanismo que Dante Lam usa para dotar de personalidad a su película. De nuevo el fin del mundo, leit motiv del festival de Sitges 2012 en el que se ha proyectado The Viral Factor, merodea en el argumento: unos terroristas a sueldo de una gran empresa farmacéutica planean re-introducir el virus de la viruela en los cinco continentes para que luego la farmacéutica se forre vendiendo la vacuna. El virus ejerce de McGuffin que impulsa la narración de un nivel al siguiente, así que en todo momento su amenaza está presente aunque no sea el motivo principal como en, por citar una película reciente y que también se ha visto en Sitges, Contagio (Contagion, Steven Soderbergh, 2011).

Pero todo esto son detalles de poca importancia en los que un análisis como este puede detenerse, aunque no nos confundamos: el plato fuerte de una película como The Viral Factor reside en la fuerza de sus secuencias de acción. Y aquí no hay más remedio que inclinarse y admitir que, de nuevo, el cine asiático ha demostrado una potencia, una creatividad, y un sentido del espectáculo cinematográfico únicos. Sitges ya cobijó el año pasado una joya como The Raid: Redemption (Serbuan Maut, Gareth Evans, 2011), cinta indonesia que ha sentado cátedra en lo que a violencia física se refiere (costará ver una película en la que los mamporros y las peleas sean tan virulentos y gráficos), y ahora The Viral Factor lo que hace es recuperar esa acción frenética, desbocada, pero al mismo tiempo física, “controlada”, no demasiado grandilocuente ni efectista, que caracterizó a los grandes actioners de los años 80 como Arma Letal (Lethal Weapon, Richard Donner, 1987), modelo obvio en el que Lam se ha inspirado para coreografiar la acción de esta película. The Viral Factor está filmada con un gusto exquisito poco habitual en la actualidad, muy alejado de esa odiosa manía de filmar este tipo de películas con movimientos constantes de cámara y planos cortos. Lam, al contrario, desliza la cámara suavemente por en medio de frenéticos tiroteos, sigue con travellings estables a perseguidores y perseguidos en sus carreras, y usa el plano general para encuadrar bien la acción y para situar a los personajes dentro del escenario. Hay efectos digitales, pero pocos y bien empleados. El montaje nos permite ver y disfrutar de la acción, no la mutila en micro-planos. Y aunque se le va la mano con el sentimentalismo, como le ocurre a la mayor parte del cine oriental (esos soliloquios eternos y ridículos en los que se subraya lo que ya se da por supuesto), Lam controla también el tempo interno de la película, dosificando la acción y los momentos más expositivos y dejando para los últimos 40 minutos un terremoto imparable de set pieces de acción, una detrás de otra, casi sin diálogos, para dejar exhausto al espectador al final de la proyección. Y doy fe de que uno se queda sin aliento con tanta persecución, tiroteo, caídas, coches, barcos, cuerdas, disparos, explosiones, chalecos antibalas y fusiles de asalto. Definitivamente, uno de los must see de este 2012.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (08/10/2012)

Una de expectativas subvertidas

Sitges nos ha traído hoy una jornada intensa, con películas a la altura de lo esperado, alguna brillante sorpresa y un par de decepciones sonadas y sonadas dada la reacción del respetable una vez finalizados los pases respectivos. Empezamos pues la jornada con Sightseers, film con muchas y buenas expectativas después de que su director, Ben Wheatley, nos ofreciera el año pasado una de las revelaciones del festival, Kill List. En esta ocasión se plantea una road movie llena de humor negro, mala leche y una clara advertencia sobre los lobos disfrazados de cordero. Un film irónico aunque a ratos descompensado en una mezcla genérica que no acaba de cuajar del todo.

Pero para expectación la que había despertado el último film de Rob Zombie, The Lords of Salem, un film sobre brujería que prometía de nuevo el espectáculo visual al que el director nos tiene acostumbrados. Sin embargo, y aunque elementos característicos del cine de Zombie no faltan, como esa estética sacada del circo burlesque pasado por un tamiz malsano, nos hallamos ante un auténtico canto a la nada más absoluta. Con un guión que no sabe muy bien adónde va se nos narra una historia que divaga constantemente y que no acaba de encontrar su punto de conexión con la audiencia. Una película en general aburrida y cuyo mayor interés se puede resumir en los planos de Sheri Moon Zombie vinculados directamente a los de Brigitte Bardot en Le mépris (Jean-Luc Godard, 1963).

Todo país y cultura tiene un sentido del humor propio. Esto, aunque parezca de perogrullo, sirve para introducirse en una película como Robo-G (Robo Jî, Shinobu Yaguchi), una comedia amable, de tono familiar, cuyo mayor problema no estriba tanto en su blandura e ingenuidad, sino en que juega con un registro humorístico muy alejado del nuestro. Resulta especialmente difícil empatizar con el catálogo de muecas y expresiones niponas que seguro que tienen mucho éxito en su país pero que aquí resultan cargantes de tan infantiles. Una película sin nada destacable, para ver y olvidar.

Justo lo contrario de la que es, hasta ahora, la mejor película del festival. Hablamos de Safety Not Guaranteed (Colin Trevorrow), un film de factura independiente que aparentemente se mueve en la temática de los viajes en el tiempo. Y sí, sólo lo es de forma lateral, porque esta temática sirve de excusa para narrar una historia sobre relaciones y épocas pasadas. Una reflexión sobre el tiempo que ya no vuelve y cómo nos vincula emocionalmente al presente. Un viaje lleno de ternura, de naturalidad y de conexiones emocionales tratadas con una delicadeza muy cuidada, que huye conscientemente del exceso a través de sus tonalidades cálidas y de unos planos que optan por la desnudez y la transparencia. Una joya.

Aunque como documental no aporte nada formal al género sí vale la pena visionar Side by Side (Chris Kenneally), ni que sea para establecer a posteriori un debate sobre lo visto y lo opinado en el film. En él se nos muestra el enfrentamiento entre defensores del celuloide y los que optan por el cine digital. Un enfrentamiento un tanto maniqueo ya que pocas veces se tienen en cuenta posiciones más equilibradas y se opta por una confrontación de tintes talibanescos entre los directores que dan su punto de vista. No obstante es muy enriquecedor conocer quién es quién, cómo se posiciona y cuáles son sus razones.

Si el director de The Cabin in the Woods, Drew Goddard, hubiera visionado Modus Anomali (Joko Anwar), posiblemente estaría aún más satisfecho de su trabajo, y es que el film indonesio con el que cerramos la jornada podría describirse tal cual como la cinta americana. Las similitudes se quedan, no obstante, en la descripción, ya que contemplamos atónitos una película que intenta romper el cliché y cae en la obviedad más absoluta sin atisbo alguno de humor autorreferencial, tomándose totalmente en serio cuando debería ofrecer margen para la autoparodia. Lo peor está en su tramo metacinematográfico, disparando sin ton ni son a referencias tan dispares como Los cronocrímenes (Nacho Vigalondo, 2007), Funny Games (Michael Haneke, 1997) e incluso planos a lo Tropical Malady (Sud parlad, Apichatpong Weerasethakul, 2004). Una cinta en definitiva a la que le falta capacidad para desatarse, viviendo demasiado constreñida en sus propios márgenes autoimpuestos, lo que aún la acaba perjudicando al ser todo demasiado explícito.

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Sitges 2012 – ‘Robot & Frank’ (Jake Schreier, 2012)

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?

Hay algunas películas que, de manera muy inteligente, escudriñan y se interrogan acerca de los sentimientos humanos pero sin llevar al primer plano estas cuestiones. Son películas maravillosas porque nos están contando algo muy concreto, pongamos por caso las aventuras de un policía en el futuro en Blade Runner (Ridley Scott, 1982) o las peripecias de un recluso en una dura prisión en Cadena Perpetua (The Shawshank Redemption, Frank Darabont, 1994), pero en el fondo lo que hacen es plantear preguntas acerca de la naturaleza humana y su complejidad misteriosa (en Blade Runner se da vueltas sobre conceptos como el sentido de la vida o la humanidad de los seres artificiales y en Cadena Perpetua se habla de términos como la justicia, la amistad o la honestidad). Robot & Frank es una de esas películas.

Frank es un abuelo que, en un futuro cercano, empieza a tener pérdidas de memoria. Para ayudarle, uno de sus hijos le regala un robot asistente. Frank al principio rechaza el robot, pero pronto descubrirá que gracias al artefacto puede vivir una segunda juventud y resucitar su antigua profesión: ladrón de guante blanco. Bajo esta premisa, que ya de por sí me parece suficientemente interesante como para justificar toda una película, se esconde una lúcida reflexión acerca de varios temas que, como decía, subyacen en el texto en un discreto segundo plano pero que son los que al final acaban dotando de entidad propia a la película. Uno de ellos, quizás el más obvio a primera vista y también el que emparenta más directamente esta película con Blade Runner, es el de la relación entre los seres humanos y los seres creados por el hombre. La relación entre el robot y Frank es al principio fría y distante, igual que lo es el robot, pero acaba siendo humana y emotiva, cualidades en principio reservadas sólo para los humanos. De la misma manera que el colosal discurso final del androide Roy Batty (Rutger Hauer), al final de Robot & Frank nos damos cuenta de que la máquina quizás no es tan máquina como parece, quizás al intentar imitar la vida de manera artificial, el hombre ha conseguido involuntariamente una copia que va más allá de sus expectativas. Es posible, por lo tanto, que esta locura de mundo en el que estamos metidos nos lleve finalmente a algo similar a lo expuesto en esta película, a una sociedad en la que los límites entre máquinas y hombres se difuminen, en la que los sentimientos ya no sean una marca exclusiva del ser humano. La progresiva humanización del robot en su interacción con Frank así lo sugiere.

La tecnificación digital de nuestro entorno y su efecto sobre las personas es otra de las ideas apuntadas en Robot & Frank. La biblioteca del pueblo donde vive el protagonista es desmantelada para escanear todos sus libros. Es pues sintomático que Frank decida robar un incunable que se guarda en el edificio antes de que se lo lleven, una edición del Don Quijote de la Mancha. Frank es un abuelo, un residuo social hijo de la sociedad 1.0 al que la fractura digital ha barrido del mapa y que ni tan sólo sirve para ser reciclado (por mucho que el engreído encargado de la digitalización de los libros le mienta y le diga lo contrario). El robo del Quijote le sirve para demostrar la vigencia de las “viejas normas”: accede a la biblioteca forzando la cerradura de la puerta manualmente, sin métodos sofisticados, y burla los modernos sistemas de seguridad de la misma manera, a la antigua usanza, sin usar ni un solo aparato que funcione con pilas o baterías excepto una linterna. El triunfo (momentáneo, pero triunfo) de lo analógico sobre lo digital. Y un grito de alerta: no todo vale en esta locura de modernización tecnológica que lo engulle todo a la velocidad del demonio.

Robot & Frank discurre con este paisaje de fondo a través de un camino dulce, plagado de ingeniosas ocurrencias de guión (el gag de la secuencia de autodestrucción, repetido en dos ocasiones de la película, es inolvidable), en un discurso amable, clásico, sin estridencias, y con una interpretación portentosa de Frank Langella que está pidiendo a gritos que de una vez se dignen a darle un Oscar. Una pequeña joya tierna y brillante capaz de hacer reír y de hacer llorar al mismo tiempo.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (07/10/2012)

Expectativas en montaña rusa

Sí una película había generado expectación en la presente edición del festival, debido a la masiva campaña publicitaria y por la avalancha de buenas reseñas en festivales como el de San Sebastián, esta no era otra que The Impossible, film de J.A. Bayona destinado a consagrarle como uno de los grandes directores del momento. Una vez visionada, se puede decir que esta segunda película del director sigue lo ya mostrado en El orfanato (2007); hay talento para crear una factura impecable, un trabajo asombroso en cuanto a recreación de atmósferas, paisajes y eventos (la escena del tsunami es sencillamente apabullante). Este es el mayor triunfo de Bayona, su capacidad de armar un estructura sólida para sus películas, sin embargo a la hora de rellenarlo es donde el edificio se derrumba por completo. Siendo esta una película sobre la condición humana le falta precisamente eso, humanidad real, natural, sincera. En cambio aparece un catálogo de tomas perfectamente filmadas y planificadas, tanto que acaba por anular cualquier atisbo de emoción auténtica. Este es un film dictatorial en tanto que con los trucos de guión, de plano y un subrayado musical absolutamente incesante, estéril y agotador pretende dirigir las emociones del espectador sin dejarle espacio a que sienta realmente lo que está pasando. Al final The Impossible acaba siendo lo contrario de lo pretendido, un film de precisión matemática tan perfecta como hueca, tan impecable en su forma como grosera en lo emocional.

Al otro lado del espectro aparece una producción como Robot & Frank (Jake Schreier), donde se consigue precisamente lo que no hay en el film de Bayona. Esta es una pequeña historia, un film de factura low cost pero que se ampara en su sencillez y en la aparente imposibilidad del establecimiento de una relación entre hombre y robot. Lejos de la cursilería de títulos como El hombre bicentenario (Bicentennial Man, Chris Columbus, 1999) el discurso de Robot & Frank se articula en base a los contrastes; la premisa de un viejo ladrón con problemas incipientes de Alzheimer e incapaz de establecer una verdadera relación con su familia se contrapone a cómo lo consigue con la aparente frialdad de un robot doméstico. Con un tono que por momentos se balancea peligrosamente entre la amabilidad y la excesiva blandura se consigue finalmente empacar un producto tierno y eficaz, cuyas mejores bazas están en sus intérpretes y en su nula pretensión de grandeza. Una película que habla del placer de escuchar y ser escuchado y como esa es la base de toda relación humana sincera, aunque sea con una máquina.

También desde la amabilidad nos llega El alucinante mundo de Norman (ParaNorman, Sam Fell y Chris Butler), un film de animación que demuestra que hay vida más allá de Pixar. Cierto es que le falta cierta fluidez y reitera muchos tópicos sobre niños marginados que acaban siendo los héroes y sobre el respeto a la diferencia. No obstante tiene ciertos detalles como una estética tendiente a lo retro y unos toques grindhouse que la convierten no sólo en un entretenimiento familiar amable, también en una película si no notable sí recomendable para pasar un rato agradable.

La bomba nos llega con The Cabin in the Woods (Drew Goddard). Esta es una película que busca solo una cosa: dar placer a los aficionados del género. Lanzarlos por un mundo reconocible cuyo eje central lo podríamos encontrar en Posesión infernal (The Evil Dead, 1981) de Sam Raimi y a partir de aquí dedicarse a plasmar tópico tras tópico para sin solución de continuidad subvertirlo, destrozarlo, convertirlo en un arma de destrucción masiva en lo humorístico. Un film que posiblemente puede llegar a horrorizar a los más puristas del género pero que funcionará con todos aquellos que busquen novedades y disfruten viendo cómo aquello que reconocen y aburren puede convertirse en un tren de la bruja descarado y surrealista. Esto sólo en primera instancia, porque lo mejor del film de Drew Goddard es posiblemente un tramo final donde la locura se desata al por mayor: no es que se subviertan las reglas, es que directamente dejan de existir y por tanto cada plano es como una bomba de relojería que, por cierto, en algunos momentos le acaba por explotar al director. Se nota una cierta falta de control, un alargamiento excesivo de los tempos y se desea algo más de horror que contraponer a la balanza de las risas. Una película quizás no perfecta, pero 100% festivalera.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (06/10/2012)

Transversalidades y locuras

Media hora de videoclip sobre fiestas más o menos rave en Chile. Así es como comienza Aftershock (Nicolás López), un film que en estos momentos (e incluso dada la similitud de uno de los personajes con Zach Galifianakis) iniciales podría pasar por una tercera parte de Resacón en Las Vegas (The Hangover, Todd Phillips, 2009). A partir de aquí se inicia un film que recoge el espíritu de las producciones setenteras de grandes catástrofes. Lamentablemente el transcurso de la narración se presenta endeble y divagatorio, con situaciones y personajes que pretenden transgredir el rol aparentemente asignado en esta clase de géneros pero que, por más giros, por más sucesos que les ocurran acaban por ser predecibles cuando no ridículos. La autoparodia crítica se convierte pues en un convencionalismo que raya lo irritante, quedando lejos por tanto de sus pretensiones subversivas iniciales para caer en un mero entretenimiento de bajo calado y de fácil olvido.

Con muy buen criterio se aprovecha la presencia de Don Coscarelli no tan solo para ofrecer su nueva película y de paso entregarle el premio “Máquina del Tiempo”, sino que se rescata lo que ya se podría considerar un clásico del género de terror: Phantasma (1979). Una película de ambición y presupuesto pequeños, pero que supo jugar con habilidad sus cartas y ofrecer un hábil descenso a los infiernos. Combinando lo psicológico con lo explícito, el film de Coscarelli demuestra que se puede jugar con varios elementos (terrores infantiles, mezcla entre realidad y ficción, monstruos, saltos dimensionales) sin que el conjunto se resienta y ofrecer así un brillante estudio sobre la misma naturaleza del terror. Una película a la que el tiempo le hace justicia y que no se resiente ni estética ni argumentalmente del paso de los años.

Es una auténtica lástima asistir a un producto tan fallido como Iron Sky (Timo Vuorensola), y más cuando tiene todos los elementos para ser una producción que uno se siente incitado a visionar. Nazis en la luna buscando venganza, efectos especiales camp, estética retrofuturista y la siempre estimulante presencia de Udo Kier suman un cocktail que a priori está destinado a ser todo un festín para paladares freak. Al final todo se queda en las buenas ideas porque su plasmación queda lastrada por un guión endeble que no da coherencia argumental y que produce situaciones y diálogos que lejos de ser graciosas acaban siendo casi de sonrojo por su ingenuidad y falta de empaque. Sí, al final lo mejor del film es su estética, pero no resulta suficiente para aguantar su estructura quedando la sensación, parecida por ejemplo a la de Machete (Ethan Maniquis, Robert Rodriguez, 2010), de que el tráiler sigue siendo mucho mejor que el resultado final de una cinta que prometía ser magnífica y acaba siendo un simple desvarío inocente.

Pero para locura, la que nos muestra el documental Method to the Madness of Jerry Lewis (Gregg Barson). O mejor dicho, la falta de ella, porque el título no deja de ser un referente irónico a aquellos que creen ver en el actor americano un simple comediante gesticulante hasta lo insoportable. Lo que este, por otro lado correcto pero sin nada especial en lo formal, documental nos enseña es precisamente a comprender a Jerry Lewis, a ir más allá de lo aparente y descubrir aspectos, fundamentalmente relacionados con las entrañas del propio cine, que van más allá de la mera reivindicación. Sí, evidentemente este es un documental-elogio, pero no se trata tan solo de poner testimonios y que digan maravillas de la persona-actor. Se trata de descubrir que detrás de las muecas hay una persona realmente preocupada por los mecanismos del arte cinematográfico, desde las repercusiones monetarias de sus películas hasta la idea de conocer y ejecutar todos los aspectos técnicos de sus filmes. Lo mejor sin duda del documental es que no pretende adoctrinar, no quiere que el espectador salga enamorado de Jerry Lewis, puede que siga odiando sus interpretaciones o sus películas, pero sí, a través de lo visto, uno puede aprender a respetarlo.

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Sitges 2012 – Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya (05/10/2012)

Buenas y malas noticias

Día de contrastes y también de preocupaciones, y es que esta segunda jornada del festival arroja un balance desigual. Por un lado clásicos como Léos Carax siguen ofreciendo la mejor versión de sí mismos. Otros en cambio como Coscarelli o Takashi Miike aparecen con propuestas menores e irregulares. Lo peor sin embargo viene de la filmografía local con Insensibles y especialmente con el mediometraje El peix Sebastiano.

No se le puede negar a Insensibles (Juan Carlos Medina) una factura correcta y, en lo que es su mejor baza, una rigurosidad histórica más que apreciable. Sin embargo se constata que, a pesar de la potencia de la idea, no se consigue trasladar a las imágenes. Con demasiada frecuencia se confunde la distancia con la frialdad consiguiendo así el efecto contrario al buscado; tratándose de una película donde debería primar la emoción acabamos por desinteresarnos de unos personajes demasiado esquemáticos en su funcionamiento y que acaban por recitar más que interpretar sus papeles.

En el lado opuesto tenemos a Holy Motors, la última obra de Léos Carax, un filme que puede hablarnos de la locura, de la paranoia o de la velocidad, pero que tiene la virtud de que nada de ello importe. Lo realmente importante aquí es la profundidad, la poesía, en sus múltiples facetas, de las imágenes. Aunque cierto es que no todo funciona en la película, especialmente el clip parisino de Kylie Minogue, sí que muestra la suficiente solidez para refrendar que esta es una de las propuestas más potentes del año, capaz de convencer a través de la lateralidad y la sutileza en su manera de abordar los temas tratados si es que realmente hay algunos.

Aunque no podamos decir lo mismo del último Coscarelli hay que matizar que, viendo su última trayectoria, tampoco es una sorpresa que su última película, John Dies at the End (que parece casi un título de Bresson), sea una propuesta fallida. No obstante hay que reconocer su apuesta por rejuvenecer su cine y demostrar que está al tanto de lo que se cuece en los parámetros del género. Así hay un intento de combinar la casquería, el gore y un humor un tanto irreverente junto a la propia autorreflexión y parodia del cine de terror. Todo ello conforma un mix irregular, que no acaba de cuajar excepto en contadas ocasiones y que adolece de jugarlo todo a que los puntos de humor sean celebrados. Como si fuera un film realizado pensando más en la audiencia festivalera que en el propio film en sí mismo.

El que ya no puede sorprender de manera alguna es Takashi Miike. No, no es esto algo negativo sino todo lo contrario. Su cine es precisamente lo contrario a lo que podríamos denominar marca de autor, cada obra suya es un desafío completo a las convenciones de género. Así en For Love’s Sake llegamos al paroxismo de mezclar musical, comedia, anime, cine de pandillas y así hasta el infinito. Justamente es esta indefinición lo que acaba por hacer del film una interminable sucesión de eventos, de giros y regiros argumentales que dan la sensación de no saber a dónde nos llevan, o mejor dicho, de escoger el camino más largo y tortuoso para alcanzar ese final que lamentablemente acaba uno deseando después de tan excesivo metraje. Sí, es este un film reconocible en cuanto a ciertas imágenes marca de la casa, pero da la sensación de que a Miike se le escapa el producto de las manos y acaba poniendo el piloto automático.

Mención especial del día para El peix Sebastiano (Marcel·lí Antúnez Roca). Realmente cuesta entender una obra así en un festival que programa a gente como Cronenberg, Resnais o Carax. No se trata de criticar por criticar, y está muy bien promocionar y dar a conocer el producto local, pero un mediometraje como este (al que seguro no le falta buena voluntad), con una estética a la altura del Club Super 3 y un argumento que confunde imaginación y surrealismo con delirio y amalgama, no hace ningún favor a nadie, ni al espectador ni mucho menos a su equipo.

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