‘Amor bajo el espino blanco’ (‘Shan zha shu zhi lian’, Zhang Yimou, 2010)

Calculado regreso a la ingenuidad

La adolescencia de Zhang Yimou estuvo marcada por los rigores de la Revolución Cultural. Hijo de una familia señalada, no lo tuvo fácil para salir adelante entre traslados de reeducación a zonas rurales o periodos de actividad fabril. El cine que se hacía y se veía en aquella China era el de la llamada Tercera Generación. Aquí, salvo unos pocos eruditos, no hemos visto aquel cine. Sabemos por algún libro que el corsé de lo propagandístico, el límite de lo que era permisible y el desconocimiento de otros cines reducían el repertorio técnico y estilístico a una gran simpleza.

La juventud de Zhang estuvo marcada por la esperanza de lograr sus objetivos vitales en un país más relajado tras el fin de los delirios maoístas y más aperturista siguiendo los postulados del nuevo líder. El cine que se hacía y se veía en aquella China era el de la llamada Cuarta Generación. Tampoco muchos han visto ese cine entre nosotros. Dicen unos pocos textos que aquel cine fue conservador en sus temas, ciertos miedos no son fáciles de superar. Pero con el acceso al cine extranjero y la permisividad de nuevas vías de expresión llegó la experimentación, casi el exceso, en lo formal.

La edad adulta de Zhang Yimou estuvo marcada por su paso por la reabierta Academia de Cine de Pekín, y por su incorporación profesional al mundo del cine. El cine que hizo y mostró a China esa llamada Quinta Generación fue visto y escrito en numerosos medios especializados entre nosotros tras su exitoso paso por numerosos festivales internacionales. No tan rompedor en lo formal como el cine de sus predecesores y maestros en la Academia, sí incorporó una gran intensidad expresiva y mayor audacia temática, incómoda dentro de sus fronteras, muy bien recibida fuera de ellas.

La madurez de Zhang Yimou estuvo marcada por su consolidación y éxito internacional y por su acomodación nacional. Espectaculares epopeyas nacionales de amplio presupuesto que hemos podido leer en cualquier medio, tal era la amplitud de su distribución, recibiendo el aplauso también del régimen en su propio país. Sin perder su capacidad expresiva ni su solvencia cinematográfica, sus últimos trabajos parecían destilar un cierto estancamiento, precio a pagar por caer en la autocomplacencia y contentar a todos.

La última obra de Zhang Yimou viene marcada por esta trayectoria, por lo que se espera o se ha dejado de esperar ya de su cine. Personalmente presagiaba una nueva muestra de buen hacer, pero un resultado rutinario. Amor bajo el espino blanco confirma lo primero y trata de negar lo segundo de una de las pocas maneras posibles cuando ya no hay más horizonte al que avanzar: volviendo atrás.

La película nos retrotrae a la época de una Revolución Cultural cuyo cine, aquellas primeras películas que debió ver un Zhang infante, germen tal vez de su futura vocación, estaba al servicio propagandístico de la Revolución. Así comienza el film, mostrando la alegría de un grupo de estudiantes urbanos llegados al campo para su reeducación. Su primer encuentro con el nuevo entorno les depara el descubrimiento del espino de flores blancas, pero que florece en pétalos rojos desde que fuera regado con la sangre de diversos héroes revolucionarios. La estética de celebración revolucionaria en el cine apenas visto de la Tercera Generación, pero que intuimos cercano a una mejor conocida propaganda en carteles y murales, se confirma en unos personajes un tanto planos, subrayados por un registro interpretativo de expresividad algo esquemática, de caras sonrientes mirando en diagonal ascendente o situaciones dramáticas ideales con profusión de lágrimas y composiciones de cuadro corales. Un ejemplo insoslayable es esa presagiada muerte final de uno de los personajes, rodeado por su cohorte de familiares y camaradas uniformados que coreografían sin disimulo, dándole acceso al lecho de la agonía, la aceptación de la abnegada amada del muchacho.

El espectro narrativo recupera, del mismo modo, lo que debió ser canónico en el cine de la época. Absoluta linealidad temporal, marcados fundidos en negro entre escenas, intertítulos explicativos en las elipsis temporales. La sucesión de escenas y el montaje es de una sencillez que parece forzada en estos tiempos, se diría tan ingenua como el cándido proceder de Jing. Protagonista, por cierto, interpretada por una actriz debutante y sin formación interpretativa. Otro tanto su contraparte masculino. Toda una declaración de intenciones desde el casting.

La trayectoria de Zhang daba para imaginarlo, al afrontar este trabajo, debatiéndose en un cierto juego de equilibrios entre la reivindicación colectiva (y personal) de las sufridas víctimas de la llamada “reeducación revolucionaria” y el mantenimiento de su adquirido estatus de cineasta estrella oficial del país. Posiblemente el film no levantará ampollas a nivel interno, sutilmente maquilladas sus cargas de profundidad, del mismo modo que la supuesta tibieza de su postura crítica no satisfará a un público occidental siempre ávido de disidencias y obras censuradas y polémicas por sus regímenes dictatoriales. Pero Zhang no tiene por qué hacer el cine que espere determinado público. Y la película, deliberadamente, es simple, pero no simplona.

Esa supuesta floración rojiza que se nos glosa al inicio como símbolo de heroicidad nunca se llega a corroborar en pantalla. La actitud abnegada de la protagonista es de superficial aceptación de su suerte, pero se revela en última instancia como la lucha incesante de una muchacha por realizar sus expectativas vitales, sus sueños individuales. Su proyectada visita al espino blanco en primavera, para comprobar por sí misma el color de las flores, es aplazada una y otra vez a lo largo del relato, hasta no llegarse a consumar. Negándonos esa imagen, el planteamiento inicial de exaltación revolucionaria queda desautorizado. El grandilocuente despliegue simbólico de heroicidad que encarna la supuesta floración en rojo del espino blanco, acaba siendo puesto en duda. Por el contrario, el modesto desempeño de la joven y aparentemente frágil Jing no nos permite dudar ni un instante de su voluntad, revelándola como una heroína autentica. Zhang no carga las tintas en la crítica explicita. Opta por la sutileza y acierta. Que el relato y el gesto de Jing sea suficiente denuncia.

La apuesta, alrededor de una trágica pero agradable historia romántica, funciona. Recupera la estética fílmica de una época reivindicando los personajes opuestos, tal vez sin llegar a darle la vuelta, pero logrando ensalzar otras luchas. No reventará taquillas ni cambiará el rumbo de la trayectoria de Zhang, pero nos lo muestra capaz de renovar su discurso. Airea su cine permitiéndonos seguir confiando en sus próximos proyectos.

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Una Respuesta a ‘Amor bajo el espino blanco’ (‘Shan zha shu zhi lian’, Zhang Yimou, 2010)

  1. Marta dijo:

    Muy de acuerdo con tus comentarios. El director expone pero evita los juicios de valor político a través de sus personajes. Sin embargo, eso no significa que no haya una crítica al régimen comunista. Los protagonistas son víctimas de un sistema que pese a sus doctrinas socialistas sigue siendo cruelmente injusto.

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