D’A 2012 – ‘Un amour de jeunesse’ (Mia Hansen-Løve, 2011)

El primer amor se aleja como un sombrero llevado por la corriente de un río

No todas las películas que tratan sobre el amor y el desamor son iguales. Aún más, incluso aquellas que parecen recurrir a algunos lugares comunes y alegorías recurrentes de este tipo de cine pueden encontrar una forma de expresión natural a fuerza de dejar fluir la historia. Tal es el caso de Un amour de jeunesse, que pese a contar con no pocos tópicos consigue un tono propio y un punto de diferenciación con respecto a muchas otras películas románticas. Podíamos empezar considerándola ni demasiado excesiva para ser francesa -en mente el barroquismo pomposo de Quiéreme si te atreves (Yann Samuell, 2003)-, ni tampoco demasiado minimalista para emular el tono condescendiente del romance urbano de encuentros fugaces en la línea del díptico de Richard Linklater Antes del amanecer (1995) / Antes del atardecer (2004), aunque en algunos momentos parezca que la película se armoniza con estas últimas.

Con un arranque entusiasta aunque poco sorpresivo, la pareja de actores demuestra, en su primera secuencia juntos, mucha química, y la directora una visión preciosista del amor que se salva de parecer demasiado edulcorada gracias a su naturalidad. Pronto se desvanece tanto romanticismo cuando advertimos que la primeriza relación sentimental entre Camille (Lola Créton) y Sullivan (Sebastian Urzendowsky) está a punto de implosionar. Lo convincente de la propuesta es hacer que la pareja quiebre por distanciarse, sin que se den más motivos que la voluntad del chico por irse de viaje con sus amigos a la otra punta del mundo. Para entonces, ya se nos ha dejado claro que la relación se compone a partir de la conveniencia de Sullivan y de la dependencia que por él tiene Camille. La distancia hace que lleguen cartas leídas por la voz en off del chico, como si su ausencia fuese en realidad aún una presencia en el interior de Camille, aunque cada vez estas remarcan más la insuperable barrera que los separa, y la relación acaba por romperse. Primeras lágrimas de Camille.

A partir de aquí la película se abre camino y en una elipsis que abarca un año vemos la evolución de ella. Esta pasa por algunos recursos narrativos algo obvios: se intenta suicidar, quita el mapa que tenía en su habitación donde con chinchetas iba siguiendo el rastro de Sullivan; se corta mucho el pelo como para rehacer su vida casi de cero; y empieza a estudiar arquitectura, quién sabe si para aprender a construir relaciones con unos cimientos más sólidos...

Quizás la película acuse, a esas alturas de la narración, de alegorizar en exceso lo que debería expresarse de una manera natural y sin tanto subrayado, aunque lo cierto es que el devenir de los hechos es narrado de manera fluida, como la corriente del río al que hace referencia la canción The Water de Johnny Flynn, tema principal del film, colocado con efectismo.

Como le pasa a Ana en Los Amantes del Círculo Polar (Julio Medem, 1998), Camille busca la estabilidad emocional en compañía de su profesor, en este caso de arquitectura. Y también como Ana, el destino hará que acabe reencontrándose con su amor platónico (Sullivan), siete años después, en la que resulta la segunda elipsis del film. Por medio de encuentros amorosos y fugaces a espaldas de Lorenz, el maduro novio de Camille, se crea la ilusión en el espectador de que la reconciliación es posible. Pero Sullivan volverá a desaparecer. Segundas lágrimas de Camille.

La visión del amor que proyecta Mia Hansen-Løve (apellido bastante oportuno) en Un amour de jeunesse no es, al final del film, la que cabía esperar. No obstante, esto le da autonomía a una historia que por momentos parece quedarse atrapada en los tópicos, para finalmente acabar fluyendo. Las imágenes finales, en un plano general, quedan a merced de la corriente del río, donde vemos cómo se aleja el último rastro del primer amor de Camille y se abre una perspectiva en su vida.

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